Un estudio publicado el 26 de agosto de 2026 en Nature Human Behaviour ha analizado las actitudes de más de 2.000 personas de Estados Unidos y China ante la posibilidad de seleccionar embriones mediante pruebas genéticas. Sus resultados muestran una diferencia significativa entre lo que las personas dicen que desean conocer y las decisiones que adoptan cuando la información ya está disponible.
En principio, los participantes se mostraban más dispuestos a aceptar pruebas destinadas a detectar enfermedades que análisis relacionados con características no médicas, como la inteligencia o determinados comportamientos. Esta distinción coincide con lo que es común en la legislación de muchos países: se autoriza el diagnóstico genético preimplantacional para algunas enfermedades graves, pero se rechaza la selección por características que no tienen una finalidad médica.
Pero, en realidad, cuando los investigadores presentaron varios embriones con diferentes probabilidades de desarrollar enfermedades o determinadas características, los datos sobre rasgos no médicos empezaron a influir en la elección. Se comprueba que una persona puede considerar inadecuado seleccionar según la posible inteligencia de los embriones y, al mismo tiempo, utilizar esa información para seleccionar entre ellos cuando ya conoce el resultado.
El estudio pone de manifiesto que la información genética no es neutral. Una vez conocida, produce expectativas y temores, pero también una nueva sensación de responsabilidad. Los padres pueden llegar a pensar que no seleccionar el embrión con mejores puntuaciones equivale a privar deliberadamente al futuro hijo de ventajas.
Probabilidades que pueden parecer certezas
Las técnicas de diagnóstico genético preimplantacional se habían desarrollado al principio para detectar, en el ámbito de las técnicas de reproducción asistida, alteraciones cromosómicas o enfermedades hereditarias graves antes de transferir el embrión. Su finalidad se presentaba como esencialmente médica: evitar la transmisión de una enfermedad.
Sin embargo, el desarrollo actual de la predicción del riesgo poligénico está modificando este escenario. Han aparecido empresas que ofrecen analizar los embriones para calcular la probabilidad de que desarrollen enfermedades comunes, como diabetes, trastornos cardiovasculares o determinados tipos de cáncer. Pero no solo esto: también han empezado a hablar de características no médicas, como la estatura, la capacidad intelectual o ciertas disposiciones relacionadas con diversos tipos de comportamiento.
Aquí se plantea un problema importante. Desde el ámbito del transhumanismo se defiende que estas pruebas serían éticamente exigibles a los padres para reducir el riesgo de enfermedades de sus hijos. Desde esta perspectiva, elegir el embrión con una menor predisposición genética sería una prolongación de la responsabilidad parental: del mismo modo que se procura ofrecer al hijo una buena alimentación o una atención médica adecuada, se intentaría proporcionarle el mejor punto de partida posible.
Pero la comparación es capciosa. Al ser humano que ya vive hay que procurar cuidarlo y ofrecerle lo mejor en la medida de las posibilidades. Además, hay que tener en cuenta que lo mejor no es solo una cuestión de salud, sino que es mucho más.
Por el contrario, la selección genética es decidir sobre la vida o la muerte de embriones humanos que ya existen porque están vivos.
También se argumenta que la selección poligénica no pretende crear hijos perfectos, sino disminuir probabilidades. Sus defensores consideran que puede resultar moralmente relevante cuando se trata de enfermedades graves o de familias especialmente preocupadas por sus antecedentes médicos.
Pero hay que recordar que una puntuación poligénica no diagnostica una enfermedad ni determina el futuro de una persona. Solo calcula probabilidades mediante la combinación de cientos o miles de variantes genéticas. La aparición de una enfermedad compleja depende también del ambiente, la alimentación, las condiciones sociales, el estilo de vida y numerosas interacciones biológicas que todavía no se conocen suficientemente.
Incluso cuando una puntuación establece una diferencia entre dos embriones, la utilidad real de seleccionar uno en lugar del otro puede ser muy pequeña o incierta. Sin embargo, la presentación comercial de los resultados puede hacer que una probabilidad estadística limitada adquiera ante los padres la apariencia de una garantía científica, con la consecuente obligación ética.
La American Society for Reproductive Medicine ha señalado que la evidencia disponible no permite establecer suficientemente la precisión predictiva, la seguridad ni la utilidad clínica de estas pruebas. Por esta razón, considera que no deberían ofrecerse actualmente como una práctica clínica.
