Skip to content

Bioética en la Red

Home Blog Contact Searcher Rss Spanish English
Members  Members: 4591
News  News: 2371
Visitors  Visitors: 4738017
     
 Lost Password?   No account yet? Register
You are here: Home arrow Inicio de la vida arrow Los 14 primeros días arrow Estatuto Biológico, Antropológico y Ético del Embrión Humano (Dr. Manuel de Santiago)
Estatuto Biológico, Antropológico y Ético del Embrión Humano (Dr. Manuel de Santiago) PDF Print E-mail English
Written by Manuel de Santiago
viernes, 28 mayo 2004
Digg!Reddit!Del.icio.us!meneame!Slashdot!Technorati!StumbleUpon!Newsvine!Furl!Yahoo!Ma.gnolia!
Introducción I Estatuto biológico del embrión humano · Aclaraciones previas · Los hechos biológicos y su interpretación · Algunas objeciones a la individualidad humana del cigoto II. Antropología del embrión humano · ...
Introducción

· Aclaraciones previas

· Los hechos biológicos y su interpretación

· Algunas objeciones a la individualidad humana del cigoto

II. Antropología del embrión humano

· La base biológica

· La base filosófica

· El carácter personal del embrión

III Aspectos éticos del manejo de los embriones

· El disenso antropológico y ético respecto del embrión en la sociedad

· Los límites del debate moral

· Pilares del respeto embrionario

· La dignidad constitutiva del embrión

Introducción

El establecimiento de un estatuto ético o moral embrión humano no va encadenado al conocimiento biológico. Ni de lo puramente biológico puede derivar un juicio moral. Sin embargo, el estatuto biológico, al igual que el estatuto filosófico, dotan a la proposición en fase de juicio moral de las claves descriptivas que permiten desentrañar el significado moral de la proposición a la luz de una norma. Por lo tanto, la pregunta sobre qué es un embrión y sobre cuál es su estatuto moral no debe prescindir de ambas fuentes del conocimiento.

En este trabajo se incluye, de forma extractada, un abordaje de las etapas más precoces de la vida humana desde el punto de vista biológico (I), pero las diversas posiciones interpretativas en torno al embrión no podrán ser más que esbozadas. El lector interesado deberá consultar textos de Embriología y de Biología del desarrollo si desea acceder a un conocimiento profundo sobre la biología del embrión. Después se incluye un análisis filosófico sobre la condición humana del embrión y del feto, una visión antropológica de los primeros inicios de la existencia del hombre (II) y, finalmente, se contempla la dimensión ética, esto es, el trato moral que demanda (III).

I Estatuto biológico del embrión humano

Aclaraciones previas

El establecimiento de un estatuto biológico sobre la corporeidad humana-en este caso sobre el embrión y el feto- parte de la premisa de que los datos científicos proporcionan al conocimiento "hechos" sobre la biología del embrión, pero no juicios. Los hechos, las experiencias fácticas afloradas por el método científico, no representan nunca la totalidad del conocimiento científico potencialmente asequible sino, a lo sumo, un conjunto de datos espacio/temporales -morfológicos, bioquímicos, genéticos, moleculares, etc.- sobre una materia, con unos y en un tiempo histórico determinado. Además, este bagaje de conocimiento sobre una materia experimenta en nuestro tiempo una incesante aportación de datos, de nuevos descubrimientos, que se adicionan al bagaje previo y que adjudican al conocimiento científico la percepción de algo inacabado, donde siempre queda mucho por descubrir y añadir al bagaje presente.

Otra cosa es el juicio sobre los datos, la interpretación de los "hechos" y la forma y el modo de estructurar el conocimiento. Cada tiempo histórico interpreta los "hechos" con arreglo al conocimiento previo, a los datos de que dispone; y los articula y racionaliza en torno a hipótesis y teorías que no están demostradas, pero que proporcionan un modelo para la compresión de los “hechos”. Mientras los hechos proporcionan certezas, las interpretaciones conforman la ciencia, pero no garantizan la realidad. Nadie puede concluir hoy, en términos filosóficos, que los "hechos" sobre una materia representan la verdad sobre esa materia. Pero sí que afloran certezas científicas limitadas al hecho concreto y esto sí que es ya mucho. Es por esto que el valor de un hecho biológico constatable, verificado, conserva su validez siempre, si se atuvo al método científico. Siempre es posible sobre él un juicio a posteriori, aunque éste venga, finalmente, a reconocer la limitación tecnológica en la que se llevara a cabo aquel experimento y la verosímil pobreza de datos o de información que permitió.

Cosa diferente es la "interpretación" que la ciencia hace en cada tiempo del conocimiento biológico. Esta información, la que procede de una interpretación, no puede ser defendida como "certeza". En realidad, la historia de la ciencia es un ir y venir sobre interpretaciones, sobre interpretaciones para los fenómenos más mínimos -moleculares- o para los más complejos yuniversales. La historia de la ciencia -y sobre todo de la ciencia biológica- es una historia llena de interpretaciones y de reinterpretaciones. En nuestro tiempo, los filósofos de la ciencia hablan y con razón de "paradigmas", de marcos interpretativos designados por los patrones de la ciencia vigente, que la comunidad científica difícilmente pone en duda, so pena de caer en desgracia frente a toda la corporación[1] . La vigencia de un modo determinado de interpretar los "hechos" dura en tanto nuevos "hechos" no fractura su validez fundamentadora; y es entonces cuando, sutilmente,va siendo olvidado y emerge con creciente brío y fe renovada el nuevo paradigma fundamentador.

Por lo tanto , a la hora de constatar la validez de un estatuto biológico, el lector debe saber distinguir el "hecho" biológico y la descripción de lo que se percibe con los sentidos -verosímilmente cierto, verificable-, de las “interpretaciones” y de los paradigmas fundamentadores que, en cada tiempo, la ciencia le haya adjudicado. Ningún paradigma ampliamente reconocido carece de sentido, pero tampoco es ajeno a los valores de su tiempo y a las aspiraciones de los hombres que recaban el propio conocimiento. Por lo tanto, los juicios procedentes de la ciencia no pueden ser dimensionados como la "verdad" y tampoco como toda la "certeza" posible respecto de algo, pues nada garantiza que representen la interpretación adecuada sobre tales cuestiones. La mutación interpretativa de la ciencia biológica en los últimos cincuenta años es tan importante, tan abrumadora, que resulta hasta pueril pensar que los actuales paradigmas se mantendrán en pie dentro de cien años.

El estatuto biológico del embrión humano es un ejemplo vivo, a juicio del autor, de la temporalidad de los paradigmas de la biología. Y del poder arrollador de la ciencia o, mejor decir, de la "fe" en la ciencia que caracteriza a nuestro tiempo. El ahora denominado paradigma del pre-embrión ha sustentado el panorama de la ciencia embriológica en el último cuarto de siglo, sirviendo de anclaje a importantes y decisivas leyes en materia de relaciones sexuales, infertilidad y anticoncepción. Si, como ahora parece, ha comenzado su declive y puede concluirse que anclaba sobre afirmaciones no validadas, se habría de reconocer por la sociedad que un profundo error fundamentó los cambios sociales a que dio lugar. Pero esto nunca suele reconocerlo ni la ciencia ni la sociedad, al menos a corto plazo. La transición desde un modelo interpretativo en biología a otro -de un paradigma a otro- ocurre generalmente sin revuelo; y del mismo modo que antes se depositó la fe en el paradigma 1, ahora la fe se deposita en el paradigma 2. Se da por hecho que la ciencia se enriquece constantemente con nuevas aportaciones y descubrimientos y toda nueva interpretación bien fundada es acogida con naturalidad.

En suma, el valor de las interpretaciones de los hechos biológicos, siendo información fundamentada, no asegura la realidad. Y cuando contrasta o contradice con otros modos del conocimiento, debe ser asumida con reservas. Esta percepción -que se redacta y asume desde el propio mundo de la ciencia- es plenamente aplicable al estatuto del embrión humano.

El estatuto biológico del embrión implica el abordaje de dos contenidos: 1) la descripción de los hechos biológicos en las etapas iniciales de la entidad embrionaria, y 2) el juicio interpretativo de los hechos aflorados. Respecto del segundo, que implica la asunción de los significados con trascendencia moral, la condición académica del actual curso aconseja la incorporación de las diferentes perspectivas científicas en torno a la cuestión. La libertad de cátedra, a su vez, la de argüir y fundamentar en torno a las interpretaciones que se estiman más reales, las más cercanas a la naturaleza de los hechos. En el caso que nos concita, la información no podrá sino esbozar la realidad de los fenómenos, tratando de proporcionar al lector una visión comprensible. En el estatuto del embrión, la principal interrogante a que ha de responder la ciencia es la pregunta sobre ¿qué es un embrión? Establecida la respuesta, la inmediata posterior responde a la pregunta: ¿cuándo comienza la vida del individuo embrionario?

