Intervención de la Santa Sede en El Cairo (1994)

Intervención del Jefe de la Delegación de la Santa Sede en la Conferencia – 7/9/1994 – Explica en la Conferencia de El Cairo sobre población y desarrollo, la posición de la Santa Sede sobre algunos temas Monseñor Renato Martino Señor presidente: La delegación de la Santa Sede desea, en primer …

Intervención del Jefe de la Delegación de la Santa Sede en la Conferencia – 7/9/1994 -

Explica en la Conferencia de El Cairo sobre población y desarrollo, la posición de la Santa Sede sobre algunos temas
Monseñor Renato Martino

Señor presidente:

La delegación de la Santa Sede desea, en primer lugar, expresar su especial agradecimiento al presidente, al Gobierno y al pueblo de Egipto por la bienvenida que todos hemos recibido en esta ciudad de El Cairo, y por la excelente organización llevada a cabo para la Conferencia.
Nuestra reunión de estos días representa la culminación de un período de intensa reflexión y actividad por parte de la comunidad internacional sobre algunos de los importantes desafíos que todos nosotros debemos afrontar en los próximos años. El Papa Juan Pablo II ha afirmado con razón que estos desafíos tocan temas cruciales, que conciernen al futuro de la humanidad.
El período de preparación, que ha durado varios años, ha mostrado que la política de población, si ha de responder a estos desafíos, no puede tratar simplemente de números; debe ocuparse de las condiciones en las que todas las personas del mundo están llamadas a vivir. Se trata de la solidaridad que debe ser fomentada entre los pueblos de manera que la humanidad pueda llegar a ser cada vez más una verdadera familia.
La Santa Sede ha tomado una parte activa y constructiva en el período preparatorio, en pleno respeto de los procedimientos de la Conferencia, y ha establecido un diálogo con los diferentes participantes a todos los niveles, permaneciendo fiel a su propia posición y status particular en la comunidad internacional.
1. Esta Conferencia no trata solamente de estadísticas globales o del complejo problema de los índices de crecimiento de la población, que han disminuido notablemente en los últimos años. El mismo tema Conferencia internacional sobre población y desarrollo muestra que nuestra tarea incluye la búsqueda de una mejor gestión y de una distribución más justa de los bienes de la tierra, que por designio de Dios fueron destinados a ser compartidos como patrimonio común de todos. La política de población ha de ser considerada siempre como una parte de otra más amplia, la política de desarrollo. En efecto, ambas tratan de la misma realidad, a saber, la centralidad de la persona humana y la responsabilidad de todos para garantizar que cada persona pueda vivir en el respeto de su dignidad. La gran tradición bíblica describe a la persona humana como creada nada menos que a imagen de Dios. El objetivo de esta Conferencia debería ser asegurar que todas las personas de esta tierra puedan vivir en condiciones que reflejen verdaderamente esa dignidad. Aunque se han tratado muchas cuestiones sobre el desarrollo en los diferentes capítulos del borrador del Documento final, la Santa Sede encuentra que el capítulo que trata explícitamente de la afinidad entre población y desarrollo es desproporcionadamente breve con respecto a todo el documento.
El crecimiento o disminución de la población afecta a la vida de gente que se esfuerza por vivir con dignidad y seguridad, pero que las frágiles estructuras políticas y socioeconómicas se lo impiden. Las estrategias de desarrollo exigen equidad en la distribución de los recursos y de la tecnología dentro de la comunidad internacional, y el acceso a los mercados internacionales. En las naciones más pobres, el pago de los intereses de la deuda externa ahoga su desarrollo social. Es necesario tomar medidas para hacer accesible, prioritariamente, la tecnología requerida para modernizar la agricultura, el suministro de agua potable, la distribución y la seguridad alimenticia, y la sanidad, especialmente para superar aquellas enfermedades infecciosas que contribuyen en gran medida a la mortalidad materna e infantil.
2. Esta Conferencia se ocupa, de modo particular, de la posición de la mujer dentro de las políticas de población y desarrollo. Hace ya diez años, en la Conferencia sobre población en Ciudad de México, la delegación de la Santa Sede subrayó que las políticas de población deben considerar como prioridad el mejorar el nivel educativo y sanitario de la mujer, especialmente el de la sanidad elemental. Tanto en los países desarrollados como en aquellos en vías de desarrollo, la Iglesia católica ha estado y está profundamente ocupada en proveer una amplia gama de servicios educativos y sanitarios, con especial atención a las mujeres y a los niños, particularmente los pobres.
