Los costes sociales de la pornografía

Los costes sociales de la pornografía

James R. Stoner y Donna M. Hughes (ed.), Los costes sociales de la pornografía, Rialp, Madrid (2014), 317 págs., 20 € (papel) / 11,99 € (digital)

Libro que recoge las aportaciones al congreso del mismo título, que reunió a especialistas de diversas disciplinas en la Universidad de Princeton en 2008, y que fue publicado en 2013 por el Whiterspoon Institute.

Comprende diez estudios, organizados según tres apartados: Evidencias de los daños provocados; Perspectiva moral; y Dilemas del derecho y la política. Como colofón, presenta un elenco de investigaciones relevantes consultadas por los autores de los estudios, cada una resumida en sus resultados y sus referencias académicas –por lo que es un valioso material para facilitar nuevas investigaciones y utilizar en la divulgación-.

Obra realizada con profundidad académica y eficacia divulgativa, que se constituye en una herramienta directamente dirigida a orientar a mediadores familiares, matrimonios, padres, educadores, terapeutas, académicos, políticos, en el empeño por hacer frente a los graves daños personales y sociales en juego. Las diversas aportaciones, positivas tanto en su voluntad de acometer el problema como en las conclusiones alcanzadas, necesitan ser comprendidas en la óptica adoptada por cada uno de los autores para calibrar bien su alcance, y adaptarlas con aprovechamiento a las necesidades del lector. Esta obra de consulta refleja, en algunos de los estudios recogidos, casos patológicos concretos que piden un lector adulto.

Reseña en ACEPRENSA:

La normalización de la pornografía
El libro se divide en tres secciones, más un resumen bibliográfico de las investigaciones más relevantes sobre el tema. En la primera se exploran los daños provocados por una auténtica “avalancha” de pornografía, como varias veces la definen los autores. Los daños son estudiados desde un punto de vista cultural, neurológico y en su relación con las conductas violentas y las relaciones sociales.

En el primero de los ensayos, la escritora y periodista Pamela Paul explica cómo la pornografía ha abandonado el rincón oscuro y clandestino que ocupaba hasta la década de los 80, y se ha instalado en la cultura popular. No es solo que el material pornográfico esté mucho más accesible gracias a Internet, no es solo que se produzcan cada año más cintas de este tipo (con una prevalencia preocupante, además, de pornografía violenta o degradante); lo más grave, piensa Paul, es su creciente aceptación social: las jóvenes posan descaradamente en actitudes pornográficas en las redes sociales; las estrellas porno aparecen con frecuencia en las mismas revistas sensacionalistas que cantantes, actores y otras celebridades destacables.

La pornografía genera una imagen cínica del amor y una visión de la sexualidad como puro dominio sobre el otro
Parte de esta normalización de la pornografía se ha conseguido gracias a una meditada estrategia de “desmitificación” de este tipo de material, eliminando la aureola de prohibido que lo rodeaba y ofreciéndolo, en cambio, como algo “sexy” e incluso divertido. En este sentido, Paul recuerda algunas comedias recientes donde los protagonistas se apuntan alegremente a trabajar en la industria pornográfica, sin que aquello parezca interferir en absoluto en sus vidas corrientes.

Un asunto de salud pública
Jill C. Manning, terapeuta familiar que escribe un capítulo sobre la influencia de la pornografía en la mujer, recuerda cómo le llamó la atención ver a una adolescente que llevaba una camiseta en la que se podía leer: “futura estrella porno”. Aquello le hizo reflexionar: “¿Qué lleva a una joven a realizar tal anuncio? ¿Cuál es su significado? ¿A quién espera ofender o atraer? ¿Quién saca provecho de este tipo de productos? Y si se trata de una broma, ¿cómo y cuándo trabajar en la industria del sexo se hizo divertido en vez de desesperado y abusivo?”.

El ejemplo de esta chica, y de muchos otros jóvenes que Manning ha podido tratar en su consulta, le llevó a admitir que, lamentablemente, hoy en día la pornografía está muy presente en el día a día de la juventud, y es su principal fuente de educación sexual.

Teniendo en cuenta el mensaje que la pornografía envía a sus consumidores sobre la relación entre hombre y mujer, esta omnipresencia del porno supone un problema de salud pública de primer orden. Mujeres y chicas adolescentes se enfrentan a una cultura sexual moldeada por la pornografía, que influye en el modo de verse a sí mismas y en el tipo de relaciones que mantienen con los hombres.

Según su experiencia de terapeuta, Manning constata que “las adolescentes cada vez toleran más abusos emocionales, físicos y sexuales en sus citas”. La autora reflexiona con ironía sobre cómo las nuevas generaciones de jóvenes reniegan en la práctica de las ideas feministas de antaño, que reivindicaban la autodeterminación de la mujer y la liberación de un dominio patriarcal.