1. La pregunta sobre qué es un embrión resulta extraordinariamente importante en el debate que nos concita. En efecto, la ciencia biomédica lleva muchos años sin consensuar esta respuesta[2]. En realidad se posiciona sobre la interpretación del staff dominante en el mundo de la investigación biomédica, sobre el paradigma del pre-embrión. Una construcción nacida en el seno de la ciencia, que interpreta los datos de la investigación con las intuiciones propias de su tiempo, los años 80. Tal interpretación, al adjudicar al embrión precoz la condición de no-humano, sirve a los intereses de la tecnociencia dominante, al interés de los investigadores y también y mucho a los intereses de gran parte de la sociedad[3].

En este trabajo se van a considerar los diferentes argumentos derivados del conocimiento biológico, pero la experiencia pone en duda que la razón de los hechos prevalezca sobre las razones del corazón o de los sentimientos, sobre la fuerza utilitaria de la cultura imperante. El embrión humano precoz -lo que unos llaman pre-embrión y otros embrión pre-implantado o pre-implantatorio- se ha convertido en la llave de las relaciones sexuales libres y desvinculadas del coste reproductivo; y la eliminación física de los embriones precoces, su destrucción, está implícita en eficiencia de algunas de las técnicas anticonceptivas, fundamentando lo que el mundo de la Medicina denomina asépticamente relaciones "protegidas". Esta realidad es ocultada a la sociedad o maquillada bajo la interpretación del pre-embrión. Además, el embrión humano en estos primeros días de vida constituye un material de gran valor para el estudio de la ciencia. Son muchos y muy variados los mecanismos biológicos que aún no se conocen en el dominio de la vida incipiente; y extraordinariamente importante su reconocimiento, estimándose que su dominio puede contribuir quizás a la eliminación de enfermedades de índole genética o hereditaria, hoy si esperanzas terapéuticas. El re-descubrimiento de las stem-cells -de las ya populares células madre embrionarias- ha elevado extraordinariamente, por otra parte, la demanda de los científicos sobre el embrión humano precoz, fuente esencial de las mismas, y es patente su presión sobre los gobiernos y los legisladores en todo el mundo.

La sociedad esta en una encrucijada dramática que no quiere ser afrontada ni aún reconocida por ninguno de sus estamentos: los aledaños del derecho legal a destruir la vida de los seres humanos en el estadio de embriones con plena impunidad. Así, por la fuerza de los hechos, por encima de todos los argumentos, de todas las razones y de todos los sentimientos. Quien opine de otra forma asume el riesgo de los que, en la era de las libertades democráticas, se sitúan fuera de lo políticamente correcto: Las ya viejas acusaciones que se hicieron a Sócrates y le costaron la vida . que hacía pensar a los jóvenes. Nada presume, pues, la recuperación del respeto y del reconocimiento de la dignidad embrionaria a corto plazo. Al contrario, la desvalorización científica del embrión tras el concepto de pre-embrión y los cambios culturales operados -que exigen del dominio radical sobre la vida embrionaria - pueden prolongarse durante una larga era. El cambio del paradigma del pre-embrión, que se consumara en las próximas décadas, tampoco modificará los hábitos o las costumbres sociales liberalizadas a la sombra de este constructo, pues ello es captado por grandes mayorías como una impresionante victoria del conocimiento humano sobre las coerciones de la naturaleza, una de las grandes aspiraciones de la Modernidad.

Pero el coste de esta cultura es el embrión humano, la muerte embrionaria precoz formando parte del acontecer habitual de las distintas conductas, en las diversas operativas tecno-científicas y de mercado y de otras propuestas filosóficas y políticas de la humanidad; conformando, además, una cultura que se dice defensora de los derechos humanos. Para muchos, sin embargo, es algo que no deja de ser fuente de escepticismo y de profunda contradicción, como demuestra el debate de la bioética y del derecho. Hoy más que nunca, la libertad pasa por el esfuerzo de informar a la sociedad de modo neutral, con los datos objetivos en la mano, y de mostrar con toda claridad las propias convicciones.

Los hechos biológicos y su interpretación

1. Es un dato difícilmente discutible que la fecundación del óvulo por el espermatozoide inicia la existencia de una nueva entidad que llamaremos embrionaria; y que no representa la continuidad biológica del padre o de la madre. Y tampoco un item, un mero hito, en el flujo de genes a que a se pretende reducir, por algunos, la vida del hombre sobre la tierra. Esta diferencia radica no en la mera transferencia de unos genes -de un patrimonio genético desde el gameto masculino y desde el gameto femenino- cuanto en un modo aleatorio, distinto, nuevo, de combinarse. Una radical novedad en el patrimonio genético de toda la humanidad -una combinación diferente y diferencial- que permitirá el afloramiento y paulatino desarrollo de un "código genético" singularizado e individual, y la aparición de un nuevo ser humano.

Hoy se interpreta que el programa individual de desarrollo de la nueva entidad, bajo las instrucciones del código, no pivota solo sobre el DNA nuclear- al que denominaremos el componente "genético"- sino que también lo hace sobre una serie de moléculas y sustratos de diferente génesis, presentes en el citoplasma celular, que interactúan con las instrucciones del genoma. Es a este componente no nuclear del citoplasma -y por extensión a otras influencias hormonales procedentes del cuerpo de la madre- al de denominaremos desde ahora el "componente epigenético".

De este "diálogo" molecular, previsto en la naturaleza, van surgiendo y cristalizando las instrucciones que permiten la síntesis de nuevas proteínas y así, en un complejo y formidable dinamismo, el alineamiento de las diferentes moléculas y en definitiva la paulatina construcción de la corporeidad.

Aunque estos mecanismos permanecen desconocidos en gran medida, todo parece indicar que se reproducen no sólo en el cigoto y en las sucesivas blastómeras del embrión pre-implantatorio, sino en todas y cada una de las células del organismo adulto. La vieja idea de que el código genético de un individuo se configuraba exclusivamente sobre los genes que habitan en los cromosomas; y el paradigma que entronizó la primitiva Genética Médica -"un gen, una proteína" - que sirviera a diversas interpretaciones de los maestros de su tiempo, han resultado ser falsos. El conocido esquema DNA ® RNA®Proteína®Función ha sido invalidado por un sin- número de datos experimentales. Un mismo gen puede intervenir en la síntesis de diversas proteínas y más de un único gen puede especificar una determinada función. Este nuevo modo de pensar ha recibido el nombre de redundancia informacional de naturaleza epigenética.

De todo ello, la construcción de la corporeidad resulta de un código de instrucciones en el que participan los dos componentes, el genético y el epigenético. El control genético lineal, caracterizado por la aludida formula "un gen, una función" se aplicaría solo a un número reducido de funciones o de fenotipos que, respecto de enfermedades, representarían no más de un 2%, casi siempre sobre enfermedades definidas antes de la fecundación del óvulo por el espermatozoide y de origen monogenético.

En la actualidad se tiende a creer que las células expresan dos tipos de contenidos informacionales, uno el genético, el que hemos denominado componente genético y otro, el epigenético, caracterizado por ser de contenido no genético y de naturaleza interactiva y redundante. Según esta hipótesis, la mayoría de las funciones o conductas complejas de las células discurren mediante una epigénesis regulativa. Es decir, que surgen o están programadas desde una información de esta naturaleza, la cual involucraría fenómenos de interacción entre genes, entre genes y productos génicos, y entre productos génicos y el ambiente, siempre situados en un espacio y en un tiempo específicos.

El código genético, el código que surge del diálogo molecular intracelular entre el componente genético y el epigenético, es a modo de un manual de instrucciones que alberga alguna suerte de indeterminación; y que es interpretable hoy dentro de la teoría del "caos", una suerte de paradigma sujeto a los vaivenes del conocimiento científico, que parece haber tomado el relevo a los criterios deterministas radicales de otro tiempo. Es lo cierto que cada nuevo cigoto y las blastómeras subsiguientes -y todas las células del futuro organismo adulto- adquieren en la fecundación, al constituirse, un código genético propio y diferencial respecto de todos los demás organismos. Y esto es lo importante y lo definitivo, aunque el modus operandi que hoy se considere más frecuente sea la epigénesis regulativa en alguno de sus modelos.

Con todo, este carácter único y diferencial de cada nuevo ser se reconoce, hoy día, asimilándole al componente genético del cigoto y obviamente de cualquier otra célula de un organismo humano, joven o adulto, cigoto o viejo; y que es lo que se conoce como identidad genética o identidad biológica del nuevo ser. Como veremos más adelante, todas las células de un organismo contienen o conservan la totalidad del patrimonio genético heredado y por tanto todas ellas permitirían identificar al individuo.

2. El modo biológico cómo tiene lugar la fecundación puede ser abordado en profundidad en buenos y actualizados manuales de Embriología o de Biología del Desarrollo, la moderna ciencia del embrión. En este trabajo solo podremos describirlo a muy grandes rasgos. En efecto, lo que en un tiempo pudo parecer un fenómeno cuasi instantáneo, la investigación ha demostrado que es un proceso que dura horas. De ella se puede decir que su descripción es importante a la hora de interpretar la naturaleza de la entidad zigótica. Es decir, si desde el punto de vista biológico la entidad resultante-la nueva unidad constituida por el óvulo en cuyo interior ha penetrado la cabeza de un espermatozoide- constituye, desde la singamia, un nuevo individuo de la especie humana o esta emergencia exige de algún rasgo biológico más definitivo.