En todo el mundo, también en los países con sólo una minoría de población católica, decenas de miles de hospitales, clínicas, dispensarios, y otros servicios para la salud de la madre y del hijo y para el cuidado de los ancianos, están gestionados por la Iglesia católica o financiados por donantes católicos. Estos servicios sanitarios, junto con las estructuras de la Iglesia para la educación formal e informal, contribuyen al progreso de la mujer con el fin de fomentar su participación activa en el proceso de desarrollo y de eliminar las frecuentes y excesivas cargas que debe soportar la mujer en los países en vías de desarrollo. En este campo queda mucho por hacer y la Santa Sede, así como los miembros de la Iglesia en varias partes del mundo, están dispuestos a cooperar para lograr este objetivo.
3. Las políticas de población ocupan un lugar particular en las políticas de desarrollo, porque incluyen simultáneamente, cuestiones globales y el ámbito más íntimo de la vida del hombre y de la mujer: el uso responsable de su sexualidad y su mutua responsabilidad respecto a la reproducción humana.
Las decisiones responsables que se refieren al número de hijos y el distanciamiento de los nacimientos son responsabilidad de los padres, que han de estar libres de toda coacción y presión por parte de las autoridades públicas, que deberían asegurar que los ciudadanos tengan una información precisa sobre los diferentes factores demográficos en cuestión. La Santa Sede, consecuente con su posición inalterada a lo largo del tiempo, se alegra por las afirmaciones de esta Conferencia que subrayan que la coacción ha de ser excluida de todos los aspectos de la política de población. Es de esperar que esas afirmaciones sean escrupulosamente puestas en práctica por todas las naciones participantes aquí, y que las naciones y la comunidad internacional estén atentas a eliminar los abusos relacionados con los programas de planificación familiar.
En el pasado, las políticas de población estaban estructuradas de manera tal que a menudo se orientaban a la coacción y a la presión, especialmente a través del establecimiento de objetivos para las personas que proveían los servicios de planificación familiar. La mujer era la víctima principal. Formas sutiles de coacción y de presión han sido el resultado de una tergiversación de los datos demográficos que inducen al miedo y a la angustia sobre el futuro.
Esta Conferencia ha de marcar el comienzo de una reflexión nueva y más elaborada sobre política demográfica. El respeto por la vida y la dignidad de la persona humana ha de ser la norma última que guíe esta política. Esta política debería fomentar la familia basada en el matrimonio y debe apoyar a los padres y a las madres en sus decisiones mutuas y responsables, referidas a la procreación y educación de los hijos. El borrador del Documento final, llama la atención sobre la necesidad de fomentar la estabilidad de la familia, por los efectos positivos que tal estabilidad aporta a la sociedad.
La Santa Sede no apoya una noción de procreación a toda costa. Su respeto por el significado sagrado de la transmisión de la vida humana la hace subrayar, incluso mas que otros, la responsabilidad que debe caracterizar las decisiones de los padres, sobre si deben o no tener un hijo, en un momento dado. Esta responsabilidad no concierne solamente su propia realización personal, sino sus responsabilidades ante Dios, respecto a la nueva vida que los dos traerán al mundo, ante los hijos que ya tienen y ante su familia, así como ante la sociedad, siguiendo una correcta jerarquía de valores morales.
La falta de responsabilidad en el campo de la sexualidad humana no puede dejar de ser motivo de preocupación para todos. Las víctimas principales de tal comportamiento irresponsable son casi siempre las mujeres y los niños. Queda mucho por hacer en la educación y formación de los varones hacia un comportamiento más responsable y en su participación en las responsabilidades relativas a la procreación y educación de los hijos. La falta de responsabilidad en el comportamiento sexual también es debida a que hoy se fomentan actitudes de permisivismo sexual, que se centran, por encima de todo, en el placer y en la gratificación personal.
