La Verdad y los Valores en la Sociedad Plural (Dr. J.L. del Barco)

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En estos últimos años se ha escrito demasiado de la posmodernidad. Su querencia a un pensamiento de cáscara y superficie, a ese pensamiento débil reacio a entrar en honduras, ha sido vituperada por muchí­simos filósofos. Con temple de aventureros invulnerables al riesgo, buen número de estudiosos le han afeado su …

En estos últimos años se ha escrito demasiado de la posmodernidad. Su querencia a un pensamiento de cáscara y superficie, a ese pensamiento débil reacio a entrar en honduras, ha sido vituperada por muchí­simos filósofos. Con temple de aventureros invulnerables al riesgo, buen número de estudiosos le han afeado su afán, propio de tiempos de ocaso, no de tiempos que inauguran los azares de un milenio, por arrojar la toalla y no atreverse a seguir ascendiendo hasta esa cima como contienda que reta donde habita la verdad con el bien y la belleza. Pero el blanco adonde apunta la censura de los crí­ticos es al chocante prurito de la posmodernidad de declarar el declive y acabamiento de todo. “Y después de mí­ la nada”, podrí­a ser el epitafio, un epitafio que cierra la amplia puerta del futuro, escrito sobre la tumba del último posmoderno, pues, proclamando el final de la historia, el cristianismo, los grandes meta-relatos, los principios, los valores -e, incluso, el final de Dios-, manifiesta el desconsuelo de las conciencias de ruina que dan carpetazo a todo y que todo lo clausuran. Sin duda son atinadas las censuras de los crí­ticos al prurito posmoderno de dar cerrojazo a todo, lo cual se podrí­a llamar vana maní­a “postí­stica”, pero lamentablemente sólo alcanzan a los sí­ntomas. La causa del desencanto de la posmodernidad, un desencanto de reo que no puede ver la aurora porque la tapa el patí­bulo, es la desconfianza en la verdad. Otros recelos podrí­an mirarse con frialdad, como contempla un poeta abismado en la belleza los laureles de la fama, pero no el de la verdad, pues desconfiar de ella es ablandar los cimientos que sostienen la existencia. Cuando la verdad se oculta, o su luz desaparece del horizonte vital, o se renuncia a buscarla por creer que el hombre es incapaz de descubrirla, o se desconfí­a de ella por considerarla inútil en el mundo de la técnica, la vida se queda ciega y extraví­a los criterios para tomar decisiones y encarrilarse a sí­ misma. Como nave a la deriva, flotando en las crespas aguas a merced del oleaje, los vientos y la corriente, es la vida desprovista del ancla de la verdad: superficial, sin sentido, sin anclaje en las honduras. Grandes tareas aguardan, como ignotos continentes dar la bienvenida a alguien, al hombre de fin de siglo a punto de inaugurar un inquietante milenio, pero ninguna tan grande como la de recobrar la confianza en la verdad.

 ¿Y por qué hay que rescatar la verdad de su ostracismo? ¿No es tiempo de abandonar su inutilidad espléndida? ¿Por qué seguir cortejando a una amante desdeñosa, que exige vela y silencio, cuando es más fácil lo práctico? ¿No serí­a más sensato desecharla de una vez y consagrarse a lo frí­volo? ¿Cuándo vamos a cambiar el amor a la verdad por el apego a lo útil? El posmodernismo invita al acto de madurez (de madurez revenida como licor que se agria) de dejarse de quereres y darse a lo positivo.

