La obsolescencia de las profesiones humanas

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La entrada en escena de ChatGPT el 30 de noviembre de 2022, un chatbot creado por la empresa estadounidense OpenAI supuso un hito en el desarrollo de la denominada inteligencia artificial generativa (IAG). En particular, se trata de un modelo de lenguaje que se especializa en el diálogo con técnicas de aprendizaje a base de entrenamiento.

La omnipresencia de ChatGPT desde ese momento ha sido tan laureada como cuestionada. Desde un punto de vista ético, sin duda, plantea cuestiones profundas enraizadas en la antropología humana, en la creación de vínculos personales con las máquinas, en la seguridad de los datos e incluso en su interferencia con la creatividad humana por el uso de textos con protección de derechos de autor para su entrenamiento.

En primer lugar, este tipo de IA que puede simular conversaciones humanas y parece ser tan próxima a la propia inteligencia humana obliga a reconsidera el estatus humano, así como la concepción antropológica del ser humano. Asimismo, los bots como ChatGPT de OpenAI, entre otros muchos (Copilot de Microsoft, Gemini de Google, etc.) ya se han convertido en una herramienta de uso cotidiano para la búsqueda de datos, la consulta sobre dudas e incluso la conversación habitual sobre cuestiones personales (salud, amor, rupturas, duelo, e incluso pensamientos suicidas).

La soledad, sobre todo la no deseada, está en el origen del uso de estos productos como aparatos conversaciones, lo cual ha generado un mercado muy atractivo para la IA generativa. De hecho, estos bots ya acompañan a miles de personas en su día a día. Esto indica que la soledad, de hecho, ya se puede considerar una enfermedad en el siglo XXI dadas sus repercusiones directas en la salud física y mental de las personas. No en vano, el presidente de Meta, Mark Zuckerberg, ya habla abiertamente de que la gente tiene pocos amigos y de que existe una gran demanda de relaciones. Su solución consiste en “fabricar amigos” en forma de chats personalizados, sin duda, un gran negocio desde la creación de la red social Facebook.

La línea que separa una conversación humana de una conversación con una máquina parecía ser clara, hasta que casos recientes han puesto de manifiesto que, de hecho, no es así. El suicidio de un adolescente en Estados Unidos en 2024, así como la reciente acusación a ChatGPT por impulsar siete suicidios con sus conversaciones, son prueba de la delgada línea que separa la realidad de la ficción. En uno de esos casos, el chatbot incluso felicitó a un joven por su nota de suicidio.

Según los datos, se producen más de un millón de conversaciones sobre suicidios cada semana en el ChatGPT entre jóvenes de 16 a 23 años en situación de vulnerabilidad. Toda esta serie de problemas asociados con la irrupción de la IA generativa también tienen una deriva laboral sumamente grave. Si bien es cierto que las máquinas han acompañado al ser humano en las anteriores revoluciones industriales, en esta Cuarta Revolución Industrial amenazan con arrebatar lo más propiamente humano: la creatividad, la afectividad y los vínculos personales.

Actualmente, miles de profesiones se ven seriamente amenazadas por la eficacia de los productos de IA. Sin ir más lejos, uno de los sectores más castigados es el de la traducción, una de las profesiones más antiguadas y necesarias para la transmisión de la cultura. La maravilla arqueológica de la denominada Piedra Rosetta, que contiene un decreto sacerdotal sobre el faraón Ptolomeo V, inscrito en tres escrituras: jeroglífica, demótica y griega reliquia. Se trata de una reliquia ancestral que se puede contemplar en el Bristish Museum de Londres y que constituye una buena muestra de la importancia de la traducción en la historia de la humanidad.

Fuente: Wikipedia

No obstante, actualmente, muchos traductores ya han tenido que abandonar la profesión por la presión de las traducciones automáticas, cada vez más cercanas a las humanas, pero carentes de alma. De hecho, muchas empresas ya han prescindido de la colaboración con traductores humanos y los han sustituido por motores de traducción automática, según ellos más rápidos y eficientes.

Por otra parte, los traductores que siguen en activo se ven obligados a realizar su trabajo con tarifas mucho más reducidas y a revisar, cada vez con mayor frecuencia, traducciones automáticas. Ciertamente, estos motores pueden servir para traducir más palabras al día y ser más eficaces en un mercado cada vez más exigente, pero, por otra parte, también exigen el desarrollo de nuevas capacidades para detectar errores que ya no son humanos y precarizan el sector con tarifas muy bajas.