Problemas en la pareja
Todos los autores coinciden en señalar algunos de los problemas asociados a la pornografía, recogidos, además, por una cada vez más extensa bibliografía. La exposición reiterada a material pornográfico provoca que sus consumidores tengan interpretaciones exageradas sobre la prevalencia de la actividad sexual entre la población general; que se reduzca su deseo de lograr la exclusividad sexual con una sola pareja (por lo que pierde atractivo el ideal de casarse y formar una familia); aumenta el riesgo de desarrollar una baja autoestima, sobre todo en las mujeres; genera una imagen cínica del amor y una visión de la sexualidad como puro dominio sobre el otro.

Un dato revelador es que entre las mujeres que han consumido pornografía con asiduidad, bien directamente o por exposición en el domicilio familiar, es mucho más frecuente una actitud de indulgencia con los delitos de violación, o con el maltrato físico. La conexión entre pornografía y legitimación de la violencia es cada vez más clara para los investigadores y terapeutas.

Otra tendencia claramente documentada es la prevalencia cada vez mayor de problemas relacionados con la pornografía en los casos de divorcio. Testimonios de hombres y de mujeres confirman que ha sido perjudicial para su satisfacción sexual, sus relaciones y su capacidad de intimar con sus cónyuges.

La mayoría de las mujeres percibe como una “traición” el consumo reiterado de material pornográfico por parte de su pareja. En cambio, entre los varones, aunque la consideración negativa de la pornografía es mayoritaria, se percibe una menor asociación entre su consumo y la sensación de engañar a la pareja. Varias asociaciones de jueces han manifestado que el consumo de pornografía –casi siempre por parte del varón– es cada vez más una de las causas principales en los litigios matrimoniales.

Un educador de comportamientos
Parte del éxito de la pornografía se debe a que reúne las condiciones para convertirse en un poderoso “educador” de comportamientos y convicciones: la plasticidad de la imagen, combinada con la especial vulnerabilidad del cerebro en momentos de excitación mental, y los mecanismos de recompensa fácil que ofrece la pornografía, hacen de ella un instrumento eficacísimo para el adoctrinamiento.

Norman Doidge, psiquiatra y psicoanalista, examina cómo la pornografía se aprovecha de la plasticidad del cerebro en materia sexual, hasta formar lo que él denomina “un nuevo mapa cerebral”. Retomando algunas teorías freudianas, Doidge explica que la libido humana “no es un deseo biológico invariable, sino que manifiesta una curiosa volubilidad, alterándose con facilidad en función de nuestra psicología y nuestro historial sexual”.

La exposición a material pornográfico en la infancia, un periodo crítico para la formación de la sexualidad, es un fenómeno cada vez más frecuente, y puede generar consecuencias que duren toda la vida. Además, la conexión rápida a Internet “satisface todos y cada uno de los pre-requisitos necesarios para el cambio neuroplástico”.

Tendencia hacia lo violento
Doidge alerta del cambio que se ha producido en las últimas décadas respecto a la catalogación del material pornográfico: lo que antes era considerado “pornografía suave” ni siquiera se considera pornográfico hoy en día, y ese tipo de contenidos están omnipresentes en publicidad, videoclips o series para el público general; por su parte, lo que antes era “pornografía dura” constituye hoy la norma en este sector, mientras que el material duro actualmente manifiesta una peligrosa tendencia hacia lo violento.

Este cambio en el paradigma de la pornografía se ajusta perfectamente al que se produce en el cerebro del consumidor asiduo: al principio se siente repugnancia ante determinados contenidos, pero el acostumbramiento hace que cada vez se requiera una dosis más fuerte para lograr los mismos resultados. De ahí que una de las consecuencias típicas del consumo frecuente de pornografía es que se deja de sentir apetencia por las relaciones normales con la pareja.

No obstante, señala Doidge, los mismos mecanismos cerebrales que nos permiten adquirir gustos problemáticos pueden, mediante tratamiento intensivo, llevarnos a generar mapas cerebrales más sanos.

Un fallo antropológico de base
En la introducción del libro se explica que no es posible entender el drama de la pornografía solo centrándose en la evidencia de los daños sociales provocados; hace falta entender por qué es nociva para el hombre desde un punto de vista antropológico.

A ello se dedica la segunda parte del libro, sobre todo el capítulo de Roger Scruton, filósofo y escritor. La tesis principal de Scruton es que la pornografía aliena la sexualidad en tanto que elimina de ella su elemento fundamental: la entrega al otro, la interpersonalidad.

 

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