No es conveniente aceptar la invitación posmoderna. Realmente no es posible, pues exige derrumbar un pedestal de la vida sin cuyo apoyo se hunde, como una orquí­dea sin tallo pudriéndose entre las hojas, en el fanatismo ciego del capricho, la pasión, la veleidad, o las ganas: esos verdes timoneles sin veteraní­a de mares que no auscultan en los vientos la furia del oleaje. Que esa base de la vida, sobre la que ésta se yergue con aires de lozaní­a y sin la que amarillea como olmos en otoño, es la sumisa verdad (sumisa porque no obliga a aceptar su don de luz), se ve cuando se repara en la condición del hombre como “ser que verdadera”. La verdad, no la lengua, es la sangre del espí­ritu, pues la palabra no cumple su cometido de unión (o de comunicación) si no es palabra veraz o no se atiene a la ley de la veracidad. La palabra sin verdad envilece su función de acercamiento de almas, y no es el bien peligroso poetizado por Hí¶lderlin, sino misión traicionada y un emisario traidor. En pocas cosas ha puesto el hombre tan grande empeño como en buscar la verdad, y casi ninguna odia tanto como la mentira. ¿Cómo explicar este hecho si la verdad fuera algo secundario para el hombre? ¿Se ama lo baladí­ y se aborrece lo grande? Igual que buscar el humo, no el rescoldo de las brasas, para una noche de frí­o, serí­a anhelar la verdad si ésta fuera una minucia sin valor en la existencia.

Numerosí­simos hechos manifiestan como un coro de delatores unánimes que la verdad es el gozne de la existencia del hombre, y éste el ser que verdadea. La filosofí­a y la ciencia, expresiones del deseo de conjurar el error hallando en la realidad la llave de su secreto, han acompañado al hombre, como instrumentos leales para alcanzar la verdad, desde que éste comenzara a caminar por el mundo. El arte acosa sin tregua la verdad en su esplendor: la acariciada belleza. A ella apunta como proa la creación del artista con su dardo tras lo bello por el paí­s de la lí­rica, de la pintura o la música. La ética es asimismo búsqueda sin desaliento de la verdad de la acción, de esa verdad que caldea y conforta el corazón conocida como “el bien”. Hacia él corren como rí­os ansiando ver el océano las esperanzas del hombre. No puede ser de otro modo, pues una sed de sentido como fatiga luchando por bocanadas de aire espolea al alma humana a vencer la sinrazón. Cuando la acción es absurda nos acosa el nihilismo, o rendición a una nada madrastra del sin sentido, y notamos el deseo de descubrir su verdad, que es ver su caudal de bien.

La ciencia, el arte y la ética son sí­ntomas de un anhelo insaciable de verdad. Pero existen muchos más. Por la verdad han luchado con abnegación de yunque que aguanta continuos golpes, con desinterés de mano desprendida, abierta y pródiga, con nobleza como oro confundido con la sangre, los hombres imprescindibles que se admiran de las cosas. Por la verdad han sufrido escarnio, abandono y penas, y por la verdad han muerto (aunque la muerte por ella es nacimiento a una aurora donde no vuelve el ocaso). Por la verdad han sabido lo que realmente libera del yugo de las cadenas. Por la verdad perentoria sobre la vida y la muerte, la presencia agria del mal, la indiferencia del orbe a la llamada del hombre o la actitud de acogida de una Persona a su voz, que Baudelaire anhelaba -“Yo deseo con todo mi corazón creer que un ser exterior e invisible se interesa en mi destino”-, la voluntad de saber se remonta hasta lo último.

Estrechí­sima es la unión entre el hombre y la verdad. Entre los dos hay un ví­nculo mucho más indisoluble que los lazos de la sangre. El hombre nutre su espí­ritu con el bien de la verdad, y la verdad sale a escena en el sediento escenario de la inteligencia humana. Sin nutrirse de verdad, la tensa musculatura del espí­ritu del hombre se ablandarí­a poco a poco hasta convertirse en grasa sin temple ni consistencia, y sin el hombre al acecho, como un amante que espera, de la huella del misterio insinuándose en las cosas, no exisitirí­a la verdad por carecer de escenario donde exhibir su silueta. Pero un mundo sin verdad, un rayo de eternidad en el orbe pasajero, serí­a como noche entera, como aversión a la luz, como sombra que no cesa. Para el hombre es aún más grave, más que el ceño del peligro, la ausencia de la verdad del ámbito de su vida. Sin verdad pone en peligro su condición personal.