Las máquinas no entienden contextos, matices, sutilezas y diferencias culturales. Afortunadamente, esa capacidad sigue siendo exclusivamente humana y pertenece al campo de la creatividad y de la hermenéutica, es decir la compresión e interpretación profunda de los textos. Sin embargo, el uso de la IA en gran variedad de profesiones es ya un hecho incontestable. Así lo confirma un estudio realizado por Microsoft en el que se indican las profesiones con mayor riesgo de obsolescencia y automatización.

Abre el ranking la ya mencionada traducción e interpretación (motores de traducción automática generales y personalizados), seguida muy de cerca por escritores, historiadores, correctores y revisores de texto, matemáticos, entre otras profesiones. Pero también cabe destacar el impacto de la automatización en labores como las del periodismo, la abogacía (uso de algoritmos legales y plataformas de análisis documental), la atención al cliente (call centers) o incluso en el sector sanitario, caso este en concreto que demanda una reflexión
ética de calado por su impacto en la salud pública.

Las profesiones más afectadas por la IA

Fuente: National Geographic

Por el contrario, las profesiones menos afectadas serán las que requieren un trabajo físico como fabricantes, pintores, carpinteros u ordenanzas.

La realidad es que gran cantidad de personas son y serán consideradas “productos obsoletos” por la pujanza de la eficacia de las máquinas en sus profesiones. Todo ello, causará problemas económicos, sociales, mentales y por supuesto, sanitarios. El duelo por la desaparición de profesiones anteriormente esenciales que configuraban la identidad humana, la creación de afectos irreales con chatbots sin alma, la toma de decisiones algorítmicas en el sector sanitario o la infracción de derechos de autor son algunas de las cuestiones que van aparejadas a la emergencia de la IA y que requieren una mirada ética urgente.

En el sector de los derechos de autor, la asociación española CEDRO advierte de las graves implicaciones éticas del entrenamiento de la IA generativa con textos de autoría, pero a cuyos autores no se remunera debidamente.

En este sentido, cabe destacar la reciente sentencia de la Audiencia de Múnich contra ChatGPT por el uso no autorizado de letras de canciones para entrenar sus sistemas de inteligencia artificial que abre un hilo de esperanza para el futuro de los autores.

La bioética debe estar presente en esta Cuarta Revolución Industrial con propuestas concretas y un análisis necesario sobre el impacto ético de la IA en la sociedad actual.

En la sanidad, el uso de la IA puede deshumanizar todavía más si cabe la atención sanitaria, ya exenta de los recursos necesarios para operar con eficacia, pero también exenta en muchos casos de cualidades tan humanas como la empatía, la compasión y el respeto por la dignidad humana.

Ciertamente, ante la imparable emergencia de la IA, la Unión Europea publicó el pasado años unas “Directrices éticas para una IA fiable“ que afirman que la IA debe ser:

  1. Legal: debe respetar todas las disposiciones legales y reglamentarias
    aplicables.
  2. Ética: debe respetar los principios y valores éticos.
  3. Robusta: desde una perspectiva técnica, teniendo cuenta su entornosocial.

Y por supuesto, todos sus productos deben estar bajo supervisión humana para garantizar un uso adecuado, de lo contrario las consecuencias pueden ser insospechadas.

El título de este artículo plantea una tesis que parece real, pero que a la vez resulta engañosa. La obsolescencia de las profesiones humanas que ahora mismo están en riesgo no es tan evidente como algunos preconizan con demasiado optimismo y ligereza.

El ser humano no es, en ningún caso, un algoritmo obsoleto tal como afirma Yuval Noah Harari.

El dataísmo propio de la sociedad digital parece reducirlo todo a Big Data, a información cuantitativa que sirve para entrenar y perfeccionar la IA. Sin embargo, parece olvidarse que el principal proveedor de datos cuantitativos y cualitativos es el ser humano creador, genial, único e irrepetible. Sin su concurso y autoría la emergencia de la inteligencia artificial simplemente sería imposible.

Sin duda, la obsolescencia de algunas profesiones de departamentos tan propiamente humanos como la creatividad no puede ser afirmada sin ambages. Por otra parte, el uso e incluso abuso de la IA en entornos tan delicados como el sanitario debe ser regulado debidamente para evitar que las decisiones algorítmicas sustituyan a las decisiones humanas, en particular en casos de vulnerabilidad. En este escenario, la bioética debe fomentar un espacio de reflexión ética que permita poner límites al progreso sin límite de la ciencia.

 

Publicada por Sonia Jimeno | 20 de noviembre de 2025 | La obsolescencia de las profesiones humanas

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