Una de las grandes preocupaciones de la Santa Sede sobre el borrador del Documento final es que, mientras señala el comportamiento que el texto considera «de alto riesgo» o indeseable, con demasiada frecuencia se limita principalmente a dar sugerencias sobre cómo reducir o contener los «riesgos», pero evita proponer un cambio de raíz en este comportamiento. Nadie puede negar que la sociedad tiene que ser advertida de las consecuencias para la salud de un comportamiento irresponsable o inmaduro, pero uno debería preguntarse: ¿Cuáles serán las consecuencias, a largo plazo, si la sociedad abdica de su responsabilidad de afrontar y tratar de cambiar estos modelos indeseables de comportamiento? Más aún: ¿qué sucede cuando la sociedad tácitamente acepta como normal un comportamiento tan irresponsable?
La posición de la Iglesia sobre la paternidad responsable es bien conocida, aunque a veces es mal interpretada. Aquí, algunos la podrán considerar demasiado exigente para el hombre y la mujer de hoy. Pero no hay manera alguna de fomentar el respeto más profundo de la vida humana y el proceso de su transmisión que resulte fácil. La responsabilidad comporta cargas. La responsabilidad exige disciplina y autodominio.
4. La vida humana es tan importante que su transmisión no ha sido simplemente confiada a una serie de procesos de mecanismos biológicos. La nueva vida, desde su mismo inicio, tiene derecho a ser generosamente acogida dentro del amor y de la comunión estable de la familia, célula natural y fundamental de la sociedad. La familia pertenece al patrimonio de la humanidad, precisamente porque es el lugar donde la relación estable de un hombre y de una mujer se transforma en una institución de amor para la transmisión responsable y el cuidado de una nueva vida.
Los problemas que deben afrontar las familias, son bien conocidos. Asimismo, es un lugar común atribuir muchos de los problemas relacionados con la desintegración social a la fractura de las estructuras de la familia. Pocos, sin embargo, tienen el valor de desarrollar programas creativos para fortalecer a la familia y para ayudar concretamente a los padres en el ejercicio de sus derechos y en el desempeño de sus deberes y responsabilidades. La sociedad tiene que dar un reconocimiento prioritario a la extraordinaria contribución de los padres al bien de la sociedad, y traducir este reconocimiento en un apoyo efectivo a nivel de políticas culturales, fiscales y sociales. La Santa Sede rechaza firmemente cualquier intento de debilitar a la familia o de proponer una redefinición radical de su estructura, como el de asignar el estatuto de familia a otras formas de vida.
5. La transmisión de la vida inicia con la relación íntima de los padres y se confía a su amor. La transmisión responsable de la vida y el afecto de los padres son inseparables. La Santa Sede no puede apoyar métodos de planificación familiar que separan fundamentalmente esas dos dimensiones esenciales de la sexualidad humana, y expresará su posición sobre estos métodos con una adecuada reserva. La Santa Sede se preocupa también -y debe expresar su preocupación- por algunos métodos específicos de planificación familiar que, aunque no se tratan en los textos de la Conferencia, están claramente incluidos bajo el término general de «servicios de planificación familiar». Esta preocupación se refiere especialmente a los programas de esterilización, método de planificación familiar que normalmente es irreversible, y por eso excluye un cambio en las decisiones de tener hijos, y es el método de planificación familiar más expuesto a abusos en el terreno de los derechos humanos, especialmente cuando se promueve entre los pobres o los analfabetos.
Los métodos naturales de planificación familiar son mencionados solamente de pasada en el borrador del Plan de acción, a pesar de que un número importante de familias desean usar estos métodos, no sólo por razones morales, sino también porque son científicamente eficaces, baratos, sin los efectos secundarios a menudo asociados a los métodos hormonales y técnicos, y porque fomentan, como ningún otro, la mutua cooperación y respeto de la pareja, sobre todo porque exigen una actitud más responsable de parte del varón.
6. La Santa Sede está especialmente preocupada por la manera en que se ha tratado la cuestión del aborto en la preparación de esta Conferencia.
El lenguaje de consenso internacional urge a los gobiernos a adoptar «las medidas apropiadas para ayudar a las mujeres a evitar el aborto, que en ningún caso debe promoverse como método de planificación de la familia, y, cuando sea posible, a dar un tratamiento y asesoramiento humanitarios a las mujeres que hayan debido recurrir al aborto». La Santa Sede espera que la Conferencia reafirme este principio.
