Homosexualidad, en El Mito del Gen (R. Hubbard y E. Wald)

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keywords: homosexualidad, gen homosexual, gay, diferencia sexual Ruth Hubbard y Elijah Wald, El mito del gen, Madrid 1997 Dentro del amplí­o espectro de posibles comportamientos humanos, las sociedades seleccionan aquellos que aprueban o el otros que aceptan o toleran y otros que no les gustan, conde hasta persiguen. Estas elecciones son parte …


 

keywords: homosexualidad, gen homosexual, gay, diferencia sexual


 

 

Ruth Hubbard y Elijah Wald, El mito del gen, Madrid 1997

 

Dentro del amplí­o espectro de posibles comportamientos humanos, las sociedades seleccionan aquellos que aprueban o el otros que aceptan o toleran y otros que no les gustan, conde hasta persiguen. Estas elecciones son parte de la malla que mantiene unida a cada sociedad.

Cada uno de nosotros tiene un amplio espectro de sentimientos eróticos. La sociedad define algunos de éstos como sexo regula el grado y el modo en que nos es permitido expresarlos. Los comportamientos homosexuales probablemente hayan existido en todas las sociedades, pero nuestra percepción actual de la homosexualidad tiene sus raí­ces a finales del siglo XIX, cuando la gente empezó a considerar que ciertos comportamientos sexuales eran la caracterí­stica que identificaba a aquellos que los practicaban. La homosexualidad dejó de ser cómo se comportaba la gente y pasó a ser lo que la gente era. Como escribe Michel Foucauld en su libro History of Sexuality, hasta entonces «los sodomitas habí­an sido una aberración temporal, pero el homosexual era ahora una especie».

Esta forma de categorizar a las personas oscureció el hecho aceptado hasta la fecha de que muchas personas no tienen relaciones sexuales exclusivamente con uno u otro sexo. Mientras se entendí­a que las categorí­as algunas veces podí­an ser difusas, reformistas de la conducta sexual durante el cambio de siglo, como Havelock Ellis y Edward Carpenter, consideraron a los homosexuales como personas biológicamente diferentes de los heterosexuales. Los homosexuales, o sexualmente «invertidos», fueron considerados como una categorí­a diferente de la de los heterosexuales que participaban en actos homosexuales. Como dice Jeffrey Weeks en su historia sobre la polí­tica homosexual en Gran Bretaña: «Tanto los “invertidos” como los “pervertidos” hicieron las mismas cosas en la cama […], y la distinción se basa en juicios puramente arbitrarios, tales como si la homosexualidad es hereditaria o adquirida». Los reformistas creí­an que los «invertidos» no debí­an ser castigados por sus actos porque su orientación sexual era biológica y no una elección propia.

Muchos investigadores modernos siguen creyendo que la preferencia sexual tiene una cierta determinación biológica. Ellos basan esta creencia en el hecho de que no hay ninguna explicación ambiental que pueda determinar el desarrollo de la homosexualidad; pero esto no tiene sentido. La sexualidad humana es compleja y se ve afectada por muchos factores. El hecho de que no encuentren una explicación ambiental clara no es sorprendente y no significa que la respuesta esté en la biologí­a.

Sin embargo, mucha gente cree que la homosexualidad tendrí­a mejor aceptación si se demostrara que es de nacimiento. Randy Shilts, un periodista gay, dice que una explicación biológica «reducirí­a ser gay a algo como ser zurdo, que de hecho es todo lo que es». Este argumento no es muy convincente. Hasta hace muy poco se forzaba a los zurdos a cambiar y eran castigados si continuaban favoreciendo su mano «mala». Una base biológica no detiene la intolerancia, más bien todo lo contrario. Afroamericanos, judí­os, personas con discapacidades y también homose30 han sido acusados de portar «defectos» biológicos, llegándose incluso al intento de exterminación de algunos de ellos para prae la expansión de «contaminación» biológica.

