Natalia López Moratalla: “El ensayo coreano no ha clonado un verdadero embrión humano”

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La primera clonación de células madre embrionarias humanas, anunciada a bombo y platillo el pasado viernes y publicada en Science, podrí­a no haberse derivado de un auténtico embrión, sino de “un conjunto celular clónico que simplemente se parece a un blastocisto”. Es la tesis que mantiene Natalia López Moratalla, catedrática …

La primera clonación de células madre embrionarias humanas, anunciada a bombo y platillo el pasado viernes y publicada en Science, podrí­a no haberse derivado de un auténtico embrión, sino de “un conjunto celular clónico que simplemente se parece a un blastocisto”. Es la tesis que mantiene Natalia López Moratalla, catedrática de Bioquí­mica de la Universidad de Navarra, y que coincide con la del experto Rudolf Jaenisch.

Desde los primeros pasos de los embriólogos alemanes August Weismann, Wilhelm Roux y Hans Driesch, a finales del XIX y comienzos del XX, la clonación lleva más de un siglo de progresiva andadura. Los experimentos de laboratorio apenas traspasaban las puertas universitarias. Pero con Dolly, nacida en 1996 pero publicada en Nature en marzo de 1997, llegó el escándalo. Clonar ranas y ratones, como se habí­a hecho, parecí­a fácil, pero un mamí­fero de ese tamaño era otra cosa. De ahí­ al hombre no parecí­a haber tanta distancia.

Desde entonces, los intentos, fantasiosos o más cientí­ficos, de clonar un embrión humano han desatado a partes iguales truenos de Pandora y paraí­sos de eterna juventud. Como no podí­a ser de otro modo, el ensayo coreano volvió a destapar la explosiva coctelera. Pero, a diferencia de otros anuncios, éste vení­a avalado por el prestigio de Science, lo que le otorgaba la medalla cientí­fica de primera clonación humana, aunque truncada para fines terapéuticos.
Apaciguada ligeramente la euforia del podio, las cámaras y las entrevistas, los expertos han podido leer y analizar con más calma el ensayo. Y algunos han concluido que el conjunto de células obtenidas por el equipo de Woo Suk Hwang y Shin Yong Moon, de la Universidad Nacional de Seúl, en Corea del Sur, podrí­a no tratarse de un blastocisto, o embrión humano primitivo. Es la tesis que sustenta la catedrática de Bioquí­mica Natalia López Moratalla, de la Universidad de Navarra. Y lo explica: “El tí­tulo del artí­culo de los investigadores coreanos en Science dice: Evidencia de una lí­nea de células madre embrionarias humanas pluripotentes derivadas de un blastocisto clonado. En él demuestran cientí­ficamente que han conseguido células del tipo de las madre embrionarias con información genética originada de un núcleo de células somáticas, pero en ningún momento dicen que sea un embrión”.

Y Rudolf Jaenisch, un conocido experto en genética de la clonación del Instituto Whitehead, en Cambridge, Estados Unidos, basándose en sus experiencias con ratones clonados que nacen con misteriosas anomalí­as genéticas, sugiere que “un embrión humano clonado tendrí­a, en el mejor de los casos, muy escaso potencial para desarrollarse en un ser humano normal”, según manifestaba en The New York Times. Cuando un óvulo reprograma el ADN de una célula adulta en un experimento de clonación, argumenta Jaenisch, “el proceso es probablemente incompleto, lo que plantea la posibilidad de que los genes del embrión clonado no estén activados, o expresados, en el tiempo correcto, en la cantidad adecuada, y apropiadamente suprimidos cuando no se necesitan”.

