Consideraciones sobre el comienzo de la vida humana: unidad y unicidad desde la fecundación (J. Vega y otros)

    VEGA M, VEGA J, MARTINEZ BAZA P Un punto fundamental a la hora de valorar las técnicas de reproducción asistida desde un punto de vista ético, consiste en analizar, si en el marco de su aplicación, se respeta la vida humana desde su comienzo o no. Esto nos lleva a plantear …

 

 

VEGA M, VEGA J, MARTINEZ BAZA P

Un punto fundamental a la hora de valorar las técnicas de reproducción asistida desde un punto de vista ético, consiste en analizar, si en el marco de su aplicación, se respeta la vida humana desde su comienzo o no. Esto nos lleva a plantear otra cuestión, que es en realidad, el centro del debate ético: ¿cuándo comienza la vida humana?, ¿en qué momento, en consecuencia, adquiere el embrión humano su estatuto biológico, moral y legal?.

 

Desde el punto de vista cientí­fico, “el huevo fertilizado de un ser humano es en sí­ mismo una vida humana” (1). La ciencia biológica ha demostrado con suficiente rigor que con la fecundación del óvulo, al fusionarse los pronúcleos de los gametos de los progenitores, se determina irreversiblemente el individuo con todos los caracteres propios de la especie, al establecerse la dotación genética que porta el cigoto (2,3). El patrimonio genético, completo ya en la concepción, contiene las instrucciones precisas para que se constituyan los diversos tejidos y órganos (2).

 

Al tercer dí­a postfecundación ya puede detectarse sí­ntesis de proteí­nas que han sido codificadas por el genoma embrionario (4). La fecundación marca el comienzo de un proceso contí­nuo de desarrollo, en cuyas etapas sucesivas la dotación genética de cada individuo se mantiene en cada una de sus células y durante toda la vida. De este modo, puede hablarse con propiedad de una identidad biológica de cada individuo vivo desde su concepción hasta su muerte (2).

 

La naturaleza humana se posee cuando se es portador del código genético propio de la especie humana, y éste se adquiere en el momento de la fecundación (5).

 

En opinión de algunos, los criterios de unidad, o imposibilidad de dividirse, y de unicidad, o imposibilidad de fusionarse, definirí­an al individuo, al ser humano (principio de individualidad). Para los defensores de esta idea, en los primeros estadí­os del desarrollo embrionario (hasta la nidación) no se podrí­a llamar con propiedad ser humano al embrión, sino que habrí­a que considerarlo como un conglomerado de células humanas sin identidad propia. Se basan en que antes del término de la nidación, un óvulo fecundado puede originar más de un individuo (en el caso de embarazo gemelar monocigótico) y en que en ocasiones, de forma extraordinaria, se produce un embrión por la fusión de dos embriones (formación de quimeras). Según estas observaciones, la individualidad del embrión no se produce hasta la nidación (alrededor del 14 dí­a postfecundación) (5).

 

Por otra parte, existe también la opinión de que solamente gracias a una adecuada interacción fisiológica con la madre, el embrión adquiere la identidad humana (6). Esta opinión se basa en las observaciones que confirman que, hasta el momento actual, un mamí­fero no puede completar su desarrollo en el útero de un individuo de otra especie. Este hecho ha llevado a sugerir que después de la nidación en el útero materno, la diferenciación celular que da lugar a los tejidos del organismo adulto está dirigida por mensajes que provienen del organismo de la madre.

 

Esto explicarí­a también, como afirmaba Balieu, el que un cigoto genéticamente normal, sin que se conozca la razón, pueda formar en el útero un tumor - corioepitelioma- y no un embrión (afirmación sobre el origen del corioepitelioma que es falsa, como se discutirá más adelante) (7).

 

Pueden argumentarse opiniones contrarias a las anteriores, como razona Lopez Moratalla: La individualidad del embrión humano, con la unidad que supone, puede determinarse biológicamente a lo largo del desarrollo del organismo desde las primeras divisiones del cigoto.

 

Durante las primeras etapas del desarrollo embrionario, las células que se van originando por divisiones sucesivas del cigoto, son más o menos equivalentes entre sí­. Cuando el embrión está constituido por 16 células, empiezan a distinguirse entre éstas algunas diferencias. Sin embargo, ésto no quiere decir que se dé una multiplicación de la identidad, o que la identidad se haga difusa. En efecto, las células que resultan de la división del cigoto no son un simple conjunto de células exactamente iguales entre sí­ y semejantes a la que constituyó el cigoto, dotadas cada una de la misma individualidad de éste. Aunque puedan separarse, cuando están unidas, constituyen una única realidad biológica, forman un elementalí­simo organismo bicelular, tetracelular…etc.