La cuestión del origen de la homosexualidad tendrí­a poco interés si no se tratara de un comportamiento estigmatizado. De hecho, no hacemos preguntas comparativas sobre preferencias sexuales «normales», como ciertos tipos fí­sicos o actos sexuales especí­ficos que son comunes entre los heterosexuales. Todaví­a hay muchas personas gays que acogen con satisfacción las explicaciones biológicas, y, en los últimos años, la mayorí­a de las investigaciones que buscan componentes biológicos en la homosexualidad han sido llevadas a cabo por investigadores gays.

En 1991 se publicaron dos trabajos de investigación que sugerí­an la existencia de un componente biológico mayoritario en la homosexualidad masculina. Ambos fueron tema de muchos reportajes en la prensa, incluso portada en el Newsweek. En sus artí­culos cientí­ficos ambos autores fueron muy cuidadosos en no hacer afirmaciones sobre una base genética de sus hallazgos; sin embargo, en entrevistas personales decí­an creer en dicha base y sugerí­an que sus estudios proporcionaban la prueba de su existencia. En al mc algunos casos también extrapolaron sus resultados a lesbianas,: que no habí­an incluido a ninguna en su investigación.

En el primer artí­culo, Simon LeVay, investigador del Salk Institute for Biological Studies en San Diego, afirma que un área hipotálamo (región en la base del cerebro) es de menor tamaño hombres homosexuales y en mujeres heterosexuales que en hombres heterosexuales, y que esa disminución en el tamaño está asociada a la preferencia por hombres como patrones sexuales. Esta asociación presume una similitud del tamaño de dicha área en hombres heterosexuales y en lesbianas, pero LeVay no estudió esa parte a la hora de formular su hipótesis.

Dicha omisión fue sólo uno de los defectos del trabajo de LeVay. Todos los tejidos cerebrales que estudió procedí­an de cadáveres, de modo que no habí­a forma de determinar la clase o el grado de orientación sexual de los hombres. El estudio sólo incluí­a a 19 hombres «homosexuales» (entre ellos un «bisexual»), 16 hombres «presuntos heterosexuales» y seis mujeres «presuntamente heterosexuales». Todos los hombres homosexuales habí­an muerto de sida, lo que podrí­a haber afectado a su tejido cerebral. (LeVay incluyó en su estudio a seis hombres heterosexuales que habí­an muerto de sida para responder a esta crí­tica. Este cambio redujo la diferencia entre hombres «homosexuales» y «heterosexuales».) Aunque el tamaño promedio del núcleo hipotalámico que LeVay consideró significativo era realmente más pequeño en los hombres que él identificó como homosexuales, los datos que publicó muestran que el intervalo de tamaños que cubrí­an las muestras individuales era básicamente el mismo que el de los hombres heterosexuales; es decir, el área era mayor en algunos de los hombres homosexuales que en muchos de los heterosexuales y era más pequeña en algunos de los hombres heterosexuales que en muchos de los homosexuales. Esto significa que, aunque los grupos muestran alguna diferencia como grupos, no hay ninguna manera de definir la orientación sexual de un individuo midiendo su hipotálamo.

El segundo estudio trataba de determinar hasta qué punto la homosexualidad es hereditaria mediante el análisis de un grupo de hombres homosexuales (incluyendo a algunos bisexuales) y sus hermanos. Michael Bailey y Richard Pillard, investigadores de la Northwestern University y de la facultad de medicina de la Universidad de Boston respectivamente, estudiaron 56 pares de gemelos, 54 pares de mellizos, 142 hermanos no gemelos ni mellizos y 57 pares de hermanos adoptados, y descubrieron que el porcentaje de homosexualidad entre hermanos adoptados o no gemelos en de un 10 por ciento, porcentaje correspondiente al de la población general. El porcentaje para hermanos mellizos era de un 22 por ciento, y para hermanos gemelos, del 52 por ciento.