La autoridad británica de reproducción humana y embriología, HFEA, advierte además de que la selección puede reducir el número de embriones disponibles para la transferencia y, paradójicamente, disminuir las posibilidades de conseguir un embarazo. En el Reino Unido no está autorizado utilizar estas pruebas para seleccionar embriones por riesgos poligénicos o características no médicas.
Esta prudencia institucional contrasta con la actividad de empresas que presentan el análisis como una oportunidad para elegir al embrión con mayores probabilidades de disfrutar de una vida saludable. La tecnología se introduce así en la práctica reproductiva antes de que exista un acuerdo suficiente sobre su validez, su regulación y sus consecuencias sociales. Lo que prima es la obtención de beneficios económicos en el entorno emocional de un hijo.
De prevenir enfermedades a seleccionar personas
La diferencia entre evitar una enfermedad y elegir una característica parece clara en la teoría. En la práctica, la frontera resulta mucho más difícil de establecer.
¿Qué debe considerarse una enfermedad suficientemente grave? ¿Estaría justificada la selección para reducir una pequeña probabilidad de padecer diabetes durante la edad adulta? ¿Y para evitar una predisposición a la depresión? ¿Qué sucede cuando una característica puede interpretarse al mismo tiempo como una limitación, una diferencia o una parte de la identidad personal?
Un punto que conviene remarcar es que, cuando hablamos de selección embrionaria, no elegimos o descartamos futbolistas para el primer equipo. No se pretende aplicar un tratamiento para corregir una enfermedad. Se elige otro embrión para que sea este quien continúe su desarrollo, mientras se descarta y condena a morir al embrión humano menos «perfecto».
Es decir, la enfermedad no se evita curando a quien podría padecerla, sino impidiendo que nazca esa persona y haciendo que nazca otra en su lugar.
Esta distinción resulta esencial para la reflexión bioética. La medicina se ha dirigido tradicionalmente a cuidar y tratar al paciente que presenta una necesidad. En la selección embrionaria, en cambio, la intervención determina cuál de los embriones será aceptado y cuál quedará excluido.
Cuando este criterio se extiende desde enfermedades monogénicas graves hasta probabilidades poligénicas o características no médicas, aparece una lógica eugenésica. No estamos ante los programas coercitivos promovidos por algunos Estados durante el siglo XX, pero sí ante una selección en la que unos embriones son considerados dignos de vivir y otros no.
En este caso, la presión no procede habitualmente del Estado. Puede surgir del mercado, de las expectativas sociales y del temor de los padres a ser considerados responsables de cualquier dificultad futura del hijo. Pero es el Estado, como garante del bien común, quien acaba siendo responsable de la eugenesia no reprimida.
Este tipo de conducta, aparentemente inocuo y que se mueve buscando el bien, puede cambiar la relación entre padres e hijos. El hijo deja de ser recibido en su singularidad y pasa a ser, al menos parcialmente, el resultado de una elección basada en determinadas expectativas. Pero cambia también la visión que cualquier persona tiene de sí misma. Puede pensar que, si vive, es por la perfección de sus características y que, si pierde alguna de ellas, ya no es digna de mantener la vida.
La selección embrionaria corre así el riesgo de introducir una lógica de control de calidad en el origen de la vida humana y en su valoración. Ya no se es digno por uno mismo, sino por las cualidades que se poseen.
Además, si posteriormente aparece una enfermedad o no se cumplen las capacidades anunciadas, podría surgir frustración ante ese hijo que se seleccionó y que no ha cumplido las expectativas.
Discapacidad, desigualdad y acogida
La expansión de estas técnicas tiene también consecuencias para las personas que viven con enfermedades o discapacidades. Seleccionar embriones para evitar determinadas condiciones puede transmitir el mensaje de que las vidas de quienes las presentan son menos valiosas o que nunca deberían haber comenzado.
La respuesta médica y social no puede limitarse a impedir el nacimiento de las personas que podrían necesitar más cuidados. También debe promover la investigación, el tratamiento, el acompañamiento de las familias y unas condiciones sociales que permitan vivir dignamente con la enfermedad o la discapacidad.
A ello se añade la desigualdad económica. Las técnicas más avanzadas estarán inicialmente al alcance de quienes puedan pagar varios ciclos de fecundación in vitro, análisis genéticos y selección embrionaria. Si proporcionan alguna ventaja, esta quedará concentrada en determinados grupos sociales. Si finalmente no ofrecen el beneficio prometido, las familias asumirán costes físicos, emocionales y económicos a cambio de expectativas exageradas.