Ya se ve qué desastroso es marginar la verdad. Darle la espalda es un yerro cargado de consecuencias. Cuando se olvida su rostro por tratarla raramente, o se es indiferente a su continua llamada como clamor repetido por cada una de las cosas, se produce un cataclismo de las bases de la vida que amenaza destruirla. Todo se enreda y trastoca cuando la verdad se va.

Tal vez sea la libertad la ví­ctima principal del desdén por la verdad. Hoy se aprecia como nunca el bien de la libertad, esas alas del espí­ritu para volar ágilmente burlando la gravedad, sin saber muy bien qué es. Se estima y se desconoce. Eso explica la abundancia de libertades cautivas -individualismo, emancipación, relativismo, hedonismo, subjetivismo-, cuya apariencia de holgura engaña frecuentemente al mirar desprevenido, aunque el que las mira bien descubre bajo su aspecto de invitación a altos vuelos sin tiranas ataduras grilletes de esclavitud y una amenaza de yugos. Las libertades bastardas (bastardas por ilegí­timas), o libertades cautivas como puertas paradójicas que al darnos la entrada cierran, obedecen al olvido y ausencia de la verdad. Sin ella la libertad es saltarí­n desquiciado, acróbata que da vueltas sin avanzar ni un milí­metro, funámbulo en el alambre o una pirueta en el aire, no un valor existencial que empeña a un ser de por vida en escarpadas tareas o en la forja de un estilo. La libertad que se obstina en construirse un camino al margen de la verdad, como un pintor alienado que quisiera dibujar, para que duraran siempre, sus pinturas en la arena, es libertad aparente, igual que la vaina hueca es simulacro de mies, y traiciona su destino. Es libertad sin sentido. ¡Qué la í­ndocil libertad, qué la libertad difí­cil, qué la libertad ganada, esa soltura del alma para una inmensa tarea, esa agilidad de viento para buscar entre obstáculos los derroteros del bien, sea libertad sin sentido…!. ¿No es eso una gran locura de rumbos extraviados y de veredas perdidas? El remedio al extravio de la libertad vana, la de apariencia ligera porque no tiene substancia y de nada nos libera, es anclarla fuertemente en el mar de buenos fondos de la verdad de verdad, que es siempre insustituible. Tenga yo una independencia de barquilla sin amarras; sea autónomo como un rey de despóticos poderes; carezca de impedimentos para moverme sin trabas por amplí­simos espacios; si renuncio a la verdad, seré para siempre esclavo.

A la caí­da con ruido de la libertad vacua sin sustancia de verdad sigue la de los valores. La verdad riega el valor y, sin ella, se marchita. En la cultura actual el valor también disfruta de amplio reconocimiento. Se habla y se escribe de ellos, hay escuelas filosóficas que los tienen por bandera, se consideran el centro de la buena educación, delimitan la frontera de la polí­tica sucia y la polí­tica limpia. Hay muchí­simas razones para dar a los valores un puesto de privilegio. Son la sustancia moral, como claridad por dentro que alumbra la intimidad invisible de las cosas, que en sí­ atesora la acción. Los valores manifiestan lo que merece existir. La valentí­a, la nobleza, la honradez, la rectitud, la belleza, la justicia, la lealtad, el desinterés son la limpieza del mundo, y deberí­an existir para que no llegue a ser un hediondo estercolero. Que algo vale significa que cuenta con un permiso -un permiso que le otorga su propia capacidad de hacer mejor este mundo- para instalarse en la vida. Pero el valor de las cosas está unido a la verdad. Ella es el suelo nutricio en que arraigan como siembra, y sin ella languidecen como desnutridas hierbas. Los valores sin verdad (¿es que tiene algún sentido un valor no verdadero, o sea, un valor de mentira, o sea, un valor no valor?) pierden su “valiosidad”, emborronan sus perfiles, se vuelven indiscernibles de lo contrario al valor. Sin verdad vale igual todo, lo que equivale a decir que nada hay que valga nada.   La autonomí­a del valor, aislarlo de la verdad para realzar su importancia sin apoyos exteriores -empeño tan ilusorio como querer separar la transparencia del agua en la corriente de un rí­o- ha creado ese esperpento al que Spaemann ha llamado civilización hipotética. Todo serí­a conjetura, hipótesis revisable, sospecha que se abandona hasta presentar la prueba. El valor más estimable -la amistad, el sacrificio, el ánimo generoso, el corazón desprendido, el trabajo solidario, la abnegación de un buen padre, sembrar de belleza el mundo con veneración de músico- valdrí­a según y conforme. Acaso las circunstancias o el interés inconstante, que tienen según parece poder de metamorfosis para hacer malo lo bueno, aconsejen cantar hoy lo que ayer vilipendié.

