De simio a… ¿persona?

El Proyecto Gran Simio (PGS), nacido oficialmente en 1993, tiene como columna vertebral la llamada “Declaración de los grandes simios”, que contiene dos propuestas fundamentales. Una es la exigencia para todos los grandes simios de algunos (pero sólo algunos) de los derechos incluidos en la Declaración Universal de los Derechos …

El Proyecto Gran Simio (PGS), nacido oficialmente en 1993, tiene como columna vertebral la llamada “Declaración de los grandes simios”, que contiene dos propuestas fundamentales. Una es la exigencia para todos los grandes simios de algunos (pero sólo algunos) de los derechos incluidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos adoptada por Naciones Unidas en 1948. La intención es ir un paso más allá de la Declaración Universal de los Derechos del Animal aprobada por la UNESCO en 1977, y sólo con un grupo excepcional de animales: los homínidos o grandes simios, grupo al que pertenece nuestra especie pero que incluye también a chimpancés, gorilas y orangutanes. En concreto, se exigen tres derechos: el derecho a la vida, la protección de la libertad individual y la prohibición de la tortura.

La otra propuesta de la Declaración puede ser tanto o más polémica que la anterior: exigir que la “comunidad de los iguales” se haga extensiva a todos los grandes simios. Es decir, que todos los miembros de la familia de los homínidos sean considerados y tratados como iguales. Las razones del PGS para tratar a todos los grandes simios como “iguales” y, por tanto, para ampliar los derechos de los grandes simios no humanos, son fundamentalmente biológicas y comportamentales.

Las similitudes biológicas saltan a la vista (con las debidas distancias), pero el caballo de batalla en este sentido ha sido y sigue siendo la tremenda similitud genética entre los otros grandes simios y nuestra especie, que se estima en un 98,77 % con respecto a los chimpancés, aunque según el criterio o los datos que se utilicen hay quien habla de un 99,4 %. Pero una diferencia genética de tan sólo un 1,2 % (o menos), aunque parezca ínfima, puede ser todo un abismo. La relación entre el número de genes y la complejidad de un organismo está lejos de ser unívoca. Los genes especifican proteínas, y algunas de éstas constituyen los elementos del organismo. Pero otras van a tener una función más compleja: activar o desactivar genes, acelerar o decelerar su activación, o incluso cortar y segmentar otras proteínas para dar lugar a nuevas combinaciones. Así, un simple cambio en un nucleótido de un gen podría afectar a miles y miles de genes. Los procesos de construcción de un organismo pueden ser por tanto mucho más enrevesados y complejos en una especie que en otra, aún con una similitud entre ambas del 98,77 % (o más) de sus genes.

Las similitudes comportamentales entre el hombre y los demás grandes simios son también grandes y sorprendentes, consecuencia sin duda de nuestra similitud biológica. En líneas generales, se habla de que los grandes simios tienen cultura, y de que son capaces de transmitirla a sus hijos; de que tienen lenguaje, pensamientos privados, imaginación, autoconciencia, empatía, capacidad de engañar, curiosidad, sentido del humor, sentido del tiempo, sentido de la amistad, consciencia de la muerte, personalidad individual, y sentimientos y emociones que creíamos exclusivamente humanos, ya que pueden lamentar la muerte de un ser querido durante mucho tiempo, e incluso morir de pena.

En realidad estas características de los grandes simios parecerían ser la razón fundamental para otorgarles ciertos derechos hasta ahora exclusivos de nuestra especie: en seres dotados de personalidad y que sienten y padecen como nosotros, los efectos de la muerte, la privación de libertad o la tortura deben ser igualmente nefastos. Pero, al igual que ocurría con la genética, las diferencias comportamentales pueden ser también muy profundas. Por ejemplo, no cabe duda de las tremendas diferencias existentes entre las “culturas” de los grandes simios y su forma de transmitirlas a su descendencia. Pueden fabricar herramientas, sí, pero simples, de una sola pieza, y su modo de transmitir esa “cultura” es la imitación.

Su lenguaje es tremendamente pobre y no muy diferente del de otras especies que no pertenecen a los homínidos, y si bien es cierto que en cautividad pueden llegar a aprender un cierto número de nuestras palabras y algunas de nuestras construcciones gramaticales más simples, las diferencias entre estos logros y el lenguaje humano son tan grandes que se da por hecho que más de una mutación genética media entre ambos. Cuando hablamos de sentimientos y emociones nos adentramos en terrenos más oscuros, pero en gran parte asentados en zonas del cerebro mucho más primitivas y, por tanto, compartidas en mayor o menor grado no sólo con los otros grandes simios sino con la mayoría de los mamíferos. ¿Y qué pasaría si habláramos de Religión, Arte, Filosofía, Astronomía…?

Parece por tanto más exacto y menos polémico decir que los demás grandes simios y nosotros somos “casi iguales”, pero no iguales. La Ciencia no puede decir si esa similitud es razón suficiente como para que estos parientes biológicos tengan más derechos que otros primos algo más lejanos. Esto ya depende de nuestra actitud personal.

Publicado en El Mundo. Suplemento Cultural, 28 julio 2006


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