Como se sabe el proceso de la fecundación incluye el encuentro, químicamente guiado, de los gametos y el vínculo específico entre las proteínas receptoras de la superficie peri-ovular y las proteínas ligadoras de la membrana de la cabeza del gameto masculino. Este encuentro da lugar al mutuo reconocimiento y habilita para que prosiga el proceso. La inmediata suelta de enzimas desde el interior de la cabeza del espermatozoide le permite alcanzar la membrana del óvulo y la fusión final de ambas membranas, a lo que sigue una rápida fase de alto contenido o significado interpretativo, esto es, la singamia, la etapa por la cual la cabeza del espermatozoide atraviesa la membrana y penetra en el citoplasma del óvulo.

Tras la singamia, los dos componentes genéticos -los dos genomas- habitan un espacio común. Determinados por una teleonomía de fundamento bioquímico e imbuidos de un determinismo biológico potente, ambas dotaciones genéticas -aún separadas- van a interrelacionar. Pero este nuevo item no es instantáneo. La etapa intra-ovular de la fecundación ha comenzado y finalizará, horas después, tras la constitución de un nuevo genoma, de un nuevo y radicalmente distinto "componente genético". En efecto, transcurridas sobre tres a seis horas tras la singamia -y tras la emergencia de cambios en el medio y en los propios componentes- se iniciará lo que podríamos llamar el reajuste del genoma. Ahora, los genomas del gameto masculino y del gameto femenino van a interactuar y se va a iniciar el proceso que denominaremos de fusión de los genomas, una etapa de la fecundación que puede consumir hasta diez y seis horas. Al término de la misma -transcurridas quince a veinte horas tras la singamia- emergerá un genoma nuevo y diferente al de los gametos progenitores. Se ha generado elzcigoto.

Es muy enriquecedor conocer, ciertamente, y con mayor profundidad la naturaleza de los cambios que experimentan ambos componentes genéticos y el modo cómo tiene lugar la fusión y la forma de cómo se distribuyen los genes; pero ello, con ser instructivo, no aporta una especial información al debate biológico del principio de la vida. Lo importante es que al término de su constitución y sin solución de continuidad el nuevo genoma -y por tanto la nueva identidad aflorada por el zigoto- existe y actúa como una nueva entidad biológica, como una nueva unidad, que si se pudiese extrapolar al discurso filosófico de ella diríamos que discurre como un ser ontológicamente uno.

3. No se discute en Biología el carácter específico de especie humana del embrión. Pero sí el de filiación en la tecnología de la Reproducción asistida, en la medida que esta filiación biológica implicaría, de forma indirecta, carácter personal, derechos y obligaciones. Es por eso habitual referirse a los "padres biológicos" de los embriones congelados -para diferenciarlos de los adoptivos- pero nunca, ni aún coloquialmente, de los "hijos biológicos" de las parejas que se han sometido a tratamiento. Pero básicamente, lo que un amplio espectro de investigadores vinculados a la reproducción asistida rechaza -y muchas legislaciones han sancionado- es la individualidad humana del nuevo ente y, por lo tanto, el carácter de ser humano del embrión en esta primera etapa de su existencia.

Ciertamente, el zigoto se comporta como en posesión de un programa intrínsecamente orientado y destinado a una evolución definida; pero esto y los pasos inmediatamente ulteriores no prueban -se dice- la radical identidad de un nuevo individuo. Para un conjunto de científicos no es suficiente la estructura específicamente humana de sus cromosomas, que lo distingue de otros cigotos no humanos y que en los adultos vendrá a ser considerada como su identidad biológica individual y exclusiva. Tampoco que el código que surge del diálogo intracelular entre los componentes genético y epigenético del nuevo ente, le conduce a la ejecución de un programa ordenado de desarrollo, selectivamente orientado a la implantación primero y a la existencia extrauterina después, tras adquirir un cuerpo y una figura humanos.

Los científicos no discuten el que, ejecutado el programa, la entidad embrionaria se transforme en un embrión. Tampoco, obviamente, el problema de la "personalidad", que estiman una interpretación o juicio filosófico que escapa al mundo de la ciencia. Lo que dudan o niegan es que el proceso de desarrollo del nuevo ente embrionario, por sus peculiaridades, asegure la individualidad biológica del nuevo ser antes de un determinado momento. Esta nueva frontera entre el carácter verificado de "individuo" de la especie humana y el carácter no individual del ente embrionario ha de ser establecida -según criterios positivos- por la ciencia; según criterios que asuman un reconocimiento generalizado del mundo científico. En suma, como veremos más adelante, este criterio positivo -nuevo- que rompe la continuidad esencial de todo el proceso de desarrollo, viene a decir que, hasta finalizado el proceso de la implantación -sobre el día 14 de la vida del nuevo ente - , no se puede garantizar la individualidad del embrión humano.

Pero sigamos con el proceso de desarrollo. La discusión se centra, pues, en estas primeras dos semanas de la vida del ente embrionario. Estas primaras etapas se caracterizan por una segmentación sucesiva de las células que lo componen, sin incremento de su tamaño. Al cabo de la primera semana el embrión eclosiona, agranda ligeramente su tamaño y comienza el proceso de la implantación -también llamado de la anidación- en la pared uterina, proceso que se completa al finalizar la segunda semana. Pero durante este periodo, el proceso de desarrollo concentra una serie de transformaciones que van más allá de la mera segmentación celular. Nos referimos a la adquisición de la totipotencia, rasgo secundario a la expresión génica embrionaria, al establecimiento de la polaridad y el desarrollo de los ejes de embrión, y pensamos en la compactación y en otros cambios, todos ellos importantes y con mucho de inexplicados.

Pero habremos de concentrar nuestra atención en los items con especial interés interpretativo. Es el caso del punto de entrada del espermatozoide, que parece influir sobre la cronología de la segunda división celular: La ciencia piensa hoy que la célula del "embrión de dos células", que ha heredado el punto de entrada de la cabeza del espermatozoide, se divide antes que la otra célula[4]. Esto ha llevado a pensar que la célula que se divide antes, podría haber adquirido una especialización preferente para formar alguno de los dos linajes celulares que se desarrollan durante el periodo preimplantatorio, es decir, la masa celular interna y el trofoblasto: El blastómero que se divide antes contribuirá preferentemente a formar la masa celular interna (MCI) , esto es, el antecedente del embrión propiamente dicho.

Hasta ahora se ha venido pensando que el fenómeno de la compactación, contribuía a crear las circunstancias que ocasionan la primera diferenciación en el desarrollo de los mamíferos, donde las células que están en el exterior de la mórula forman el trofoblasto -que dará lugar a la placenta y el corion-en tanto que las que quedan dentro de la masa celular darían lugar al embrión propiamente dicho. Según ello, la emergencia de las diferentes funciones de los genomas vendría a ser aleatoria y hasta cierto punto indeterminada. Pero hoy tiene más peso el criterio del grupo de Zernicka-Goetz[5], según el cual las células de la masa celular interna (MCI) expresan el linaje de una de las dos primeras blastómeras tras la segmentación del cigoto (ver figuras  publicadas en Nature, comentando estos hallazgos).


Este descubrimiento posee, a no dudar, gran importancia interpretativa. En efecto, experimentos con colorantes que permiten teñir de modo diferente al "embrión de dos células" -cada una de un color diferente- han permitido establecer que el linaje de una de estas dos células da lugar a la masa celular interna (MCI), y por lo tanto al embrión propiamente dicho; en tanto que el linaje de la otra célula dará lugar al trofoblasto y por tanto a la placenta.

Este fenómeno y el aludido anteriormente del blastómero portador de la entrada del espermatozoide introducen la reflexión siguiente: ¿cómo tiene lugar la información a una célula que debe dar lugar a la placenta y al corion y cómo a otra que debe dar lugar al embrión? En el momento actual no se conocen en profundidad las influencias sobre este embrión de dos células; si todo queda en una cuestión vinculada a la posición, al punto de entrada del espermatozoide o a la asincronía de la segmentación del blastómero que porta el punto de entrada espermático. En ausencia de datos objetivos sobre el comportamiento del código zigótico, respecto a la primera segmentación, puede argüirse ciertamente sobre fenómenos meramente morfológicos y descriptivos -espacio/temporales-; pero no puede descartarse, en absoluto, alguna suerte de determinación desde el propio cigoto decidiendo su futuro linaje embrionario.

En cualquier caso, las revelaciones del grupo de Zernicka-Goetz, por más que se pretendan subestimar, representan un vuelco radical a la hipótesis de McLaren sobre el pre-embrión, que tanta repercusión social ha tenido: la argumentación sobre una etapa pre-embrionaria -que discurriría desde el cigoto a la conformación de la MCI y la implantación-, con meras funciones nutricionales y preparatorias de la emergencia del verdadero embrión, el cual afloraría -con un genoma definitivamente orientado a embrión- desde las células de la MCI y no antes. Según esta interpretación el pre-embrión no tendría condición de individuo humano.

