La Diputación de Barcelona ha organizado el primer Congreso sobre Edadismo bajo el título “Hacia unos municipios no edadistas” que se está celebrando estos días en la ciudad condal.
Los temas centrales de este encuentro pionero son los siguientes:
– Estereotipos;
– Prejuicios; y
– Discriminación contra otras personas o autoinfligido por motivos de edad,
– Desigualdad en función del origine n social o cultural y el género.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) definió ya en el año 2001 el edadismo como “aquellos estereotipos, prejuicios y discriminación contra las personas por razón de su edad. Se manifiesta en el pensamiento (estereotipos), el sentimiento (prejuicios) y la acción (discriminación), afectando a personas de todas las edades, aunque afecta desproporcionadamente a las personas mayores y a los jóvenes”.
Si bien es cierto que el edadismo es un tipo de maltrato que afecta a todos los tramos de edad, la realidad es que resulta más común entre las personas mayores.
Las consecuencias del edadismo en muchos casos están íntimamente vinculadas con el aislamiento social y la soledad no deseada, el malestar emocional (depresión), la limitación de oportunidades vitales e incluso el maltrato. No en vano, ya se tiene constancia de que el maltrato a ancianos tanto en sus hogares como en residencias es una amarga realidad.
Según datos de Cruz Roja, el maltrato a personas mayores es una realidad invisible que afecta principalmente a mujeres. De hecho, en el año 2024 atendieron a más de 2000 personas en situación de maltrato, de las cuales el 85% era mujeres. Entre los tipos de maltrato, se encuentra no solo el físico, sino el psicológico derivado del abandono, el abuso económico e incluso la negligencia.
Estos datos dan fe de la necesidad de visibilizar y analizar los efectos del edadismo que son cada vez más graves, como lo demuestra el reciente caso de Valencia, en el que se ha descubierto el cadáver de un hombre que llevaba fallecido más de 15 años sin que nadie de su entorno se hubiera percatado. El hallazgo de este cadáver en su propio domicilio a causa de las lluvias pone de manifiesto la deshumanización y el aislamiento social, en el que viven, o mejor dicho malviven, muchos ancianos sin contacto de familiares o amigos.
Otro caso reciente es el fallecimiento en soledad del actor Gene Hackman, aquejado de una grave demencia, que murió de una manera terrible en su casa tras el fallecimiento de su esposa y cuidadora. Según la autopsia, Hackman pasó varios días solo sin conciencia del fallecimiento de su esposa y sin ingerir alimentos. Tras su fallecimiento, sus hijos se han enzarzado en una batalla legal por su herencia.
La cruda realidad es que muchos ancianos viven solos y reciben escasas visitas de familiares y amigos. Sus propios problemas de salud los llevan a aislarse en un entorno, cuyos límites se van estrechando cada vez más y las cuatro paredes de sus casas se convierten en su única compañía.
Por desgracia, ya no es tan extraño escuchar noticias como las de Valencia o de Gene Hackman. En una sociedad deshumanizada, en la que los contactos sociales son más propicios en las redes sociales que en persona, la muerte en soledad y el edadismo parecen ser los grandes protagonistas de la sociedad real, la de carne y hueso.
El Congreso que se celebra estos días en Barcelona es más que necesario para intentar poner palabras a una realidad que, en muchos casos, se nos escapa y se invisibiliza.
De hecho, este tipo de maltrato se puso claramente de manifiesto durante la pandemia del COVID19 cuando los triajes de ingreso hospitalario incluyeron como parámetro esencial la edad y la utilidad social. Este tipo de utilitarismo sanitario supuso un claro efecto de discriminación por edadismo y un maltrato global hacia las personas mayores, que acabaron siendo el colectivo más afectado. Durante la pandemia, la categorización por edad dentro del entorno sanitario no solo fue negativa e injusta, sino que tuvo un gran impacto psicológico para todas aquellas personas que se sintieron abandonadas a su suerte y que incluso se vieron obligadas a morir en soledad sin la compañía de sus familiares.
Este trance también fue especialmente duro para los familiares que no tuvieron ocasión de despedirse de sus seres queridos ni de poder darles ni siquiera sepultura. Los duelos en soledad durante la pandemia también han conllevado graves problemas psicológicos en forma de depresión en muchos dolientes que todavía no se han recuperado del duro golpe.
La realidad es que el edadismo es una forma de maltrato que también está íntimamente relacionado con otro tipo de discriminaciones no menos graves como son la injusticia epistémica y la bioprecariedad digital.
La injusticia epistémica es un término acuñado por Miranda Fricker en el año 2017 y alude a la marginalización y el cuestionamiento de los conocimientos, ideas o experiencias de las personas en función de su contexto socioeconómico. En el entorno sanitario, este fenómeno se convierte en los prejuicios que se perciben en el trato a las personas mayores, a las cuales en ocasiones se infantiliza o incluso se cuestiona al relatar su estado de salud y los malestares que padecen.
La percepción de los ancianos como personas “de menor valor” es un hecho habitual en esta sociedad 2.0. Por ello, las actitudes discriminatorias en función de la edad en el entorno sanitario son por desgracia más comunes de lo deseable. Virtudes como la empatía, la toma de decisiones compartida y la escucha activa en los consultorios pueden ser un revulsivo para este tipo de discriminación.
Por otra parte, la emergencia de la salud digital también ha aumentado el nivel de vulnerabilidad de los ancianos que no disponen de un fácil acceso a internet debido a la brecha digital. En este escenario, aparece un problema asociado que es la Bioprecariedad digital entendida como la falta de acceso a internet y la falta de conocimientos sobre las herramientas digitales por problemas económicos, sociales, sanitarios o por supuesto, de edad. El uso de plataformas virtuales para acceder a la
programación de visitas médicas, medicación o incluso informes en la sanidad pública y privada dificulta en gran medida el acceso a la sanidad por parte de los ancianos. Es un problema que se hace extensivo también a otro tipo de servicios como los bancos o la administración pública, pero en el caso de la salud es especialmente grave.
En suma, es posible afirmar que el edadismo es un problema con muchas aristas que es necesario no solo analizar en congresos, sino abordar desde los servicios públicos. El edadismo debe ser un tema de la agenda pública y local para poder ofrecer iniciativas que palíen los efectos de la soledad no deseada y la discriminación. Para ello, sería más que necesario fomentar una cultura que esté menos centrada en la información y el contacto virtual, y más enfocada a fomentar la empatía y el contacto social.
La invisibilización de todas las virtudes, experiencias y conocimientos de los ancianos se ha convertido en un problema real que afecta a miles de personas. Sin duda, la visibilización de este colectivo y su interacción con las nuevas generaciones podría resultar muy beneficiosa y enriquecedora. Cabe esperar que en el futuro esta interacción intergeneracional no sea solo una sugerencia, sino una realidad que sirva para para amortiguar los efectos del edadismo en la sociedad actual. Desde la bioética, es necesario también analizar este tipo de discriminación y aportar una reflexión ética que acompañe a las posibles medidas públicas.
Publicada por Sonia Jimeno | 19 de octubre de 2025 | Edadismo