 

Ese conjunto de células constituye una verdadera unidad gracias a la aparición de una proteí­na especí­fica que se sitúa en la membrana, la proteí­na F9, que no sólo mantiene unidas a las células, sino que establece una conexión o interacción precisa entre ellas y las ordena en la fase de mórula, mientras el número de células va desde 32 hasta 100 aproximadamente.

 

La proteí­na F9, que articula en unidad las células nacidas de las divisiones del cigoto, no está presente en los gametos de los progenitores ni en el cigoto, ni está en ninguna de las células después de superado el perí­odo de mórula. De modo patológico puede volver a aparecer en uno de los tipos de células del tumor maligno teratocarcinoma.

 

De forma similar, otro antí­geno, SSEA (antí­geno especí­fico del estado embrionario), ordena las células de la mórula para dejar la cavidad interna que le convertirá en blastocito.

 

La posibilidad de que tras la fecundación ocurra un fenómeno de gemelaridad o de fusión embrionaria, no constituye un argumento válido contra el carácter individual del cigoto o de la mórula.

 

En el caso de la gemelaridad, ésta puede considerarse una forma de multiplicación vegetativa (forma normal de reproducción de algunas especies), por la cual las células presentes en ese perí­odo del desarrollo, se separan en dos mórulas, que darán lugar a gemelos monocigóticos. Si la división no fuera completa, nacerí­an hermanos siameses.

 

Como se ha dicho, la posibilidad de tal multiplicación no contradice el carácter individual del embrión en los primeros estadí­os de su desarrollo, como tampoco significa carencia de unidad orgánica el que una bacteria se reproduzca por escisión.

 

Más aún, la posibilidad de que las células en fase de mórula se dividan en varias, depende de las interacciones establecidas a través de la proteí­na de membrana F9, cuya aparición, desaparición y cantidad están genéticamente controladas por el embrión. Se ha comprobado experimentalmente que si se deshace artificialmente la conexión que establece esa proteí­na entre las células de la mórula, mediante la adición de un Anticuerpo especí­fico frente a esa proteí­na, ésta se desintegra al separarse las células. Cabrí­a por tanto, incluso afirmar que el caso de la gemelaridad es un hecho que no ocurre al azar, sino que está establecido en la dotación genética que controlará la disposición y cantidad de la F9. Esto no querrí­a decir que en el único cigoto con esa dotación genética haya dos individuos, sino que a ese único individuo le está facilitada o permitida por su dotación genética una multiplicación vegetativa.

 

Las células que se separan en esta división no pueden dar origen a partes del organismo (como ocurre en las especies de embriogénesis en mosaico, donde de cada parte de la mórula se origina una parte del embrión), sino a otro organismo, cuyo desarrollo estarí­a dirigido por el mismo programa genético constituí­do en la fecundación del óvulo, con idénticos caracteres biológicos y con los mismos progenitores.

 

Muy infrecuentemente puede ocurrir en los primeros dí­as del desarrollo embrionario una fusión embrional de hermanos heterocigóticos. La muerte de uno de ellos tiene lugar cuando sus células son incorporadas por el otro, de modo que éste manifestará en las regiones de su cuerpo derivadas de las células incorporadas, los caracteres propios de su hermano.

 

A pesar de la magnitud del cambio que implica la fusión embrional, no supone tampoco argumento contra la unidad de la mórula. Afirmar que la individuación se alcanza con la nidación es un error desde el punto de vista biológico, y supone además confundir identidad con continuidad.

 

Si la identidad, el que dos cosas sean la misma, significara que en cada uno de los instantes de su existencia ambas tengan las mismas propiedades, entonces la identidad significarí­a que no es posible ningún cambio.

 

Esa identidad, que no es igual que continuidad, se mantiene a lo largo de todos los cambios que van ocurriendo en el desarrollo embrionario, y a lo largo de toda la vida del individuo, y esos cambios podrí­an incluir, en casos poco frecuentes, división gemelar o incluso fusión (2).

 

En cuanto a la opinión compartida por el comité ético de la Sociedad Americana de Fertilidad, de que solamente gracias a una adecuada interacción fisiológica con la madre, el embrión adquiere la identidad humana, existen observaciones recientes que permiten afirmar lo contrario.

 

A partir de investigaciones con huevos androgenéticos (que carecen de cromosomas provenientes de la madre, poseyendo una dotación cromosómica doble procedente del padre), se puede demostrar que los mensajes provenientes de la madre después de la nidación, son incapaces de producir la diferenciación celular necesaria para la formación de los tejidos del adulto.

 

En efecto, si se injertan huevos androgenéticos de mamí­fero en el riñon de un animal adulto, producen teratomas (que contienen estructuras tales como cabellos, dientes, células musculares…etc). Es decir, los huevos androgenéticos, en contacto con la madre en un sistema extrauterino, reciben mensajes capaces de producir los mismos tejidos que produce el embrión en el útero.