Los descubrimientos de Zernicka-Goetz y su grupo vienen a poner de manifiesto que los principales criterios orientadores del desarrollo embrionario han de ser de carácter genético y no estrictamente morfológicos. Y que el principio de la vida del embrión humano es detectable ya con la aparición del fenotipo "cigoto en segmentación", al disponer de la certeza de que una de esas dos primeras blastómeras en la que ya se esta dividiendo, va a constituir el punto de partida del linaje de un nuevo individuo de la especie humana.

Se hace difícil pensar, por otra parte, que el linaje de un individuo humano y su radical diferencia con el corion y la placenta, pueda derivar de una célula que, por una mera disposición espacial, inicia la diferenciación de su código hacia hombre, en tanto que su homónima lo hace hacia placenta. Se sabe que no menos de 11.483 genes se expresan en el desarrollo embrionario del ratón hasta el estadio de blastocisto, de los cuales no menos de 100 se expresan de forma diferencial en el desarrollo temprano del embrión. Resulta por lo mismo difícil de asumir que algo tan directamente vinculado a la herencia de los caracteres hereditarios, resulte de producirse en ausencia de alguna expresión génica determinante desde el cigoto. Ciertamente que esta relación queda por establecer -y no puede científicamente afirmarse en este momento- pero todo parece indicar que no tardaremos en saberlo.

4. Constituida la compactación de la mórula y una vez que ésta penetra en la cavidad uterina, comienza a penetrar fluido a través de la zona pelúcida y hacia el espacio intercelular de la MCI. Gradualmente los espacios intercelulares confluyen y, finalmente, se forma una cavidad única denominada blastocele. La nueva entidad se denomina blastocisto. Las células de la masa celular interna (MCI) -ahora llamada embrioblasto- se sitúan en un polo y las de la masa celular externa o trofoblasto se aplanan y formaran la pared epitelial del blastocisto. La zona pelúcida desaparece y se iniciara el proceso de la implantación. Esto implica la sincronización entre el desarrollo del embrión preimplantatorio y la diferenciación del endometrio, que debe estar "preparado" para recibir al embrión. El proceso se inicia sobre el 5º día tras la fecundación y finaliza sobre el 11º aproximadamente, aunque existe una cierta variación y la retórica sobre el hecho lo fija en la fecha límite del 14º día; pese a que se estima que el 82% de las implantaciones que comienzan después del día 10º tras la fecundación resultan en pérdida embrionaria. Cuatro días después de comenzada la implantación el embrión y sus membranas esta ya totalmente embebido en el endometrio.

Finalizada la implantación y a partir del día 15º comienza lo que se denomina la gastrulación, es decir, la aparición de las tres capas embrionarias. Tiene lugar aquí la aparición de otro hito con valor interpretativo. Nos referimos a la aparición de la línea o estría primitiva, que emerge de forma caudal y se expande cranealmente. Una estructura que aparece primero como un engrosamiento y después como una línea corta en la superficie dorsal del epiblasto. La línea primitiva temprana es en realidad una condensación causada por la convergencia de células epiblásticas, de células cuyo linaje se adentra en la MCI y se remonta hasta una de las dos primeras blastómeras tras la segmentación del zigoto. Con la aparición de la línea primitiva y desde su mera contemplación morfológica, puede decirse que aparece el primer rasgo de organización corporal: se trata de la evidencia de los ejes cráneo-caudal e izquierdo-derecho del embrión. Para los científicos que aceptaron la idea del pre-embrión, la aparición de la línea primitiva y de estos primeros indicios de estructuración organizativa puede considerarse como un principio morfológico de individuación objetivable. A partir de ella se debía reconocer al embrión como individuo de la especie humana.

Como se puede deducir de estas aseveraciones, el establecimiento de esta individualidad constituye, para la biología, un hecho mal identificado y sobre todo nunca abiertamente debatido. Es decir, casi siempre debatido en Comités donde prevalecían los científicos favorables al pre-embrión y donde nunca era visible la presencia de los embriólogos, un mundo reticente al concepto. Desde la perspectiva del siglo XXI, considerar el hecho morfológico como único criterio fundante identificador del principio de la vida individual no es un error más, es algo que difícilmente puede escapar a la acusación de "ideológico"; habida cuenta del papel rector del código genético y de los planteamientos de la epigénesis regulativa a los que se ha hecho alusión. El dato morfológico no funda el dato genético, sino al revés, es la expresión paulatina y gradual del código genético la que construye, en cada instante, el fenotipo, la morfología si queremos. Si las cosas se reflexionan desapasionadamente se convendrá que, sin ser toda la verdad, ambos -morfología y epigénesis, epigénesis y morfología, dentro de una intra- jerarquía- afloran criterios parciales, pero válidos, para centrar el origen de la individualidad humana en la primera célula, en el zigoto, bien en la esperada confirmación génica o bien en el fenotipo del zigoto en fase de segmentación, en el cigoto partido, desde la perspectiva morfológica.

Algunas objeciones a la individualidad humana del cigoto

a) El argumento de que en la naturaleza se produce una elevada pérdida de embriones precoces, bien por generarse dañados por alguna alteración cromosómica o de origen ovular; en tanto que tras la implantación estas pérdidas se aminoran, es una objeción que fue formulada desde instancias no propiamente científicas. El argumento no objeta la individualidad del cigoto partido y carece de consistencia.

b) El argumento de que la masa embrional anterior al blastocisto no constituye organismo, no hay entre esas células interacción unitaria fue pronto objeto de debate. Según él, cada una de las blastómeras procedentes de las divisiones del zigoto es independiente, autónoma, no diferenciada y totipotente. Poseen el mismo DNA y son indiscernibles. No sería entidad, no sería unidad. Cada una de sus blastómeras es un individuo en potencia. En esta fase, la masa embrional puede dar lugar a individuos gemelos. Es un argumento que defendieran algunos científicos de la investigación embrionaria (Anne McLaren[6], Howard Jones[7] , Clifford Grobstein[8], etc.) y algunos clérigos (Richard McCormick, Norman Ford[9], etc.).

Respecto de que todas las células son iguales y posee el mismo DNA, las investigaciones de Zernicka-Goetz han demostrado que el linaje de las dos primeras blastómeras ya implica una radical diferenciación, pues unas conducen el código de un niño y otras el código del corion y la placenta. Por tanto, la tesis de que las células del embrión preimplantatorio juegan un solo papel nutricio hasta la aparición del verdadero linaje embrionario en la MCI, es sencillamente un error.

Respecto de los gemelos, es ciertamente una realidad clínica. Así parece ocurrir en un 0,3 a 0,4 por cada 100 nacimientos[10], 3-4 por cada 1000 nacimientos corresponde a gemelos, estimándose hoy día que se trata -hablando de gemelos monocigóticos- de un evento aleatorio, que no esta influido claramente por factores ambientales ni genéticos.

En efecto, en el embrión temprano la pérdida de una célula, de un blastómero, puede ser compensada por otras células. Esta parece ser una de las funciones derivadas de la totipotencia de los primeros blastómeros. Cuando se argumenta con los gemelos para restar o negar individualidad al embrión pre-implantatorio, se tiende a decir que son idénticos, que son individuos genéticamente idénticos y esto se afirma con gran convencimiento. Pero esta afirmación es harto discutible con la ciencia en la mano. Estudios recientes han sugerido que cada uno de los miembros de un par de gemelos monozigóticos pueden desarrollarse en forma bastante diferente del otro. De hecho se ha mantenido que el mecanismo que subyace a la separación de los blastómeros puede estar relacionado con cambios genéticos en alguno de ellos, que distinguen a las células entre sí -y que ellas percibirían-, dando lugar a su separación: los gemelos idénticos se separarían precisamente por una falta de identidad entre los blastómeros[11].

Como se sabe, se han identificado gemelos con fenotipos discordantes. La propia dinámica de la regulación epigenética y en su seno los grados de libertad que la acompaña, sugiere que la supuesta identidad genética no asegura un código genético final resultante de radical igualdad, que permita asegurar que los gemelos son siempre como dos gotas de agua. Desde esta severa duda acerca de la radical igualdad entre dos gemelos monozigóticos, lo único que tendríamos es que, en un 0,3-0,4% de los nacidos y por una causa desconocida, la naturaleza biológica del hombre produce dos individuos muy semejantes -casi iguales pero posiblemente no iguales- y que, en vez de una sola vida, se generan dos vidas: ¿Permite esta anomalía de la propia condición biológica del hombre negar la individualidad al resto de la inmensa mayoría?

c) Otro argumento fundado en la patología es la posibilidad abierta de que se fusionen dos embriones, dando lugar a lo que se llama quimeras. Además de su excepcionalidad, se busca una patología indudable y se asimila a un hecho nomal. Ciertamente, si un individuo nace con una cromosomopatía de este supuesto origen, uno puede preguntarse ¿qué ocurre? ¿acaso no es un individuo? Que el mecanismo que ha forjado su individualidad proceda de una anomalía, de un pathos, no implica que la inmensa mayoría de los embriones pre-implantatorios no posean la individualidad. Ni puede negarse la suya.

d) El argumento de que tras la implantación, a su término, se reducen las pérdidas embrionarias y que, por haberse perdido la totipotencia, las células que se multiplican tienen más asegurada la individualidad y ya no habrá gemelos ni quimeras, es igualmente equívoco. No pretende decir que hasta entonces la inmensa mayoría de los embriones no esté en posesión de la individualidad -no es esto lo que se subraya- lo que se dice es que en las circunstancias de la implantación esta ya muy garantizada la individualidad, es decir, el crecimiento y la maduración de un solo embrión y luego feto por cada ejemplar implantado.