Aunque hay muchos textos en el Documento de los que claramente se deduce un deseo de las naciones por reducir el número de los abortos y por eliminar las condiciones que llevan a la mujer a recurrir al aborto, algunos se han esforzado en promover el concepto de «derecho al aborto» y en establecer el aborto como un elemento esencial de la política demográfica. Los textos que se están negociando piden que los países vuelvan a examinar su legislación sobre el aborto y se les urge, en textos similares, a proporcionar en los próximos años servicios de «interrupción del embarazo» para personas «de todas las edades». Si los textos actualmente entre paréntesis fuesen aprobados, se estaría respaldando «la interrupción del embarazo», sin poner límites ni criterios ni restricciones de ningún tipo a estas prácticas, como parte integrante de los servicios de salud reproductiva. A través de la posible aprobación de otros términos entre paréntesis, dirigidos a toda la comunidad internacional, este acceso sin restricción al aborto podría ser elevado al nivel de un derecho.
Ninguna de esta nuevas tendencias aparecieron durante las Conferencias regionales preparatorias. El concepto del «derecho al aborto» sería una total innovación en la comunidad internacional y seria contrario a las posiciones constitucional y legislativa de muchos Estados, como también ajeno a las sensibilidades de un vasto número de personas, tanto creyentes como no creyentes.
7. La Santa Sede apoya los esfuerzos que surgen de esta Conferencia por ayudar a la reducción de la mortalidad de las madres y de los niños y por asegurar mejoras en las condiciones de salud de la mujer y la supervivencia del niño, en sí mismos, importantes. Está en juego la dignidad de los individuos. La existencia de una alta tasa de mortalidad materna e infantil en cualquier parte del mundo es una llaga en la imagen de un mundo moderno que se jacta de su alto nivel de progreso material, científico y técnico.
Al mismo tiempo, es necesario fortalecer los servicios de orientación para ayudar a las mujeres que se encuentran en dificultades con relación a su embarazo y proveer un trato comprensivo tras las consecuencias negativas de los abortos provocados.
En muchas ocasiones, en el trabajo preparatorio de esta Conferencia, la Santa Sede ha subrayado que apoyará, y contribuirá a poner en práctica el concepto de «salud reproductiva" entendida como una visión integral de la preocupación por la salud en el campo de la reproducción, esto es, una visión que abarque al hombre y a la mujer en toda su personalidad, cuerpo y alma, que se oriente hacia un ejercicio maduro y responsable de su sexualidad.
Mientras este concepto debe estar dirigido al bien de todos y de cada uno de los individuos, no puede omitirse el hecho de que la sexualidad humana es, por su propia naturaleza, interpersonal. La salud reproductiva tiene que considerar la formación de las personas en aquellas áreas que las llevarán a ser responsables y respetuosas en su comportamiento. El texto actual es ampliamente individualista en su reflexión, y como tal, tiende a ser insuficiente en su apreciación de la verdadera naturaleza de la sexualidad humana.
8. En el mundo actual, en el que existen muchos problemas de comportamiento irresponsable en el campo de la sexualidad, y en el que especialmente las mujeres son explotadas, es esencial la educación de los adolescentes hacia un comportamiento sexual maduro y responsable. La responsabilidad principal en este campo es de los padres, cuyos derechos son reconocidos en numerosos documentos internacionales. Hay que hacer todo lo posible por garantizar a los padres el ejercicio pleno de estos derechos, y por ayudarlos a llevar a cabo sus responsabilidades y deberes. La tarea de educar a los hijos corresponde en primer lugar a los padres, no al Estado. La Santa Sede espera que los textos en negociación, avalarán claramente los derechos, deberes y responsabilidades de los padres en este campo, llamarán la atención sobre los aspectos negativos de la actividad sexual prematura de los jóvenes y se empeñarán en promover un comportamiento maduro entre los adolescentes.
Señor presidente, al inicio de mi intervención señalé que la Santa Sede habla seguido el período preparatorio para esta Conferencia de El Cairo con gran atención y en un diálogo respetuoso con todos los participantes. Puedo asegurarle que, cuando el bien de las personas de todo el mundo está en juego, la Santa Sede y las instituciones de la Iglesia católica en todo el mundo continuarán, en colaboración con las naciones de la comunidad internacional, a dar su contribución específica, y ciertamente a intensificar su tradicional servicio concreto de educación básica y asistencia, con total respeto de la vida humana y para el desarrollo de los pueblos en la solidaridad.
Joannes Paulus pp. II

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