 

Por el contrario, si se implanta un huevo androgenético en el útero, no produce un teratoma, sino una degeneración llamada mola hidatiforme total, cuyas células permanecen indiferenciadas y pueden dar lugar a un corioepitelioma.

 

Si la diferenciación del embrión que da origen a los diversos tejidos era el resultado de mensajes provenientes de la madre, esos mismos mensajes deberí­an hacer que los huevos androgenéticos llegasen a ser teratomas en el útero, lo que no sucede así­.

 

El útero es necesario para que el embrión llegue a adulto, pero no lo es para que el adulto que el embrión puede llegar a ser sea un hombre, y no un animal de otra especie. “Un embrión, que tiene la capacidad intrí­nseca de llegar a ser adulto de una manera contí­nua, es el mismo animal de la especie humana que ese adulto: el embrión, antes de implantarse en el útero, es ya un ser humano” (7).

La implantación o nidación del blastocisto, fenómeno que no se produce en la mayorí­a de las especies animales, no añade nada a la programación del nuevo individuo, aunque sí­ influye en la realización.

 

No hay dato cientí­fico ninguno que permita suponer el comienzo de la vida en la implantación.

“Carece de toda lógica y no tiene ningún apoyo deducir de aquí­ una objeción contra la individualidad del embrión en fase primaria, debido a que dará origen a estructuras no personales” (8).

Hasta aquí­ se han intentado analizar las opiniones que otorgan el estatuto biológico al embrión humano a partir del dí­a 14 postfecundación, al finalizar la implantación, y los argumentos que apoyan lo contrario.

 

A continuación se comentarán otros argumentos en contra del principio de discontinuidad- continuidad, que reconoce la fecundación como momento clave en la existencia humana, y del principio que otorga la identidad biológica a cada ser vivo con el establecimiento de la dotación genética en la fecundación.

 

La fecundación marca una discontinuidad esencial en el proceso reproductivo del hombre. En contra de esta afirmación se ha señalado que la partenogénesis, o desarrollo de un individuo sin fertilización por el espermatozoide, es una posibilidad que cuestiona lo anterior (9). Pero se sabe que en los mamí­feros la partenogénesis no parece posible: un óvulo sólo, sin la contribución de un espermatozoide, no puede llegar a ser un organismo desarrollado.

 

Algunos experimentos que pretendí­an probar lo contrario, no han podido ser reproducidos (Mc Grafh y Solter 1984; Suzani, Barton y Norris 1984 y 1986; Thomson y Solter 1988), si bien raramente se han observado in vitro los primeros estadí­os de desarrollo partenogenético (Edwars y Trounson, 1982).

 

No es cierto, pues, como afirmaba Balieu, que “la vida del embrión no hace más que continuar la vida presente en el óvulo” (aplicando la noción de continuidad del desarrollo a la ovulación, fecundación e implantación en mamí­feros) (7). Volviendo al principio anterior, sólo la fecundación marca una discontinuidad esencial en el proceso reproductivo del hombre.

 

En contra del argumento genético, Dawson parte de considerar la dotación genética a un nivel más amplio, como dotación cromosómica, y se basa en la presencia de alteraciones cromosómicas numéricas en la especie humana con una incidencia variable (9).

 

Es cierto que son frecuentes las anomalí­as cromosómicas. De hecho, la gran mayorí­a de los huevos eliminados por la naturaleza en las primeras semanas del embarazo (alrededor de un 40%), presentan fuertes anomalí­as cromosómicas numéricas y estructurales que les hacen incapaces de desarrollarse hasta su término (Wilkok y cols.1988; Wimmers y Van der Merwe, 1988).

 

Para Suarez, estos huevos (lo mismo que los huevos androgenéticos que forman los corioepiteliomas) deben ser considerados como equivalentes a los óvulos antes de ser fecundados por los espermatozoides: no tienen, en realidad, el estatuto biológico del embrión; no son individuos de la especie humana. Se puede entonces concluir con el autor que, los huevos que son incapaces por principio de desarrollarse hasta su término no son hombres; en cambio, huevos con anomalí­as cromosómicas viables, como la trisomí­a 21, son hombres o mujeres enfermos (7).

 

Por otra parte, el hecho de que existan variaciones a nivel genético: el polimorfismo genético (la presencia en una población de formas alternativas de un gen, conocidas como alelos), o variaciones en la estructura de un gen (composición quí­mica distinta de alelos fenotí­picamente idénticos en individuos diferentes), no parece suficiente para llegar a afirmar con Dawson que el ser humano, con los conocimientos actuales, sea “esencialmente indefinible” (9).