En la cercanía de este argumento, al menos por razón de cronología, esta el argumento de la estría primitiva, que tiene su aparición sobre el día 14 de la vida del embrión. Según sus defensores, solo a partir de esa imagen morfológica -la estría primitiva- puede evidenciarse un primer esbozo embrionario con definición unitaria, capacitado para dar lugar a un solo individuo humano. La estría primitiva vendría a ser una especie de marcador embrional de la presencia de uno o mas individuos humanos en acto. Hasta entonces, como defendieran McLaren y Grobstein, las células embrionales solo cumplirían un papel protector y nutricional, el tantas veces aludido pre-embrión en este trabajo.

Volvemos pues al criterio morfológico como punto de partida único de la fundamentación de la individualidad. No sabemos si alguno de los defensores de esta tesis, a la luz de los datos del grupo de Magdalena Zernicka-Goetz, sigue manteniendo la tesis de la estría primitiva, pero nos tememos que sí, que modificaran sus opiniones.

La discusión y el debate sobre la individualidad embrionaria no ha terminado, ni lo va a hacer en mucho tiempo. La evidencia demuestra que las posiciones de los hombres -de los científicos, de las instituciones corporativas, de los teólogos de cualquier signo, de los políticos en fin- no se orientan fácilmente a buscar la verdad, a consensuar acuerdos racionales, cuando son superiores los intereses involucrados y es difícil oponerse a la fuerza de las corrientes históricas. El embrión humano esta inmerso en uno de estos remolinos de la historia y su verdadera identidad e individualidad no serán reconocidas hasta que pase el tiempo, la ciencia lo tenga abrumadoramente claro y otros hombres se encarguen de modificar los paradigmas hoy vigentes. Quienes, desde la ciencia, creemos en este fantástico poder de auto-rectificación del hombre y de la ciencia -que tarde o temprano habrá de producirse- tenemos la intuición de que será lo que, finalmente, ocurrirá y en ello depositamos toda nuestra confianza.

II. Antropología del embrión humano

Que la bioética en su investigación sobre la vida humana tenga que partir de la dimensión somática y haya de permanecer siempre sólidamente fundada en ella, lleva a la convicción de que el ser humano tiene como componente esencial la corporeidad y que, por tanto, empieza a existir cuando comienza su cuerpo. La defensa de una interpretación realista adecuada del conocimiento biológico, es imprescindible para la configuración de una antropología realista que, como bien se sabe, considera a la corporeidad como un componente esencial de la persona, mediante el cual se hace visible y existe en el mundo. En esta segunda clase del programa, nos proponemos un abordaje sintético de la antropología embrionaria, que conduce a la afirmación de que el embrión humano y el feto, su progresión madurativa -como el recién nacido, el joven y el viejo- posee condición de persona y que, como más adelante se detalla, está en posesión de una dignidad originaria o constitutiva que le hace acreedor del respeto y por lo tanto de la protección de la ley.

Esta concepción del embrión y del feto no es representativa de una parte del mundo de la ciencia y tampoco del ordenamiento jurídico más visible. Aunque no podremos abordarlo, sería sumamente interesante y aún capital la investigación y el afloramiento de las causas diversas, científicas, filosóficas, sociales y teológicas, que han hecho cristalizar el relativismo moral en torno al principio de la vida humana y su creciente desvalorización. En lo que sigue nos limitamos a fundamentar el carácter de ser humano del embrión y del feto, y en consecuencia su carácter personal; y como corolario, los fundamentos éticos -las claves morales- de su tratamiento, su manejo y su intervención en el mundo de la ciencia biomédica.

La base biológica

Como con anterioridad, el autor se siente deudor de los planteamientos de López Moratalla respecto del concepto de la individualidad del embrión humano [12],[13], y de lo brillantes análisis filosóficos que ha desarrollado en los últimos años, sobre la base de la filosofía de Leonardo Polo. La autora, excelente conocedora de la biología del desarrollo, ha aportado al debate una bien fundamentada antropología de la vida embrionaria, que sirve de base a este trabajo. Por otra parte, conviene recordar que, en lo sucesivo, salvo que se indique, lo descrito y lo interpretado se refiere básicamente al embrión "natural", al embrión humano generado tras una relación sexual entre un hombre y una mujer.

Como se desprendía de la primera parte del texto, la cuestión no se refiere a la pertenencia a la especie, pues esto no tiene discusión en biología del desarrollo; la cuestión que se plantea es la interpretación que, desde la ciencia, pueda hacerse al carácter de "individuo" del embrión pre-implantatorio; es decir, a qué configuración de la materia se le puede asignar ya, sin error, la condición de individuo de la especie humana. Vimos que el criterio morfológico -la visión ocular de la forma embrionaria o fetal visible o ampliada por el microscopio- era insuficiente para definir con certeza la condición individual del mismo. Ahora añadimos algo más, esto es, que también lo es para distinguir entre el carácter de vida de un ente de la especie humana y un "viviente" individual. O, en otras palabras, para establecer qué organización de la materia confiere el carácter de tener vida y qué confiere el carácter de ser vivo.

Vimos de modo sintético que, al paradigma morfológico o de la imagen, precedía el paradigma informacional, la preexistencia de un código genético que antecede al fenotipo a la vez que le conforma; y vimos que esta conformación no se realizaba de forma lineal sino de un modo más complejo, inabordable aquí, según el modelo de la epigenésis regulativa, en el contexto de esa nueva interpretación bioquímica que es la ciencia del caos.[14] El nuevo sistema permite interpretar los conceptos de estructura y desarrollo de un ser vivo sin ruptura de la unidad del ente, pero con incorporación de dos conceptos claramente rompedores del paradigma clásico: 1) el concepto, según el cual, en el proceso evolutivo de la vida del ente embrionario van emergiendo propiedades nuevas, que no están contenidas en los materiales constituyentes inmediatamente previos (es decir, la organización emergente es más que la suma o la mezcla de los materiales constituyentes); y 2) la noción de epigénesis, la idea de que el código rector para la ordenación de los materiales que construyen la corporeidad -la realidad del viviente- surge del diálogo molecular entre el genoma (el genotipo) y los productos existentes en el citoplasma y aún en el medio materno. Este diálogo no resta carácter estelar al genoma, pero reconduce los hechos a un diseño menos determinista y más abierto, donde de modo singular "azar" y "determinación" no solo no se oponen sino que cooperan[15].

El resultado de este diálogo no es solo la emergencia de propiedades nuevas, es sobre todo el proceso de la auto-organización de la materia. Hablar de autoorganización implica mucho, significa que el nuevo ente dirige y estructura, según un modo propio, su propio desarrollo. La información que se desprende del diálogo entre lo genético y lo epigenético -el código de instrucciones que el proceso vital en marcha expresa desde el primer instante- indica que se está viviendo, que se está expresando la "vida" del ente embrionario.

¿Pero cómo? ¿Desde cuándo? Contestación: desde el momento en que aflorara el nuevo código. Desde la aparición del fenotipo zigoto hay una vida en marcha que se auto-construye. Por eso es un viviente; y es un viviente humano porque surge de un código que expresa especie humana y auto-organización. "Vida", desde el punto de vista biológico, es la emisión de un mensaje genético; emisión permanente y singular para cada célula y aún mucho más para la iniciación del viviente en el zigoto. En el individuo adulto, la vida biológica resulta de la emisión del mensaje genético de muchos miles de células, coordinadas y orientadas.

El viviente rige, mediante la afloración en el tiempo y espacio de su código genético, la autoconstrucción, el desarrollo y la conservación de su cuerpo. Lo que vemos y percibimos del viviente son las formas que adquiere la materia auto-construida, a lo largo del tiempo que dura la existencia de un hombre sobre la tierra, los sucesivos y cambiantes fenotipos visibles en el decurso de los años (zigoto, feto, niño, adulto, anciano). La vida tiene telos, es decir, significa que está dirigida desde un dinamismo que es interno a ella misma y que la conduce en una dirección y sentido determinados, que surge y es gestionado desde ella misma y nunca desde fuera. La realidad del viviente humano en esta fase inicial es, pues, la de una vida que expresa un código de instrucciones propio, teleonómico, que le auto-dirige, le auto-organiza y le auto-construye.

Pero el proceso de la auto-organización implica la aparición paulatina de un "proceso de desarrollo", y la superación de una serie de etapas de crecimiento y maduración hasta la llegada al mundo tras el parto. El código o programa que diseña y dirige el proceso de la vida intrauterina, la auto-construcción primero embrionaria y luego fetal, emite un "programa de desarrollo" siempre análogo, que surge del telos específico y constitutivo al proceso informacional.

