La falta de credibilidad de los pacientes con dolor crónico y los problemas derivados constituyen un tema de suma importancia no solo en términos de salud, sino de bioética.
Por ese motivo, el pasado mes de noviembre de 2025, en el Instituto de Humanidades de Barcelona tuvo lugar un curso titulado “El dolor” impartido por la Dra. Maria del Mar Rosàs, profesora de bioética de la Universidad Blanquerna.
El presente artículo pretende ser un breve resumen de las líneas maestras de este excelente curso.
En un espacio de tres sesiones, la Dra. Rosàs hizo un espléndido repaso por las diversas dificultades que enfrentan en su día a día los enfermos con dolor crónico, que ya constituyen más del 35% de la población occidental.
Una de ellas es la ya mencionada falta de credibilidad, que se enmarca dentro de la denominada “injusticia epistémica”. Este término fue acuñado en el año 2007 por la filósofa Miranda Fricker, y alude a la marginalización y cuestionamiento de los conocimientos, ideas o experiencias de una persona en función de su contexto socioeconómico o su sexo, raza, etc.
En el contexto sanitario, este tipo de pacientes tienen muchos problemas para comunicar su nivel de dolor de manera adecuada dada la dificultad de cuantificar el mismo de manera certera. Este hecho conduce a una incomprensión del estado del paciente por parte del médico, así como a un aislamiento no solo sanitario, sino también social. No en vano, las personas que conviven con dolor se ven abocadas a largos periodo de baja laboral, a la incomprensión de familiares y amigos, y en último término a la depresión, la pérdida de autoestima y de la percepción de sus capacidades.
Según la Dra. Mar Rosàs, esta delicada situación demanda un análisis de las causas de la injusticia epistémica en el contexto sanitario y el desarrollo de un marco epistemológico alternativo para combatirla. Para poder hacerlo, en primer lugar, es necesario aportar una definición del concepto de dolor.
Según la Real Academia Española (RAE), el dolor, en una primera acepción es “una sensación molesta y aflictiva de una parte del cuerpo por causa interior o exterior”. Como sinónimos, la RAE menciona términos, tales como, “molestia, mal, aflicción, daño, tormento, suplicio o tortura”. Esta definición pone el acento en el aspecto físico del dolor en el cuerpo humano.
Según el mecanismo, el dolor puede ser:
- Mecánico/físico: dolor nociceptivo como resultado de un daño en el tejido nervioso.
- Neuropático: dolor perceptivo, como resultado de una disfunción de nuestro aparato de interpretar el daño existente. Daño en los nervios.
- Funcional: alteración en el procesamiento del sistema nervioso. Según la duración, el dolor puede ser:
1) Agudo: en situación puntual. 2) Crónico: en un periodo de más de tres meses.
En una segunda acepción, el dolor se define como “un sentimiento de pena y congoja”. Y como sinónimos, se mencionan “el desconsuelo, la tristeza, la pena, la aflicción o el sufrimiento”. Asimismo, cabe destacar que la RAE indica como antónimos “la alegría y el gozo”.
En el entorno sanitario, el dolor crónico no solo es físico, sino que se convierte en dolor sentimental, en ese sentimiento de pena y congoja mencionada en la definición.
El motivo es que estos pacientes no reciben la misma atención y receptividad por parte de los profesionales sanitarios, que los que sufren un dolor agudo, más científicamente explicable. De hecho, los pacientes con dolor crónico se quejan amargamente de que los médicos no les hacen caso o no se los toman en serio. Como consecuencia, reciben una atención sanitaria inadecuada, que se acaba convirtiendo en una forma de injusticia epistémica por el hecho de menoscabar la credibilidad del paciente.
Cabe apuntar que la injusticia epistémica se divide en dos tipos:
- Injusticia testimonial que alude al perjuicio que se genera cuando a alguien se le otorga menos credibilidad y se le estigmatiza por su origen, raza, sexo o situación socioeconómica.
- Injusticia hermenéutica que alude a la carencia de los recursos conceptuales (palabras, categorías) para comprender o comunicar una experiencia social significativa, debido a la marginación social de su grupo. Este tipo de injusticia acaba oscureciendo y silenciando las vivencias de los colectivos afectados (por ejemplo, el acoso sexual cuando aún no estaba reconocido legalmente).
En el entorno sanitario, los enfermos con dolor crónico padecen ambos tipos de injusticia, dado que no se otorga credibilidad a su relato por el tipo de enfermedad que padecen (por ejemplo: fibromialgia, fatiga crónica, enfermedad de Crohn) (injusticia testimonial) y a la vez, los pacientes no disponen de las herramientas necesarias para poder transmitir sus propias vivencias y percepciones y los profesionales no disponen de los conocimientos suficientes de una determinada patología como para poder identificarla (injusticia hermenéutica).
El motivo es, sin duda, la dificultad de comunicar y cuantificar el dolor que padecen diariamente y que les impide poder disfrutar de una vida plena.
Este tipo de injusticias conllevan el agotamiento físico y moral del paciente, así como las denominadas “odiseas diagnósticas” en patologías poco estudiadas como la Fibromialgia, el Síndrome de Fatiga Crónica o el Síndrome de Ehlers-Danlos. En estos casos, los pacientes pueden pasar años sin diagnóstico y padeciendo la incredulidad de su entorno familiar o laboral.