 

Por último, cabe señalar otra opinión difundida respecto al comienzo de la vida humana. Esta opinión afirma que el embrión no es un individuo humano hasta que no se inicia la formación del sistema nervioso central (la 3ª semana de gestación); e incluso hasta el comienzo de la fusión del tubo neural (36 dí­as postfecundación), cuando aparece la reacción al dolor. En este momento, según Beller (10) comienza la “vida cerebral”: “El feto deberí­a incorporarse a la sociedad humana sólo después del dí­a 36 tras la fecundación. Antes de ese tiempo, el feto puede considerarse descerebrado, y tiene sólo vida biológica o vegetativa”. El autor distingue este término: vida cerebral, del concepto de persona, vida individual o alma.

 

La actividad cerebral, el desarrollo de un cerebro funcionante que coordina y organiza las actividades del cuerpo como un todo, marcarí­a el comienzo de una vida humana. Se diferenciarí­an así­ dos “tipos” o “niveles” de vida biológica: la vida celular del embrión humano y la vida humana propiamente dicha (11).

 

La pretensión de relacionar el comienzo de la vida con el desarrollo del sistema nervioso carece del menor fundamento (12), como se comprende sin más que recordar la embriogénesis del sistema nervioso central (13).

 

“El sugestivo capí­tulo de la Neuroembriologí­a ofrece múltiples datos demostrativos de que esta programación y dirección del desarrollo del sistema nervioso es un hecho”. A partir de la fecundación, los determinantes genéticos de la embriogénesis van manifestándose progresivamente, y todo revela la existencia de un programa inicial.

 

El sistema nervioso es el mismo, controlado por la misma potencialidad genética, tanto en los primeros dí­as del desarrollo embrionario, como al cabo de unos meses o después del parto. Señalar un momento de cambio radical, para opinar que ahí­ empieza la vida humana, serí­a una arbitrariedad incompatible con los conocimientos de la Neurobiologí­a. No es posible señalar un momento crí­tico en el que pueda darse por terminado el cerebro en la vida intrauterina. La cuantificación de capacidades funcionales encefálicas como criterio para determinar que el embrión es un ser humano, es por tanto arbitraria y cambiante, y nos deja sin base alguna para poder asegurar que el embrión es un ser humano, cuando ya en términos clí­nicos hay certeza de que es un nuevo ser vivo de la especie humana (8,14).

 

BIBLIOGRAFIA

 

1.-ZACK BG:Abortion and limitations of science. Science 1981; 213 (4505): 1.

 

2.-LOPEZ MORATALLA N, RUIZ RETEGUI A: Manipulación del patrimonio genético humano con fines eugenésicos. En: Deontologí­a Biológica. Facultad de Medicina, Universidad de Navarra, 1987: 341-349.

 

3.-SERRA A: Quando comincia un essere umano. In margine ad un recente documento. Medicina e morale 1987; XXXVII: 387-401.

 

4.-Dons d’embryos. Le Comité National franí§ais d’éthique a donné son avis sur les dons d’embryos. Médicine et Hygií¨ne, 1990; 1841: 1569-1573.

 

5.- MARCO BACH J: Fecundación “in vitro” y transferecia de embriones (FIVET). Cuadernos de Bioética 1990; 1: 25-39.

 

6.-The Ethics Committee: The biologic characteristics of the preembryo. Fertility and Sterility 1986; 46: 26s-27s.

 

7.-SUAREZ A: L’embryon est une persone si l’adult qui dort est une personne. Médicine et Hygií¨ne 1990; 1864: 3458-3462.

 

8.-LOPEZ GARCIA G: Comienzo de la vida del ser humano. Revista de Medicina de la Universidad de Navarra 1985; 2: 227-232.

 

9.-DAWSON K: Fertilisation and moral status: A scientific perspective. Journal of medical ethics, 1987; 13: 173-178.

 

10.-BELLER FK, REERE J: Brain life and brain death. Journal of

medicine and philosophy 1989; 14: 5-23.

 

11.-SHEA MC: Embrionic life and human life. Journal of medical ethics 1985; 11: 205-209.

 

12.-HIRSH B: Cebral activity and human life. Jama, 1983; 249-410.

 

13.-KARFUNKEL P: The mecanism of neural tube formation. International Review of Cytology 1974; 38: 245-271.

 

14.-MARCUELLO AC, TORRENTS R, BARCO MJ, LOPEZ G, DE LA FUENTE F: Diferenciación sexual y reproducción (III) (Fertilización y embriogénesis). Acta Ginecológica 1990; XLVIII: 79-82.329.-ZACK BG:Abortion and limitations of science. Science 1981; 213 (4505): 1.

 

Publicado en En: Reproducción asistida en la Comunidad Europea. Legislación y aspectos bioéticos. Valladolid: Secretariado de Publicaciones de la Universidad, 1993; 273 págs.

Deja un Comentario