Esto nos lleva a la idea de "organismo". Cuán lejos de la realidad están las viejas ideas de que el embrión precoz es una simple amasijo de células sin organización y sin telos, un "montón de células individuales distintas, cada una de las cuales es una unidad ontológica en simple contacto con las otras encerradas en la zona pelúcida..", que apuntara el clérigo Ford y han defendido erróneamente algunos filósofos y teólogos.

En la realidad, la dinámica de la autoorganización de los seres vivos y la dinámica de su funcionamiento unitario, expresan la idea de "organismo". Construcción o auto-construcción desde una ontología de organismo, con la singularidad de que, como indican las últimos datos de la ciencia, tal funcionamiento unitario goza de alguna suerte o niveles de indeterminación, según la teoría del "caos", en la que no podemos detenernos. Una indeterminación singular, ciertamente, que se resuelve de modo tan orientado, que ha hecho a algunos hablar de "caos determinista".

El hecho es que la dinámica de auto-organización según el paradigma informacional -expresando un comportamiento unitario y al modo de un verdadero organismo- implica que "el viviente sea siempre el mismo pero no lo mismo". Es decir, que aunque el soporte material de la información, las moléculas y otros elementos, van cambiando con el tiempo por interacción con el medio; el viviente sigue siempre el mismo. Por lo tanto, los cambios de forma que experimenta el embrión en los primeros meses de la vida y luego a lo largo de su existencia como individuo adulto, los cambios desde la percepción visual -por ejemplo, las formas como zigoto, mórula, blastocisto, feto, etc.- no son más que nuevas ordenaciones de los materiales del cuerpo merced a las instrucciones del proceso informacional de la epigénesis regulativa, un proceso siempre temporal -insistimos- por el que el viviente muestra aspectos morfológicos o fenotipos distintos, permaneciendo él mismo siempre.

La cuestión que se plantea en el debate de algunos, es el cuándo se puede decir que la materia está suficientemente configurada para constituir un viviente. ¿Cuándo el momento de la individualidad? En la primera parte de este trabajo hemos dado cuenta de ello, y decíamos que esto tiene lugar con la configuración del fenotipo zigoto. ¿Cuándo, además, de biología es antropología?

Para López Moratalla esta respuesta exige de un matización. En efecto, no basta con la fusión del material genético de los padres; esto es ya, ciertamente, la inmediata frontera. Es preciso que tal material se ordene en una conformación material -un fenotipo celular- que suponga la inmediata capacidad de emitir un mensaje genético, o mejor, una secuencia completa y ordenada de mensajes genéticos. La individualidad precisa de la instauración de un programa o código genético y su puesta en marcha, de su puesta en "acto". En ese momento, en ese instante, un nuevo individuo ha comenzado a vivir, un viviente se ha incorporado a la humanidad. En efecto, en cuanto pone en marcha el programa que conduce a su primera división celular asimétrica, el ente embrionario ha alcanzado la realidad de "viviente individual". La visión morfológica del fenotipo zigoto en segmentación ( del zigoto "partido", coloquialmente) decíamos, ilustra la idea de organismo y expresa un viviente ya en acto, expresa a la vista lo que ya ha emergido, lo que ya es, un viviente. De ahí que en ese instante pueda considerarse un embrión unicelular, que dará lugar de inmediato a un embrión bicelular, como el más pequeño organismo posible.

La base filosófica

En el momento actual se objeta que la individualidad humana se inicie en el zigoto. Pero esta refutación asienta básicamente sobre interpretaciones filosóficas. Pero la tradición filosófica que se remonta a Aristóteles -y que fundamenta el más desideologizado abordaje de la naturaleza individual del embrión- no lo planteaba así. Es la conocida doctrina de la potencia y acto aristotélica a la que, sintéticamente, vamos a introducir al lector.

Para el estagirita , el embrión humano posee, desde el primer momento, un alma que no puede ser otra que "el alma propia de la especie humana, esto es, el alma intelectiva, la cual existe en acto, pero como acto primero esto es como capacidad"[16]. Esto es así por la concepción aristotélica del "alma como acto primero de un cuerpo que tiene la vida en potencia".[17] En el embrión humano esta ya presente, como acto primero, el alma intelectiva, aunque no ejercita todavía en acto segundo sus capacidades. No es adecuado el salto del orden biológico al orden metafísico, pero haciendo abstracción de la base descriptiva, la analogía entre "código" y "alma" es indudable.

Hay que entender lo que Aristóteles quiere decir por "hombre en potencia"[18]. Para ello es preciso recordar la doctrina de la potencialidad y la relación que media entre "potencia activa" y "acto"; doctrina que llegó a ser clásica con la distinción entre potencia activa y potencia pasiva. La potencia activa en Aristóteles manifiesta la capacidad constitutiva de un ser vivo para desarrollarse ex natura sua (tiene en sí misma el principio), por lo que tiene una relación real con el acto. Actus est prior potentia. Según el filosofo, "la potencia se pone con vista al acto". Por esto, aunque el embrión humano no haya alcanzado toda la madurez del dinamismo intrínseco, ya está designado ex natura sua a madurar y a desarrollar todas las potencialidades de su naturaleza. Este poder madurar es porque participa del ser de embrión; se trata, en suma, de un poder ser que participa ya del ser.

Es evidente que en Aristóteles el zigoto tiene este carácter actual de la potencia activa, que en ausencia de obstáculos externos le llevará al desarrollo completo de un ser humano. Otra cosa es la potencia pasiva. Los gametos masculino y femenino poseen solo potencia pasiva, la mera "posibilidad" y disponibilidad de experimentar transformaciones por parte de algo externo a ellos, como, por ejemplo, la voluntad de sus padres al unirse, que les ponga en la ruta de ser un embrión. Potencia activa y potencia pasiva son pues dos cosas diferentes, la activa participa del acto y es ser real; la pasiva no participa de acto alguno y no es ser, simplemente, es mera posibilidad abierta.

"Ser en potencia", "ser en acto" y "potencia pasiva" tienen un significado originario muy preciso -como afirma Lucas Lucas[19]- que, si no se conserva, se está distorsionando la realidad expresada por el filósofo. Especialmente importante en la cuestión del embrión es no confundir "potencia activa" con "ser en potencia"[20], porque lo que en verdad expresa al embrión en esta fase inicial, la "potencia activa", tiene un significado concreto de realidad con el acto -como decimos, que es el principium motus et quietis; mientras que "ser en potencia" significa no ser todavía y se opone a "ser en acto". En el verdadero sentir aristotélico, en el de sus mejores intérpretes, el embrión está destinado, desde la concepción, a madurar lo que ya es: un individuo de la especie humana.

En realidad, la clásica interpretación aristotélica extrapolada al hecho biológico, resulta conducir a los tres criterios del desarrollo embrionario que se aducen por Serra, coordinación, continuidad y gradualidad[21]. En esta maduración los biólogos no encuentran saltos cualitativos ni cambios sustanciales, solo hitos, momentos de la continuidad del proceso embrionario del viviente, que pueden ser académicamente resaltados para expresar mejor la creciente complejidad que adquiere, en esa fase del viviente, la conformación de la materia.

Pero, además del dato biológico, la lógica del filósofo evidencia que no puede haber saltos cualitativos ni pasos de una esencia a otra. El cuerpo humano puede madurar como tal porque ya es cuerpo humano. Lo expresa bien Lucas[22], al decir que, si en el desarrollo embrionario la vida biológica se disociase de la vida propiamente humana, no se alcanzaría a explicar la identidad del sujeto, y estaríamos de hecho en presencia de una dicotomía entre el yo y su corporeidad. .En otras palabras, es contrario a la lógica del principio de identidad que de una corporeidad biológica ya constituida, según una determinada esencia, derive, en una segunda fase, un ser humano para el cual esta misma corporeidad le sea extrínseca. El embrión perteneciente a la especie biológica humana, que no fuera desde el inicio verdadero individuo humano, no podría llegar a serlo sucesivamente sin contradecir la identidad de la propia esencia.

En las páginas que siguen vamos a articular la afirmación que subyace en todo lo anterior: que la vida biológica embrionaria es ya vida personal. Es ya desde el primer instante antropología humana. Este razonamiento se basa en una realidad: la unidad psico-biológica del embrión humano es una unidad, dicha al modo clásico, sustancial. En el hombre nunca van sueltos su cuerpo, su corporeidad y sus acciones, sus actos voluntarios y libres, su espíritu.

En el momento actual la condición embrionaria registra otras interpretaciones filosóficas, que le niegan condición de ser humano, de modo paralelo a la hipótesis biologista del pre-embrión. No tiene que sorprendernos, por muy influyentes que se muestren, adecuadas a la cultura de nuestro tiempo o políticamente correctas. No expresan una contemplación objetiva de la naturaleza del embrión sino una perspectiva positivista que se adapta a los desarrollos tecno-científicos y a las corrientes propias de nuestra era. Expresan la complejidad del mundo y de la humanidad, las diferentes raíces culturales y filosóficas, los s paradigmas de la ciencia vigentes y sostenidos por el mercado, las distintas creencias y las diferentes teologías. La actitud ante el disenso ideológico no puede ser, sin embargo, de enfrentamiento, sino, antes bien, la de un conocimiento más profundo de lo propio y de lo exportado, la del diálogo desde la convicción y la necesidad de llegar a acuerdos morales consensuados.