Hay quien llega hasta el extremo, como el elástico Rorty de difí­cil acomodo, de estimar incompatibles valores y democracia. Creer firmemente en algo y dar la cara por ello -buscando hacerlo valer con la fuerza desarmada de la razón, del diálogo y de la inerme palabra- es, si hacemos caso a Rorty, una actitud de fanáticos. Valores y tolerancia, o democracia y creencias, son cosas incompatibles como el amor y las trampas. Para ser un buen demócrata, transigente o tolerante, según la opinión sin tino apadrinada por Rorty, hay que estar exonerado de valores y creencias. Es preciso no creer absolutamente en nada, no abrazar ningún valor. Sin corazón de Pilato, un baldí­o de convicciones que lleva a muerte de cruz a un hombre inocente y bueno (y que además era Dios), no es posible ser demócrata ni ejercer la tolerancia. Para eso es imprescindible fraguarse un alma de paja débil de convencimiento. En el desierto de todo que ha de convertirse el hombre para poder ser demócrata, solamente hay el valor que quiere la mayorí­a. A la mayorí­a compete no sólo determinar la titularidad del poder, que sí­ es competencia suya, y el modo de soslayar que en la sociedad impere la ley ruda de la selva, sino crear los valores. De ella, como de un surtidor, brotan incesantemente a golpe de decisiones. Que la mayorí­a decide condenar a un inocente e indultar a un malhechor; encaramar al poder a un profesional del odio que iza el pendón del racismo y la tirria al extranjero; enmascarar la justicia como egoí­smo de grupo; convertir en ideal para consumo de jóvenes una moral hedonista de adoración a lo light, habrá que irle haciendo un hueco a la injusticia en la ley, aplaudir la xenofobia, cantar el nacionalismo, entregarse a la movida. Si el valor es un producto que crea la mayorí­a, una tiraní­a invisible acecha a la sociedad. ¡Ay si un dí­a los valores fueran simplemente acuerdos! ¡Ay si fueran resultado de compromisos y pactos! ¡Echémonos a temblar cuando el valor de la vida -y todos esos valores, sin los que el hombre se infama, que son los derechos humanos- se decida en asambleas! Vivir será estar en vilo temiendo un cambio de acuerdos. Ojalá no llegue nunca ese tiempo de nihilismo en que ya en nada se crea y nada valga la pena salvo lo que dice a coro la voz de la mayorí­a. Pero si llega algún dí­a, ¿cómo evitar que sea el látigo, en esa versión jurí­dica que es el código penal, la razón para estimar y respetar los valores, que valen cuando hay acuerdos y no valen si se rompen? ¿Cómo obedecer la ley si su alma no es la justicia? No hay modo de separar valores y democracia. Cuando se divorcian, disolviendo una alianza estrecha como el enlace entre el nenúfar y el agua, sobre cuyo espejo flota y sin la cual se marchita, la democracia se empaña de vahos antidemocráticos, y precisa un adjetivo (aunque la democracia así­, con muleta de adjetivos, ha sido siempre una farsa). En este siglo que acaba entre fragores de guerras, se le han puesto muy diversos de los que en este momento no quisiera ni acordarme. Para el nuevo e inicuo rostro de democracia de espaldas al timonel del valor, el que conviene es “vací­a”. Vací­a es la democracia, no fondeada en el valor, cuando su tarea no es realizar los derechos humanos, que son los que la llenan de contenido. Si la democracia a secas apunta hacia una utopí­a, hacia la utopí­a posible de hacer una sociedad en cuyo centro esté el hombre y sus derechos sagrados completamente inviolables -porque emanan de una fuente con un origen muy alto que se llama dignidad-, la democracia vací­a engendra una anti utopí­a llamada utopí­a banal. Ya la terminologí­a, llamar banal a lo utópico, que es empeño de quijotes en procurar acomodo en la historia a lo imposible, es una ofensa al lenguaje y una afrenta a la palabra, pues exige conciliar un sustantivo preñado y un adjetivo vací­o. Pero es aún más insultante, más que avergonzar a un padre estando su hijo delante, la realidad que refleja: la frivolidad moral como tarea por hacer en los tiempos sin valor, belleza, verdad y bien. Como un héroe acobardado, oculto entre matorrales sin atreverse a hacer frente a los riesgos y al peligro para salvar a un amigo, es una utopí­a banal: falsa, aparente, fingida, postiza, de pacotilla, manchada por la pasión de cortejar a lo frí­volo. A ese extremo de abyección se llega cuando se expulsa el valor y la verdad de la sociedad polí­tica.