La maternidad subrogada
Los recientes conflictos relacionados con la gestación subrogada muestran otra dimensión del mismo proceso de tecnificación de la procreación. Las técnicas reproductivas han posibilitado separar la maternidad genética, la gestación, la filiación legal y la crianza. Cada una de estas funciones puede corresponder a personas diferentes y quedar regulada mediante contratos.
En Queensland, una mujer concibió naturalmente un hijo propio en fechas próximas a la transferencia del embrión que gestaba para otra pareja. Dio a luz simultáneamente a dos niños con progenitores biológicos distintos. La legislación no había previsto una situación semejante y un tribunal tuvo que decidir si los niños debían considerarse hermanos a efectos jurídicos.
En Texas, otro conflicto reciente enfrentó a una gestante con los padres biológicos de un niño diagnosticado con una cardiopatía grave. El caso planteó disputas sobre una posible interrupción del embarazo, la atención médica del recién nacido, la autonomía de la gestante y la autoridad de los padres intencionales.
Aunque se trata de casos diferentes, ambos muestran que un contrato no puede prever ni resolver toda la complejidad corporal, afectiva y relacional de un embarazo. La gestación no es un servicio exterior a la persona que gesta, y el niño no puede reducirse al objeto final de un acuerdo entre adultos.
¿En qué consiste la responsabilidad procreativa?
La tecnología reproductiva ofrece posibilidades reales para conocer enfermedades y ayudar a algunas personas con dificultades para tener hijos. Pero la posibilidad técnica no determina por sí misma lo que debe hacerse. Estamos ante un caso práctico de la cuestión ética sobre si «todo lo que tiene posibilidades técnicas de llevarse a cabo es ético por el hecho de poder hacerlo».
La pregunta fundamental no es solamente qué características podemos conocer o seleccionar, sino qué relación queremos establecer con la nueva vida. La responsabilidad procreativa no consiste en diseñar al hijo con las mejores probabilidades disponibles. Consiste, sobre todo, en acogerlo tal cual es, cuidarlo y reconocer su dignidad con independencia de sus capacidades, su salud o las expectativas depositadas sobre él.
Evitar el sufrimiento es un deseo comprensible. Sin embargo, cuando la respuesta consiste en seleccionar quién tendrá la oportunidad de nacer, la medicina deja de limitarse a combatir la enfermedad y comienza a clasificar las vidas posibles.
Antes de continuar normalizando estas prácticas, sería necesaria una deliberación pública que no esté dirigida únicamente por las posibilidades tecnológicas, los deseos reproductivos de los adultos o los intereses comerciales. En esta discusión deberían ocupar un lugar central la realidad del embrión, los derechos del futuro hijo, las personas con discapacidad, la vulnerabilidad de las familias y el significado humano de la procreación.
Referencias
Awad, E. et al. «Public perceptions of polygenic testing and embryo selection for non-medical traits». Nature Human Behaviour, 26 de agosto de 2026.
https://www.nature.com/articles/s41562-026-02562-w
American Society for Reproductive Medicine, Ethics Committee. «Use of preimplantation genetic testing for polygenic disorders (PGT-P): an Ethics Committee opinion». Fertility and Sterility, 2026.
https://www.asrm.org/practice-guidance/ethics-opinions/use-of-preimplantation-genetic-testing-for-polygenic-disorders-pgt-p-an-ethics-committee-opinion-2026/
Human Fertilisation and Embryology Authority. «PGT-P is not lawful in the UK, is not supported by evidence, and may reduce the chances of having a baby overall», 2026.
https://www.hfea.gov.uk/about-us/our-blog/pgt-p-is-not-lawful-in-the-uk-is-not-supported-by-evidence-and-may-reduce-the-chances-of-having-a-baby-overall
Joseph, F. «‘Choosing not to look is not the same as not caring’: public attitudes to embryo selection». BioNews, 1 de septiembre de 2026.
https://www.progress.org.uk/choosing-not-to-look-is-not-the-same-as-not-caring-public-attitudes-to-embryo-selection/
Aylwin, I. «Australian woman carried her own baby and surrogacy child simultaneously». BioNews, 1 de septiembre de 2026.
https://www.progress.org.uk/bionews/
Associated Press. «California couple confront their surrogate in a Texas court as dispute over newborn escalates», 25 de agosto de 2026.
https://apnews.com/article/3df649dd00acd9fec8324687be557044
Este artículo ha sido elaborado con la ayuda de la IA