El hecho de que la probabilidad de que dos hermanos mellizos sean gays sea el doble que la probabilidad de que lo sean dos hermanos biológicos no mellizos indica que hay implicados factores ambientales, ya que los mellizos no son biológicamente más similares entre sí­ que otros hermanos biológicos. Si ser hermanos mellizos ejerce una influencia ambiental mutua, no nos debe sorprender que esto sea incluso más cierto en el caso de hermanos gemelos, a los que el mundo considera «el mismo», y trata en consecuencia, y que a menudo comparten ese sentimiento de igualdad.

Otro factor ambiental, la homofobia, debe haber tenido un efecto aún más drástico en los resultados de este estudio. Bailey y Pillard no estudiaron una simple muestra aleatoria de homosexuales. Los gays y bisexuales se «reclutaron a través de anuncios que se publicaron en revistas gay en varias ciudades del medio oeste y el suroeste» [de EE.UU.], de modo que todos los que respondieron leen revistas gay y contestaron a anuncios que preguntaban por sus hermanos. Aunque el anuncio pedí­a un hombre gay «independientemente de la orientación sexual de su(s) hermano(s)», podrí­a ser que hombres con hermanos gays fueran más propensos a participar en este tipo de estudios que hombres con hermanos no gays, especialmente si los hermanos eran homofóbicos o la familia no sabí­a su condición de homosexual. Como mucha gente cree que la homosexualidad es genética, un hombre no homosexual con un hermano gemelo homosexual debe sentir que su inclinación sexual «está en entredicho» y encontrarí­a el tema amenazador. Por el contrario, cuando los dos gemelos son gays, éstos encontrarí­an el tema interesante y estarí­an deseosos de participar en el estudio.

A pesar de estos fallos y de que los autores reconocen algunos de ellos en su artí­culo, Scí­ence News los cita diciendo: «Nuestra investigación demuestra que la orientación sexual masculina es sustancialmente genética». Esto no significa que Bailey y Pillard, o LeVay, tuvieran ninguna intención de engañar. Su investigación es concienzuda, sus métodos están descritos con detalle y los auto res tienen cuidado de no hacer afirmaciones extravagantes en artí­culo. Su evaluación de su trabajo sólo se ve traicionada por disposición a creer resultados que encajan en sus preconcepciones. Realmente, disposición serí­a una palabra demasiado sutil. Newsweek cita a LeVay diciendo: «Si no hubiera encontrado ninguna [diferencia en el hipotálamo], habrí­a dejado toda mi carrera cientí­fica». Bailey y Pillard son menos extremistas y se abstuvieron de mencionar posibles fallos, admitiendo que sus resultados no s del todo concluyentes; no obstante, su trabajo y el de LeVay refuerzan entre sí­. Un artí­culo en Science titulado «Estudio de gemelos asocia la homosexualidad a genes» cita a Bailey diciendo: «Nuestra hipótesis de trabajo es que estos genes [de la homosexualidad] afectan a la parte del cerebro que él [LeVay] estudió».

Más recientemente Bailey y Pillard han escrito que, emplean los mismos métodos de investigación, han obtenido los mismos resultados en un estudio preliminar de gemelas y hermanas adoptivas de lesbianas. También, unos investigadores de la Universidad de California en Los íngeles afirman haber encontrado otra asociación entre estructura cerebral y orientación sexual. En es último caso los investigadores adscriben las diferencias a influencias hormonales que tuvieron en el útero de la madre y no a genes; pero el estudio presenta muchos de los problemas metodológicos del trabajo de LeVay.

Dada la publicidad que se ha dado a estos estudios, indudablemente se harán muchos más sobre este tema. Los biólogos moleculares están pidiendo participantes que pertenecen a familias extensas con «al menos tres miembros gays o lesbianas» con la intención de encontrar secuencias de ADN que puedan asociar a la homosexualidad. Debido a las complejidades intrí­nsecas a este tipo de estudios de asociaciones y al pequeño tamaño de las muestras, dichos estudios están condenados a ofrecer multitud de correlaciones que no son significativas pero que serán posteriormente comunicadas como evidencias de la transmisión genética de la homosexualidad.

 

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