Ovulo maduro
Según Natalia López Moratalla, en el experimento coreano “se han obtenido células parecidas a las de la masa interna de un embrión de cinco dí­as. El núcleo procede de una célula cuya función es madurar al óvulo”. Los cientí­ficos coreanos han comprobado que las células madre obtenidas tienen las caracterí­sticas genéticas del núcleo donado, lo cual, según la bioquí­mica de Navarra, “no significa en absoluto que sea un embrión, un todo orgánico, un individuo. Lo que han conseguido es un conjunto celular clónico que simplemente se parece a un blastocisto. El valor de este trabajo ha sido lograr una lí­nea inmortalizada de células humanas a partir de células del tipo de las embrionarias sin que medie la formación y posterior destrucción de un verdadero embrión, de un blastocisto clónico”.

Esta interpretación del trabajo disolverí­a cualquier dilema ético que pudiera plantearse: no hay embrión, luego no existe conflicto moral.López Moratalla aduce, en este sentido, los repetidos fracasos cosechados no sólo en animales inferiores -Dolly necesitó tres centenares de intentos-, sino la imposibilidad hasta ahora de clonar primates. De las barreras genéticas que entorpecen esta tarea, destaca tres esenciales: la impronta genética, la expresión de genes de pluripotencialidad y la ausencia de proteí­nas nucleares especí­ficas para el control de la división celular, sólo presentes en los núcleos de los gametos.

La impronta genética juega un papel crucial en el desarrollo fetal. “Pienso que del 30 al 50 por ciento de esta impronta no está expresada en los clones”, añade Jaenisch. Por tanto, la estrategia coreana podrí­a usarse para terapias celulares, pero no para clonación. Los cientí­ficos creen que los cortocircuitos genéticos que pueden impedir que un embrión se desarrolle en un organismo genéticamente normal no parece que comprometan la calidad de las células madre extraí­das para usos clí­nicos, “aunque esto hay que probarlo”.

Barreras herméticas
La ineficiencia de los procedimientos de clonación de animales y los problemas genéticos y de salud que han mostrado los que se han conseguido clonar confirman estas herméticas barreras biológicas. Dolly sufrió de artritis prematura antes de morir el año pasado. Y un aspecto que no figura en el artí­culo publicado en Science, pero que fue revelado en la conferencia de prensa que dieron en Seattle los cientí­ficos coreanos, es que cuando los investigadores intentaron usar el ADN de células de varón adulto o células de mujeres no emparentadas con los óvulos de las donantes (hay que recordar que en el ensayo coreano tanto los óvulos como las células somáticas procedí­an de la misma mujer), fallaron en la generación de blastocistos. El éxito en su ensayo de clonación vino exclusivamente del uso de las llamadas células del cumulus, células adultas que circundan un óvulo en maduración en los folí­culos ováricos de una mujer. Jaenisch indica que el fracaso de otras células en el experimento indica lo mucho que aún hay que investigar en este campo.

Para López Moratalla, “la clonación de un primate, hoy por hoy sigue siendo ciencia-ficción. La clonación de un individuo es mucho más que la mera transferencia del núcleo de una célula de adulto a un óvulo desnucleado (la célula resultante se puede llamar ovonúcleo). Ciertamente, la transferencia de un núcleo es una primera etapa, necesaria para clonar, pero no suficiente. Requiere sumar otro proceso más: una reprogramación completa del genoma, técnicamente más compleja cuando más complejo es el individuo, que ponga ese material genético en la situación de un sujeto que comienza el desarrollo embrionario, es decir, en la del cigoto. Si esto no se logra, y no se ha logrado en primates no humanos o humanos, lo que se forma es un conjunto celular similar en estructura y con algunas células con propiedades semejantes a las que se encuentran en un embrión, pero no un individuo clónico”.

Fracaso clónico
Las fotos recogen el experimento fracasado de José Cibelli y su equipo de Advanced Cell, publicado en 2001 en
Journal of Regenerative Medicine. La transferencia de núcleos de fibroblastos de la piel o de células del cumulus oophorus a oocitos humanos no tuvo eficacia: ninguna célula obtenida mostró capacidad de desarrollo embrionario.
Once ovonúcleos no se dividieron, ni siquiera a dos células, y otros seis llegaron a 4 o 6 células y nada más. No eran embriones sino un grumo de células. A continuación, un blastocisto verdadero.