En lo que sigue se abordan los aspectos más contradictorios del debate ontológico del embrión. ¿Por qué no dejar las cosas en la individualidad de la humanidad del embrión? ¿No es suficiente constatar que el embrión es un individuo de naturaleza humana para justificar su dignidad?.

Indudablemente, de cara al debate social -de cara a la configuraciones de leyes respetuosas de la vida embrionaria- pudiera ser suficiente; porque el plano biológico del debate aboca a una cierta centripetalidad de las distintas sensibilidades, en tanto el debate de la persona centrifuga a las distintas corrientes. Pero una cosa son las estrategias legítimas para el diálogo social, y otra la fundamentación última y profunda de las conviciones, desde la perspectiva de los intereses del embrión, desde el esfuerzo de situarnos en su lugar, desde la necesidad de reconocerle lo que es en sí, su condición personal. Por muchas razones, el debate del embrión-persona subyace, incluso controvertido, como dique de contención a la definitiva del desprotección del hombre en su etapa más precoz y ya se ve, más desprotegida de su vida. Como agudamente afirma Ricoeur[23], la persona continua siendo el mejor candidato para afrontar los combates jurídicos, políticos, económicos y sociales

El carácter personal del embrión

Un debate paralelo pero no idéntico, presente hoy en la sociedad, es la condición o el carácter personal del embrión humano. En efecto, hasta ahora hemos convenido que el embrión desde el zigoto es individuo de la especie humana y por tanto, a la luz de la filosofía clásica, posee la condición de ser humano. Se trata ahora de contestar a la pregunta de si además de individuo biológico, de ser humano, el embrión preimplantado es persona. En esto se puede decir que radica el meollo de todo el debate intelectual moderno sobre el embrión. Porque ser persona implica hallarse en propiedad de una dignidad inherente a lo personal y ser sujeto de derechos y, sobre todo, de protección por la ley civil.

Para el cientifismo esta posibilidad es inaceptable e inconcebible : se vendría bajo -piensan- todo el edificio utilitario biotecnológico que fundamenta las relaciones hombre-mujer, el derecho al aborto y el futuro de la investigación destructiva con embriones. La situación ofrece un cierto paralelismo al tiempo de las sociedades esclavistas: Muchos, demasiados intereses de todo tipo involucrados, impidieron durante siglos reconocer que los hombres de color eran personas. Aquello fue sin duda mucho más hiriente y doloroso que la dialéctica sobre los embriones (no son magnitudes comparables) pero conceptualmente esto de ahora -el reconocimiento de la condición personal del embrión y del feto- tiene mucho de análogo. La esclavitud ha sido superada o está a punto de serlo, mientras que el reconocimiento de la condición personal del embrión humano es hoy una aspiración que se funda en los derechos del hombre y en la convicción de su condición personal por quienes así lo estiman; siendo frecuente su desprotección en muchos lugares y culturas o una protección legal relativa en las legislaciones de muchos países.

Respecto del carácter personal del embrión, rechazado por la mayor parte de las legislaciones, estamos en pleno debate. Pero éste se sitúa en el plano intelectual, marco de la bioética y antesala de las leyes. En realidad, los argumentos sobre la individualidad embrionaria, aunque enfrentan a toda una retórica contradictoria, van ganando peso poco a poco en la sociedad. Sus defensores han pasado del desarme ante el prestigio y la eficacia utilitarista de la ciencia, a formular consistentes fundamentaciones biológicas y filosóficas que frenan la radical cosificación de la vida humana precoz. Los bandazos legislativos se suceden, sobre todo en los países dotados de una herencia filosófica y cultural sólida y elaborada, mayor sensibilidad por los valores y menos dependencia del mercado. La sociedad permanece, a nivel global, en una gran encrucijada moral[24], porque la defensa de los derechos humanos -conquista estelar de la Modernidad- no puede fríamente ignorar al ser humano en los primeros tramos de su existencia. Es uno de los más sutiles pero objetivos retos del nuevo milenio. En el centro, el debate sobre el carácter personal del embrión.

El debate sobre el carácter personal del embrión prejuzga un conocimiento histórico de los avatares que, en las diversas épocas de la historia, ha centrado la interpretación de la naturaleza del embrión. Las diferentes culturas establecieron interpretaciones diferentes, ontológicas y jurídicas, sobre la vida embrionaria, argumentos y contenidos que son aquí imposibles siquiera de extractar. Hoy son distintos los argumentos que se sostienen para negar condición personal al embrión. Aunque se trata de posicionamientos y argumentaciones respetables, el autor no las suscribe y ha estimado que su mera descripción alargaría considerablemente el diseño del trabajo y lo polemizaría por sus contradicciones.

En lo que sigue se van a esbozar algunos criterios en torno a la condición personal del embrión, limitándolos a las reflexiones de dos eminentes filósofos españoles, presentes en el debate al que hacemos referencia y de prestigio reconocido. Asistidos por un profundo conocimiento de la filosofía clásica y siendo hombres de su tiempo, tanto Xavier Zubiri como Leonardo Polo se supieron mantener al margen de las poderosas corrientes utilitaristas de su momento histórico, y desde una metafísica auto-renovada en cada caso, contribuyeron a desvelar el complejo edificio filosófico del embrión persona. En sus argumentos y construcciones filosóficas depositamos pues el inicio de este desvelamiento de la condición antropológica del embrión precoz y por ende del feto.

a) Para Javier Zubiri, hacer metafísica implicaba un abordaje diferente de la realidad, sin duda previo a la pura razón. Las cosas, la realidad se capta no al modo clásico, como realidad "en sí" que la inteligencia es capaz de reconocer en su esencia; sino como aprehensión primordial. Las cosas son aprehendidas "de suyo". Este modo de captar la realidad rechaza que ésta pueda ser entendida en “sí misma” -que sería la obra de la razón y de la metafísica clásicas- antes bien, la captación de la realidad desde la fenomenología de Zubiri tiene siempre algo de "construcción provisional", porque la realidad “de suyo” puede captarse de forma diferente en el tiempo. Esto hace decir a Gracia que la obra de Zubiri es poco dogmática y que fue cambiando o rectificándose a lo largo de toda su vida. Desde esta percepción de la obra de su maestro, Gracia se ha abierto a nuevas formulaciones de base científica y desde los propios conceptos zubirianos ha elaborado nuevas interpretaciones del debate que nos concita, que finalizan lejanas a las que siempre había abocado el universo de Zubiri[25].

Aquí, el autor va sintetizar la doctrina zubiriana clásica sobre el embrión, que el maestro formuló hasta poco antes de morir en "Sobre el hombre"[26], la obra de madurez donde concluye sobre el carácter personal de embrión humano. Todo se había iniciado tras el abandono por Zubiri del aristotélico concepto de substancia y la elaboración de uno nuevo, fruto de su reflexión, el concepto de sustantividad, en el que no vamos a entrar. Zubiri dedicó muchas horas de reflexión a la idea de persona, de lo cual no vamos a tocar más que lo que hace referencia al embrión.

Es en un momento de su reflexión que afirma" que ser persona no es en un primer plano "tener de mí esa vivencia como algo mío, sino de ser efectivamente mío". Aquí la base última de su concepción de persona: Ser una realidad sustantiva que es propiedad de sí misma"[27]. Ser realidad en propiedad es para el filosofo la primera forma de ser persona. Pero es necesario distinguir bien la expresión "ser propiedad mía". Ciertamente hay una propiedad en los actos que uno ejecuta, pero esta es una propiedad que discurre en el orden operativo, en el orden de las acciones. "Pero los actos remiten constitutivamente a las estructuras esenciales de donde emergen" afirma Zubiri (la cursiva es añadida en este documento). Por eso, en primer lugar, cuando se dice que soy una realidad en propiedad no se hace referencia exclusiva a mis actos -dice el filósofo- sino a las estructuras, en virtud de las cuales me pertenezco a mí mismo. Aquí propiedad, dice Zubiri, no es una propiedad de orden operativo, es una propiedad de orden constitutivo. Y esto es importante, porque ya nos introduce en la realidad embrionaria. "La propiedad en el orden operativo nos sitúa en el ámbito de la personalidad" -continua- "la personalidad es algo que se va configurando a lo largo de toda la vida. "Pero persona es cosa distinta” -afirma de nuevo. Y prosigue: "el oligofrénico es persona, el concebido antes de nacer es persona". En este sentido, la palabra persona no significa personalidad. Significa un carácter de sus estructuras y como tal es un punto de partida. Luego más adelante concluirá: "A este carácter estructural de la persona lo denomino personeidad, a diferencia de la personalidad". "Si en este segundo paso de la explicación, queremos precisar en qué consiste la realidad en propiedad, debemos decir que es personeidad como momento personal de las estructuras radicales del hombre. Cuando preguntamos qué es ser persona en sentido estructural, hay que referirse a la sustantividad humana y no a las presuntas sustancias que la componen".

