Es casi universal expresar los efectos preventivos o perniciosos para la salud de una conducta o de un medicamento como porcentaje de variación entre la situación de partida y la que considera ese factor añadido.
Esta cifra de variación relativa, aislada, no permite hacerse cargo de la relevancia de dicho cambio, que puede ser cuantitativamente exiguo. En la difusión de las ciencias de la salud, y especialmente en el diálogo con el paciente, base de todo consejo preventivo o terapéutico, apoyarse en o emplear sólo dicha cifra relativa es desorientador.
Al hablar con el enfermo, éste debe poder hacerse cargo de los beneficios esperados o de los riesgos que corre, sin referencia porcentual a otra situación, es decir, de las ventajas o peligros absolutos, de modo que se pueda tomar una decisión conjunta bien fundamentada.
En este diálogo deben aparecer, con las debidas medidas de prudencia, cuestiones relativas al “estilo de vida” del paciente: su omisión sólo puede impedir posibles beneficios al paciente.
Publicada en Cuadernos de Bioética por Antonio Pardo Caballos
Cuadernos de Bioética. 2025; 36(116): 29-46
DOI: 10.30444/CB.183