Por otra parte, la creencia de que los médicos deben ser “imperturbables” para poder sobrevivir en su profesión ha generado, con frecuencia, una manifiesta falta de empatía en los mismos, que acaba afectando directamente a este tipo de pacientes crónicos que padecen patologías con menos evidencias visibles, pero no menos incapacitantes.
La realidad es que en la sociedad actual existen enfermedades con una mayor “legitimidad” para experimentar y relatar el dolor como, por ejemplo, el cáncer. Un diagnóstico de este tipo da permiso al enfermo y abre las puertas a expresar el dolor sin ambages, a recibir el reconocimiento y la empatía de los demás y a no sufrir injusticia epistémica de ningún tipo. Sin embargo, otro tipo de patologías con menor reconocimiento siguen considerándose desde el escepticismo y la incomprensión, lo que conlleva un manifiesto dolor moral.
Es cierto que en cualquier hospital se les pregunta a los pacientes que valoren su nivel de dolor del 1 al 10. Sin embargo, pese a que pueda existir esta cuantificación numérica, la experiencia del dolor sigue siendo personal e intransferible.
Los intentos científicos de cuantificar el dolor mediante pruebas médicas no han servido para amortiguar los efectos de la injusticia epistémica en determinados grupos de pacientes a los que se les ha privado de credibilidad. No todas las enfermedades pueden diagnosticarse de manera fácil o rápida o con evidencias científicas. De hecho, el dolor es extralingüístico, es decir, supera los límites del lenguaje y se convierte en un concepto casi incomunicable por ser tan profundamente personal.
Las personas que viven con dolor tienen una experiencia que es en gran medida incomprensible para su entorno. Cuando cualquier actividad, por insignificante que parezca (atarse un zapato, vestirse, peinarse, ducharse), se transforma en una tarea titánica, la vida se convierte en una herida de difícil curar.
En el curso, la Dra. Rosàs también se refirió en este sentido al concepto de “catastrofización del dolor” que acompaña a los pacientes crónicos y que alude a la tendencia a afrontar de manera negativa y exagerada la experiencia del dolor con consecuencias como:
- El aumento de las bajas laborales.
- Las ideaciones suicidas.
- Un mayor consumo de analgésicos.
- Una disminución de las actividades diarias.
Por otra parte, las consecuencias de la injusticia epistémica en los pacientes con dolor crónico también son reseñables:
- Consecuencias médicas.
- Falta de diagnóstico.
- Falta de un tratamiento adecuado.
- Carencia de analgésicos para tratar el dolor.
2. Consecuencias psicológicas:
- La falta de un diagnóstico conlleva problemas de salud mental (depresión), ya que parece que todo está en la imaginación del paciente.
- La injusticia epistémica que lleva aparejada la falta de credibilidad conlleva una pérdida de confianza y de autoestima del paciente (aislamiento social).
- El sentimiento de culpabilidad por no poder llevar una vida normal y por la carga que puede suponer para familiares y amigos.
- La incapacidad para poder desarrollar un papel real de “enfermo”, ya que parece que no tienen permiso para serlo.
- Las odiseas diagnósticas, el estrés postraumático, el uso de medicina alternativa o el aumento del dolor crónico.
3. Consecuencias económicas:
- La denegación de bajas laborales precisamente por la falta decredibilidad.
- La denegación de incapacidades permanentes por el mismo motivo.
En resumen, el dolor en su sentido más primigenio tiene una dimensión física (sufrimiento), social (actividades laborales, sociales), lingüística (dificultad de comunicar) y existencial/simbólica (ruptura biográfica).
La narrativa de los enfermos crónicos siempre incide en el gran cambio que ha supuesto en sus vidas el inicio de la enfermedad, en la vergüenza, en la frustración por sus limitaciones e incluso en la evitación social que ha acompañado el diagnóstico o la falta del mismo.
El cambio de marco epistemológico que se propone en el curso incluye, por un lado, el uso de conceptos alternativos mucho más positivos, tales como, la humildad epistémica de la propia Miranda Fricker que significa precisamente asumir que la biomedicina “no lo sabe todo”, que existen lagunas de conocimiento y enfermedades de difícil diagnóstico. Y el concepto de justicia hermenéutica que implica escuchar activamente al paciente, sin prejuicios y sin actitudes científicas prepotentes, teniendo en cuenta la narrativa de vida y la experiencia del dolor.
La bioética trata, en efecto, de la ética de la vida. El ser humano doliente es un tema bioético primordial, que debe ser atendido desde la escucha activa, la empatía y la comprensión de la narrativa del paciente.
Para Diego Gracias, estamos ligados a hacernos, a construir nuestra vida con proyectos que todavía no son pero que pueden ser. La ética exige precisamente que esos proyectos puedan llegar a ser se realicen según unos valores morales aceptables. La injusticia epistémica en el entorno sanitarios no sería uno de ellos y está en manos de la ética aportar un camino alternativo de justicia, solidaridad y empatía para los pacientes con dolor crónico.
Publicada por Sonia Jimeno | 09 de enero de 2026 | Dolor crónico