Todo se muere en el mundo cuando la verdad se va. Se queda a obscuras, como la noche sin luna o el corazón sin amor, si la verdad no lo alumbra. Todo se oculta y enturbia: la libertad, la persona, el valor, la democracia…y aparece un nihilismo como afilada guadaña para segar por igual -pues nada hay que valga nada- la hierba buena y la mala y rehuir los compromisos. Con ese flojo bagaje como un hatillo de aire, en que el ajuar se dispone siguiendo severamente la ley del relativismo, se pretende resolver complejí­simos problemas. Uno de los principales es el de la tolerancia. Se dice con mucho aplomo, como hablarí­an las estatuas, sin mover un solo músculo, que para ser tolerante con la opinión de los otros hay que quitarle importancia. Sólo vací­as de verdad, se dice solemnemente, son neutras las opiniones, como miradas daltónicas que todo lo vieran gris, valen todas por igual y resultan aceptables. Una tolerancia así­ es un auténtico fraude, pues exige despojar a la opinión de su fuerza -de la fuerza sin violencia que emana de la verdad- amansar su rebeldí­a, domar su fogosidad, hacer que entre en el redil, y reducirla a palabra. Además es un peligro. Si para ser tolerante hace falta reducir mis convicciones a nada, excluyendo los valores y borrando la verdad, ¿por qué es un bien deseable practicar la tolerancia? ¿Tolerancia, intolerancia? ¡Qué más da una cosa que otra si ninguna de las dos vale ni encierra verdad! No. La tolerancia se asienta, igual que se trinca al mástil la navegadora vela, en la roca de un valor y una verdad taxativos: la dignidad personal. La persona, el ser de valor sin precio, es superior a sus actos, y merece un gran respeto. El respeto a la persona, no el gorrón relativismo, que vive como el parásito succionando la verdad, es el principio que obliga a ejercer la tolerancia.