A diferencia de los embriones obtenidos por fecundación in vitro, que pueden ser destruidos, congelados temporalmente, implantados en una mujer o convertidos en células madre embrionarias, los embriones clonados, según Jaenisch, “pueden ser destruidos o usados para extraer células madre terapéuticas, pero no pueden dar lugar a un bebé. En mi opinión, la destrucción de un embrión clonado para extraer células madre plantea menos problemas éticos que la destrucción de embriones congelados en las clí­nicas de FIV”.

‘Huevo huero’
López Moratalla recuerda que ya se habí­a demostrado que con uno de los sistemas de activación artificial de un óvulo de primate se puede conseguir el mismo tipo de células madre embrionarias. “Evidentemente, la célula procedente de la activación de un óvulo sin fecundación no es nunca un cigoto, y por tanto nunca será un embrión, ni se podrá gestar para que nazca. Pero se logró que lo que se denomina huevo huero o partenote (sin ser un embrión) produjera en cultivo células del tipo de las madre embrionarias. Y además, que éstas se diferenciaran en diversos tipos y que las lí­neas celulares derivadas de ellas permanezcan estables al cabo del tiempo. Son un buen material para la investigación”.

La bioquí­mica no descarta incluso la posibilidad de que se trate de una partenogénesis, en vez de una clonación. Los propios autores del ensayo reconocen que “no se puede excluir la posibilidad de un origen partenogenético”, es decir, la activación y división del óvulo sin haber sido fecundado. Con esa prudencia, explican que “el estudio concluye que la lí­nea celular SCNT-hES-1 se ha originado de células del cumulus somáticas diploides de donante después de transferencia nuclear”.

Confusión terminológica
Si lo que han obtenido los coreanos no es un verdadero blastocisto, sino un conjunto celular parecido, se impondrí­a una reformulación terminológica que aclarara el ya de por sí­ confuso diccionario embriológico. Según informa The New York Times, Paul McHugh, jefe de Psiquiatrí­a de la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins, en las discusiones del Consejo de Bioética de la Administración estadounidense, donde ya se analizó la distinción biológica entre embriones clonados y normales, acuñó el término clonote para distinguirlo del cigoto, embrión resultante de la fecundación.

El catedrático de Genética Juan Ramón Lacadena, contrario a la interpretación de Natalia López Moratalla y Rudolf Jaenisch, prefiere hablar de embrión somático, y a Flora de Pablo, del Centro de Investigaciones Biológicas, del CSIC, le suena cacofónico el término clonote de Paul McHugh. “Sí­ estarí­a de acuerdo en llamar a estos blastocistos humanos clonoides, y que los no especialistas entiendan que no se trata de hacer un clon humano sino una herramienta celular, derivada de material humano y para conseguir células madre para la futura medicina reparadora”.

Natalia López Moratalla recuerda las distinciones entre clon (producir un ovonúcleo y reprogramar la información genética a la situación de inicio del desarrollo embrionario), blastocisto clónico (estructura embrioide procedente de un ovonúcleo sin reprogramar la información genética a situación de cigoto), partenote o embrión partenogénico (conjunto celular procedente de un huevo huero, óvulo que se activa y divide sin fecundación, y que puede contener células del tipo de las madre embrionarias), y semiclon (un modo de fecundación de un óvulo con un espermio que usa una transferencia al óvulo del núcleo diploide de la madre y cuya carga genética se reduce después a la mitad).

Todas ellas le parecen poco rigurosas e imprecisas. “Este confusionismo obedece al reiterado deseo de reducir la vida biológica de un verdadero embrión humano a una calidad pre-personal, en el que se mete en el mismo saco a un ser humano en su etapa de embrión y a otras estructuras embrioides”.

Publicado en Diario Médico 19 de febrero de 2004

 

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