Los textos de Zubiri son claros, pero él es muy consciente de que se puede volver a interpretar la persona en exclusiva relación con sus actos. Es lo que ya viene ocurriendo en nuestros días. Y se adelanta a aclarar todo equívoco. Porque efectivamente, "la sustantividad significa todas las actividades del hombre respecto a las cosas con que entra en relación". Y en este sentido es una sustantividad perfecta, que no le falta nada para ser sustantiva. "Pero es una sustantividad perfecta en orden al qué, en orden a lo que el hombre es", lo que después dirá con otras palabras, en orden al "consistir", en orden a las funciones que me confieren esa sustantividad específica en orden al qué. Pero, en la lectura fenoménica de Zubiri -en esa sustantividad en orden al qué- va envuelta latentemente la otra dimensión de la sustantividad, a saber, el hecho de que por ser sustantivo en esa forma y con ese qué yo soy una realidad y tengo en cierto modo una existencia en mí. Ahí la sustantividad no es una sustatividad en orden al qué, sino en orden al subsistir. Ser persona no consiste primariamente en el qué de la persona, en consistir. Consiste en ser propiedad en el orden del subsistir. Ser realidad en propiedad consiste precisamente en ser una realidad subsistente. El qué es aquello en que la realidad subsistente consiste. Para Zubiri, los dos conceptos de consistencia y subsistencia van unidos en ese concepto de sustantividad. Pero el filosofo lo define aún más: y afirma de ellos, de estos dos conceptos, "el que formalmente constituye la realidad personal como tipo de realidad, en tanto que realidad, es la sustantividad en orden a la subsistencia".

Después, obviamente, dirá que subsistir y consistir son dos momentos distintos de la realidad y en cierto modo pueden aprehenderse el uno como distinto del otro en la percepción de las cosas. No así para él, para quien el subsistente y el consistente son idénticos. Pero no acaba aquí la definición de subsistir o subsistencia en el universo zubiriano[28]. Más adelante nos dice que subsistencia no significa individualidad, porque ésta está en el orden del qué, de lo "en que consiste", y sustantividad está en el orden del quién. La individualidad del "consistir", de lo que es, de lo que "en qué consiste" no es formalmente subsistencia. Para entender el orden del subsistir, Zubiri echa mano de la filosofía clásica, donde el subsistente es indivisum in se et divisum a quolibet alio, es lo que "es indiviso en sí y está dividido de todo lo demás". De esta definición Zubiri obtendrá dos notas para su definición, aunque esto no será suficiente. Por una parte quiere decir que en el subsistente hay cierta "clausura" (exclusión) de todo lo que no es él. El subsistente es distinto y está separado de todo lo demás. Luego, por otra, ha de ser indiviso en sí mismo. Aquí surge la diferencia entre sustancia y sustantividad. El carácter de "todo" que necesita tener la sustantividad para poder funcionar como irreductible es lo que nos acerca más al concepto de subsistencia.

Pero ambos momentos de subsistencia son insuficientes, el subsistente precisa de una tercera nota. No basta que sea clausurada y total, es menester también que se pertenezca a sí misma formalmente, que sea propiedad de sí misma en sentido formal y reduplicativo, porque no existen susbsistentes que no sean personales. La subsistencia, que Zubiri llama también suidad y personeidad es, pues, tener una estructura de clausura y de totalidad, junto con esa plena posesión de sí mismo en sentido de pertenecerse en el sentido de la realidad.

"Aquello por lo que se subsiste es la inteligencia, que es la estructura radical del hombre por la que este afronta la realidad. La realidad dotada de inteligencia es la única realidad que, como tipo de realidad, es perfectamente subsistente, porque es la única que cumple la triple condición de ser clausurada, ser total y ser una esencia que se posee a sí misma en forma de esencia abierta" Pero -insiste Zubiri- que no se entienda a la inteligencia como una especificación del subsistente, como "en lo que consiste", sino en el sentido de constitución personal del mismo. En suma, lo que Zubiri quiere mil veces dar a entender, con expresiones de su universo filosófico, es que lo que denomina personeidad en acto primo son las estructuras que confieren subsistencia, y que el acto en que se actualiza el subsistente es el acto segundo y que juntos acto primo y acto segundo constituyen la personeidad integral. Así pues, los actos los ejecuta la persona y los ejecuta "por aquello en que consiste". Pero es absurdo pensar que los actos, las acciones, son solo actos de la voluntad y de la inteligencia, afirma, negando todo dualismo. Formalmente nada más que ellos son actos personales, "pero es que el resto de los demás actos sensitivos y vegetativos constituyen, no un preámbulo, sino un ingrediente formal y constitutivo, básico y elemental de todo acto personal". Al ejecutar un acto el consistente no solamente ejecuta un contenido, sino que a la vez se actualiza el subsistente y por ello en todo acto se co-actualiza, junto al contenido, el carácter subsistente del que ejecuta el acto.

Este largo preámbulo sobre la personeidad conduce a la comprensión del embrión humano como persona, pero como personeidad. Para Zubiri, el hombre es una sustantividad psico-somática, es decir, un sistema intrínsecamente unitario y estructural de notas materiales que llamamos cuerpo y de unas notas psíquicas que él denomina psique. Por la fecundación se constituye por sistematización la célula germinal, el cuerpo, como él escribe exactamente. Dirá luego que solo puede haber psique cuando hay un cuerpo "de" quien es la psique, esto es, solo desde que hay célula germinal. Zubiri denominaría al zigoto de modo característico con una expresión antigua, unas veces como "célula germinal" y otras como "plasma germinal". Seguramente, enterado de las ideas del pre-embrión, Zubiri afirma: "Dejemos de lado discutir la cuestión de si la célula germinal es "ya" cuerpo humano capaz de ser cuerpo "de".... Personalmente he pensado siempre que la psique surge en cuanto se produce la célula germinal. Todo lo que es el hombre es, está ya embrionariamente en el punto de partida. "Desde el inicio, para el filósofo, hay psique-célula germinal.

Evidentemente si no hay morfología específica, el "de suyo" de la realidad que contempla y aprehende el filósofo, al detenerse en el zigoto, no puede ser más que la integral de fenotipo zigoto y de la estructura informacional del código genético del que es portador y dueño. La psique[29] -dice Zubiri- no es un resultado de la actividad celular sino un momento del "plasma germinal", anterior, por tanto, a toda actividad del psiquismo. La psique es un momento constitutivo y no consecutivo del plasma germinal. La cuestión es, como vemos, redundante, e insiste sobre ella.

Sí es importante, retornar a lo que piensa sobre la inteligencia. De ella dice que es pura “potencia” y que por eso está en el plasma germinal no como "facultad" sino como potencia. El despliegue de la actividad de la psique es estructurante, dice, es decir, la actividad no va adquiriendo nuevas notas pero sí caracteres superiores, en un proceso gradual. El filósofo abordó en esta larga reflexión toda su experiencia sobre la realidad. Nosotros volvemos a destacar de ella el momento subsistente: La bioquímica de la célula germinal y los linajes ulteriores -lo que nosotros llamaríamos el DNA nuclear y los sustratos de la epigénesis citoplásmica y que él denominaba "quimismo"- pertenecen intrínseca y formalmente a la ejecución del acto intelectivo, volitivo, sentimental. No es que se trate de una estructura química orgánica que luego dará lugar al psiquismo, sino que se trata de que todo el quimismo no es, desde la concepción, sino tan solo un momento de una única y unitaria actividad psico-orgánica del sistema. Por lo tanto, sin entrar en más aclaraciones, el quimismo pertenece intrínseca y formalmente a la intelección, volición, etc., y recíprocamente todo lo psíquico es un momento, tan solo un momento, pero un momento efectivo, de esa actividad a la que pertenece siempre y efectivamente, hasta en sus procesos moleculares, bien que inicialmente como momento pasivo sin dominancia accional. Zubiri concluye diciendo: "Lo contrario sería, a mi modo de ver, absurdo[30]".

Hay pues en el zigoto unidad de sustantividad, esto es, unidad de sistema. Hay estructuras que confieren subsistencia, hay personeidad en acto primo, hay persona. La personeidad no es un acto ni un sistema de actos, sino que es forma de realidad humana, ejecute o no ejecute actos, y en todo caso es "anterior" a la ejecución de actos de naturaleza psíquica. El embrión humano no necesita alcanzar una fase tardía de la organogénesis y de desarrollo cerebral, que permita a la ciencia captar actividad psíquica, esbozalmente cognitiva, para que se le reconozca suficiencia constitucional, para ser ya persona, en suma -porque mil veces lo afirma el filósofo- porque posee la subsistencia desde la constitución del zigoto.

La sustantividad exige el sistema soma y el sistema psique, y ambos están ya de modo real en el zigoto, porque el plasma germinal -como él lo llamaba- es ya un sistema psico-orgá