El reto de nuestro tiempo, el diálogo entre pueblos de cultura diferente, la construcción necesaria de un mundo multirracial donde convivan en paz, como en jardí­n amistoso los geranios con las rosas, hombres y formas de vida completamente distintos, se quiere afrontar también marginando la verdad. Un nuevo relativismo, llamado ahora cultural, se considera la forma de salvar el pluralismo. Al parecer es preciso indiferencia de hielo ante la exclusividad que las culturas reclaman para que sean respetadas. Pluralismo cultural se confunde con despego o neutralismo sin sangre al valor de todas ellas. Anestesiar la cultura, que nada abulte o resalte, como un mar de indiferencia donde el albatro no vuela, es la obra imprescindible. Si alguna bulle o se agita dando especiales latidos -aunque eso es lo que hacen todas- se produce el estropicio del consenso cultural y la muerte del diálogo. La solución es decir que ninguna vale nada. Sobre ese yerto cadáver -pues negar lo peculiar que tiene cada cultura es reducirlas a momias-; sobre una idea de cultura sin verdad y sin valor, se quiere fundamentar el respeto a todas ellas. Que esto es un error de bulto, como dibujar la aurora con lividez de crepúsculo, es fácil de comprobar. No hay pueblo, cultura o miembro de una minorí­a étnica; ni individuo entusiasmado con los logros conseguidos por su civilización; ni hombre o mujer con conciencia de pertenecer a un grupo de ancestrales tradiciones, cuyos usos y costumbres han moldeado despacio con un cincel adiestrado por la experiencia y el tiempo el estilo del espí­ritu de muchas generaciones, dispuesto a pagar el precio de devaluar el tesoro de la propia tradición para que sea respetada. Las culturas se rebelan, como la conducta limpia contra el fango del agravio, contra la nivelación de las distintas culturas -que es como borrar del mapa las señas de identidad- y el expolio de lo propio que el relativismo exige a cambio de tolerancia.

El pluralismo es un hecho que prueba la esplendorosa fecundidad de la vida. Es la gama de colores y el lujo de la existencia. Hay diferentes culturas porque en la vida no rige el fuero de la rutina. La vida humana no tiene un rumbo ya prefijado que haya de seguir por fuerza como los astros la ruta de sus siempre iguales órbitas, o la luz la trayectoria sin desviar ni un milí­metro su andadura siempre recta. Tampoco posee un elenco de respuestas uniformes para afrontar los escollos y resolver los problemas, sino un raudal de renuevos con perspicacia de faros para iluminar lo oscuro. Por eso hay muchas culturas, porque hay distintas maneras de afrontar con lucidez el reto de la existencia. El pluralismo cultural es la exhibición en marcha, tal como queda plasmado en las creaciones fácticas -eso que Hegel llamaba el espí­ritu objetivo- del esplendor de la vida. Es, pues, un grandioso bien. Pero eso no significa que las distintas culturas no se tengan que medir con la magnitud constante de la verdad y el valor.

Un núcleo imperecedero de verdad y de valor, lo que se ha dado en llamar universales culturales, impregna toda cultura. Entre ellas hay parentesco  y propósitos comunes. Y hay asimismo valores y verdades elevadas, rasgos supraculturales, que sobrepasan los lí­mites del espacio y el tiempo. Un ejemplo indiscutible son los derechos humanos. Ellos marcan la frontera del apogeo del plural. No hay una versión plural, que incluya quitarla de en medio en algunas circunstancias, del derecho inalienable del ser humano a la vida. De la libertad tampoco puede haber un pluralismo que incluya la esclavitud.

La divisa del futuro es la globalización. A las puertas de un milenio tempestuoso de azares, y en contra del vaticinio de la posmodernidad, se aprecia la necedad de los discursos locales y de los relatos cortos. El sociólogo Ulrich Beck, que medita en el aspecto de la sociedad futura  paseando bajo los sauces del tranquilo Englischer Garten, se ha propuesto definir qué es la globalización, y ha llamado la atención sobre la forzosa sí­ntesis a que el nuevo siglo obliga: armonizar el amor debido a la propia tierra, o fidelidad telúrica que se llama las raí­ces, con la cultura sin lí­mites  y amplitud universal que el nuevo milenio anuncia. Bien está ese desafí­o de barreras suprimidas y obstáculos abolidos; bien está esa sed de espacio para acometer con ganas tareas universales que nuestro tiempo demanda, pues ponen de manifiesto los grandes universales de la verdad y el valor, esas huellas de lo eterno dibujadas en el tiempo.

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